viernes, 28 de noviembre de 2025

33

 


La nena ya está bien. Tres días de pesadilla. Llanto y más llanto. No lograba dormir más de dos horas seguidas. Noches eternas. Pedro mudado al living. Cuando Teresa llegó esta mañana, ella tuvo que enfrentar una difícil disyuntiva: ¿tirarse a descansar un rato o salir a dar una vuelta a manzana? Optó por lo segundo. Sentía que le faltaba el aire, tanto o más que a la mismísima resfriada nena. El primer día apareció su mamá, por supuesto. Pero ya superada su angustia y sus miedos con las mágicas palabras de Montalván, la visita se convirtió en un suplicio. Las palabras de su madre siempre tuvieron un alto peso específico. En cada sílaba contenidas mil intenciones. Frases que parecen decir una cosa pero a las que ella, con un entrenamiento de veintitrés años, descubre su cabal significado. Su madre manejaba como nadie el arte de decir sin haberlo hecho, de obligar con guante de seda. Ella siempre había sido una mosca en su tela de araña. Ahora, al menos, era consciente de su manipulación. Manipulación de la cual aún le cuesta tanto desprenderse. Estar con su madre la deja agotada, tan enorme la energía que tiene que dedicar para no ser avasallada con sonrisas y atenciones, para no sucumbir a la culpa que le genera su propio rosario de justificaciones: lo hace porque me quiere, su intención es protegerme, siempre está cuando la preciso, etc., etc., etc. Ayer, cuando regresó de dar una vuelta manzana, encontró a Ema en brazos de Teresa. La mujer le hablaba y la nena la miraba y sonreía. Un impacto. Esto es lo que precisa mi hija, pensó. Y cayó en la cuenta de que en esos dos meses solo la habían cargado ella, Pedro, su madre, Benja y, fugazmente, Graciana. Pedro, que en un principio estaba muy presente, cada vez participa menos de los cuidados de la nena. La única que se brinda a ella, tiene que reconocer mal que le pese, es su madre. Hoy, cuarto día, Ema amaneció rozagante, un derroche de sonrisas, gorjeos. Laura tiene razón, Graciana tiene razón: es una beba preciosa. Un brillo en la mirada que la derrite. Durante el embarazo temió no poder querer a su hijo, sentía sus emociones anestesiadas. Emociones que se fueron despertando al tiempo que lograba conectar con su beba. Sentirse amada. Solo pudo amarla plenamente en la medida en que se percibió amada por su hija. Si ella dudaba del amor que sentía por su propia madre, ¿cómo suponer que su hijita podría quererla? Sacude la cabeza. El día está demasiado lindo para desperdiciarlo en elucubraciones. La llamará a Laura. No precisa la autorización de Pedro para llevar a su hija al parque. Le estrenará el enterito lila. Pronto le quedará chico.

 

Le hizo mucho bien charlar con Laura. Tincho también le había dado un susto. Otitis en su caso. Su amiga le contó con detalle su proyecto laboral, acceder a su propio taller, no depender de nadie. Tanto el entusiasmo que se desprendía de su voz que ella se sintió vacía. Alguna vez, cuando recién empezaba a estudiar, fantaseó con una compañera en poner un jardín de infantes. Fantasía que nunca accedió a la categoría de proyecto. Cómo si ni siquiera atravesó la experiencia de estar frente a una sala con niños bajo su absoluta responsabilidad, más allá de las prácticas mientras cursaba. Cómo si ni siquiera sabe si es esa su vocación. Piensa, ahora, que si tanto le gustaran los niños habría estado más cerca de sus sobrinos. Le duele el desinterés de sus hermanos por Ema que, sin embargo, es reflejo de la indiferencia de ella por sus retoños. ¿Por qué estuve tan lejos?, se pregunta.

 

Mamá, quiero ir a ver a Lupe, le pido. Con los recién nacidos hay que evitar las visitas, me contesta. Pero Luján el domingo me dijo que fuera cuando quisiera, que está muy aburrida; además no es una recién nacida, ayer cumplió un mes y todavía no pude tenerla a upa. Los bebés no son muñecos, Paz, no te equivoques; vos vas al colegio, estás en contacto con muchos chicos, lo único que falta es que le trasmitas bacterias a la criatura. Ya tengo catorce, mamá, no estoy con nenes. No, con adolescentes que es peor; más adelante iremos a visitarla. ¡Pero vos vas a cada rato! Como no voy a ir si es mi primera nieta. ¡Es mi primera sobrina también! No hay punto de comparación; en cuanto tengas un noviecito, Lupe desaparecerá de tu vida, en cambio siempre será importante para mí; los lazos con los tíos van y vienen; con los abuelos, perduran.

 

Recuerda el comentario de Graciana. Ata cabos y más cabos. La estrategia de su madre para mantenerse en el centro de la escena ha sido y es limitar los lazos entre los restantes integrantes de la familia. Ella como ineludible punto de conexión. Sin poder detectar cómo y por qué, uno se encuentra preguntándole a ella que precisa Juan Cruz para el cumpleaños, si Juan Mateo logró vender el departamento, si finalmente ascendieron a Juan Bautista, si Luján mejoró de la gripe, dónde le festejarán el cumpleaños a Lupe. Ella creyó ser la única sometida a este mecanismo, pero, descubre ahora, también Graciana, la fuerte Graciana, le consultó a su madre si era aconsejable que visitara a Ema. Permiso que le fue denegado. Vienen a su mente infinitas situaciones con su padre donde su madre actuó como ¿intermediaria? Como distanciadora, decide. Divide y reinarás. Lo único que su madre no pudo lograr, a pesar de haberlo intentado desde la hora cero, fue impedir su vínculo con Benjamín. Porque el amor es más fuerte, como cantaba Tanguito.

 

Pedro llegó cuando la nena ya estaba bañada y dormida. Otro día casi sin verla. Mientras cenan él pregunta ¿cómo transcurrió el día? Ella duda. Si le cuenta que estuvo con Laura habrá discusión asegurada. Abre la boca para responder como siempre, sin embargo, al instante se avergüenza de sí misma. Fuimos a la plaza dice, mirándolo de lleno. Pero la chispa que detecta en los ojos de él la hace desviar los suyos. Se incorpora mientras anuncia voy a poner el agua para el café. De espaldas a él, espera la réplica. Sin embargo, él solo comenta traje unos Havanna que me regalaron, los dejé sobre la mesada. ¿Quién? pregunta ella. Una clienta.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

32

 


La nena se despertó cuatro veces en la noche. Mamaba apenas, se dormía y a la hora empezaba a llorar. Pedro, disgustado, se mudó al sillón. Ella acaba de despertarse, ya son las ocho. Se asoma al cuarto de la nena: silencio. Se dirige al living: Pedro ya se fue. Se prepara un café que bebe de pie. Está agotada. Se dispone a darse una ducha cuando escucha los quejidos de Ema. Cierra los ojos y menea la cabeza, no puede más. Va a verla. Respira raro. Corