lunes, 29 de septiembre de 2025

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Está tomando un té parada, cuando repara en la fecha del diario que Pedro se olvidó sobre la mesada.  17 de setiembre de 2004. Hoy su hija cumple diez días. Una decena de días. Un pequeño hito. Una hora después, al cambiarla descubre el cordón caído. Un reflejo del hito. Otro hito. Se impresiona. ¿Una parte de ella o de la beba? Me da asco, piensa y luego se reta, cómo algo perteneciente a mi hija puede darme asco. Ojalá que los receptores sensitivos hayan quedado del lado de la nena. Seguramente, porque yo no soy capaz de interpretar lo que mi beba siente, evalúa. Cuando llega Pedro le informa las novedades. Habrá que bañarla dice ella. Tu madre me pidió que le avisará. Hay que bañarla ahora y, como el día del parto, registra el cambio de tiempo verbal, aunque  en su propia boca. Armame la bañera, por favor pide. Media hora después, la temperatura regulada con termómetro, ella introduce a la beba en el agua templada. La nena llora, se arquea. Ella trata de tranquilizarla, sin suerte. Intenta jabonarla, pero la nena agita brazos y piernas frenéticamente. Sacala ordena Pedro mientras le tiende el toallón con capucha. Ella gira para agarrarla al tiempo que la nena se desliza y queda sumergida en el agua. Ella, la toalla en la mano, no atina a rescatarla. Pedro la empuja y saca a la beba. ¡Sos una inútil! exclama. Ella piensa que él tiene razón. Si hubiera estado sola, la nena se habría ahogado. Inútil. Yo la visto dice ella mientras Pedro seca a la beba que sigue llorando. Mejor me ocupo yo indica él. Ella se va al cuarto y se tira en la cama, el corazón hecho una bomba. Inútil.

 

 Hoy es domingo y Rosaura no está. Me voy a hacer la cama así mamá no tiene tanto trabajo. Estiro la sábana de abajo y después la de arriba. Primero de un lado y después del otro porque los brazos no me alcanzan. Ahora pongo el camisón y arriba la almohada. Después estiro la colcha, es difícil porque tiene volados. Justo estoy terminando cuando entra mamá. ¿Qué estás haciendo?, me pregunta, esto parece un chiquero, sos una inútil, ni una cama saber tender, dice mientras aparta las cobijas que tanto me costó estirar. A mí me da vergüenza. Mucha vergüenza.

 

Le quiero dar una sorpresa a mamá. Le preparé un té que siempre veo a Rosaura como lo hace. Elegí una bandeja linda y un mantelito bordado. En un plato pongo una factura que papá compró, una con pastelera que son las que a ella más le gustan. Ahora camino por el pasillo con mucho cuidado. Golpeo la puerta del dormitorio y ella me dice: pasa. Feliz día de la madre, digo, y pongo la bandeja sobre la cama. Un poco de té se vuelca sobre las sábanas. Manos de manteca tenés, traé un repasador; no te quedes mirándome, ¡rápido! Salgo corriendo.

 

Cualquier cosa llamá dice Pedro, le da un beso y, ya saliendo del cuarto, agrega a mí o a tu madre. Porque la licencia llegó a su fin y lo requieren en el estudio a tiempo completo. A ella le gustaría poder irse. Tener una excusa para irse. Un motivo avalado por la sociedad para apartarse, aunque sea por unos instantes, de una beba de catorce días. Soy una malamadre, piensa. Tendría que hablar con alguien, contarle lo que me pasa, pero estoy sola. Si al menos tuviera una amiga. Las fui perdiendo a todas, piensa, desde chiquita, quizás hay algo que está mal en mí.

 

Estoy esperando a mamá. Se ve que se le hizo tarde. Ella siempre está haciendo cosas importantes. Hoy estuve todo el recreo charlando con Cecilia. Ella me vino a buscar, yo no lo podía creer, todas las chicas quieren ser amigas de Cecilia porque es la mejor, la más viva, la única que se anima a contestarle a la maestra. Me contó un chiste muy gracioso de Jaimito y aunque yo mucho no lo entendí nos reímos tanto las dos. Ahí está mamá. Mientras vamos caminando le cuento el chiste aunque no me sale tan bien como a Cecilia. Mamá se para, me suelta la mano y me mira. Me parece que tu compañera es un poco tonta, dice. No, mamá, le digo yo, es la más inteligente. No es un poco tonta, dice mamá, es muy tonta; ese chiste no tiene ninguna gracia; a ver, contame qué te causó gracia. Yo no sé qué me causó gracia porque no lo entendí pero era divertido estar con ella. Me quedo callada. ¿Ves?, me estás dando la razón, es un chiste tonto porque ella es tonta, dice me agarra la mano y seguimos caminando. A lo mejor mamá tiene razón si yo no entendí el chiste es porque el chiste es tonto. Yo creí que la tonta era yo. Qué raro que todas las chicas no se dieron cuenta de que Cecilia es tonta porque todas la buscan, Ana que es la mejor del grado también. A lo mejor las chicas no se dieron cuenta de que es tonta porque son chicas. Si mañana Cecilia se me acerca yo digo que tengo que ir al baño. Porque es una tonta.

 


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Le costó una discusión con Pedro, pero finalmente consiguió “echar” a su madre. Él insistió en alcanzarla con el coche. Ella, con tal de liberarse de su mamá, lo convenció de que se arreglaba sola. Ya me vas a rogar que vuelva fue lo último que dijo su madre mientras se retiraba. Por fin está ahora, por primera vez, a solas con su hija. Se levanta con dificultad y se acerca al moisés. Sorteando las indicaciones, su madre la dejó boca abajo. Así los crié yo había dicho después de cinco hijos y ocho nietos nadie me va a enseñar cómo se acuesta a un bebé. En esta posición solo puede verle el perfil. La cabecita redonda. Ella no quería pelarla, pero, excusas mediante, le entregaron a su beba pelada. Con aritos para colmo. Son los que usaste vos explicó su madre orgullosa. Dónde estaba yo, piensa, hija, no supe defenderte. No pudo tampoco defenderse. Demasiados frentes. Le da miedo verla boca abajo. Los libros insisten con el tema, mayor riesgo de muerte súbita. El corazón se le acelera. Entonces la gira. Con torpeza, evidentemente, porque la nena se larga a llorar. La alza. La beba redobla el llanto y se arquea. Ella intenta aproximarla a su cuerpo, cuerpo que se ha convertido en una tabla. Rígido, tenso. No sé, piensa, mamá tiene razón, no voy a poder criarla. No sé dice en voz alta hijita, no sé. Como si se aferrara a un salvavidas oprime a su hija y comienza a caminar. Repite no sé, no sé entre sollozos. Cuando recupera la lucidez está sentada en el sillón del living, con la nena enterrada en su cuerpo. Asustada la despega. La beba la mira, ya no llora. Ella se entreabre el camisón y le ofrece el pecho. La nena se prende. Succiona con fruición. Escucha la llave en la cerradura. Ya volví informa Pedro. La nena se sobresalta. Suelta el pezón y llora. Damela ordena Pedro no sé por qué le dijiste a tu madre que se fuera. Ella obedece. La nena se calma. Ella, vencida, cierra los ojos. La nena también está en su contra. Mi madre, mi marido y mi hija en contra de mis deseos, piensa.

 

Me desperté muy temprano porque hoy nos vamos de excursión a la granja. Ayer la maestra nos contó todos los animales que vamos a ver y para qué sirve cada uno, casi todos son para comer. Cuando llego a la cocina mamá me dice que la abuela está enferma y que vamos a ir a verla. Yo le digo que tengo que ir a la excursión. Mamá me dice que la abuela es más importante porque no se siente bien, está sola y necesita compañía. Las lágrimas me corren por la cara. Esta nena es tan sensible, le comenta mamá a Rosaura, está triste por la abuelita. Pero no es verdad, estoy triste porque no puedo ir a la excursión. Mamá agarra el teléfono y disca y me llama, tapa el tubo con la mano y me dice despacito: contale a la abuela que estás triste porque ella está enferma, pero que estás contenta porque la vamos a ir a visitar. Agarro el tubo y digo: abuela estoy contenta porque estás enferma, pero estoy triste porque te vamos a ir a visitar. Entonces mamá me lo saca y me grita: ¡torpe!, vos siempre tan torpe. Ahora lloro mucho más. A lo mejor mamá tiene razón y estoy triste por la abuela. Rosaura me aprieta el hombro y me seca la cara con el repasador. ¿Qué es este griterío?, pregunta papá que recién entra a la cocina. Mamá me mira y levanta las cejas. Es Paz que se está portando mal. Qué raro, Paz, me dice papá, vos que sos tan buenita, y me acaricia la cabeza. Vos siempre apañándola, dice mamá. Papá se encoge de hombros. Me sirve un café, Rosaura, por favor, pide. Sí, señor, ya lo tengo preparado, contesta Rosaura tendiéndole una taza. Yo ya no sé cómo soy ni cómo estoy. Por suerte las lágrimas me pararon.

 

Mamá entra al cuarto y yo tengo la mano adentro del pantalón del piyama. ¿Qué hacés?, me pregunta. Yo saco rápido la mano y me quedo callada. ¿Adelante o atrás?, me pregunta. Sigo callada. Entonces me huele la mano. Adelante, dice. La cara se me pone caliente y no sé qué hacer. Seguro es porque te picaba, ¿no?, ¿sabés qué vamos a hacer?, te voy hacer un baño de asiento. Me lleva al baño llena el bidet y me obliga a sentarme. ¡Ay!, grito porque está muy caliente. Ella echa un líquido en el agua y ahora me arde, me arde mucho. ¡Ay!, vuelvo a gritar y aunque trato de salir ella  me sostiene por los hombros. Después de un rato me saca y me seca. Ya está, dice, no te va a volver a picar. Yo creía que me tocaba porque me gustaba pero mamá tiene razón seguro que era porque me picaba. Ahora me arde pero no me pica. Qué suerte porque si no me pica y mamá dijo que nunca más me va a picar no me voy a tener que tocar más.  

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  La despierta el llanto de Ema. Llanto que se apacigua en cuanto ella se aproxima a la cuna. Llanto que troca en sonrisas cuando ella la ...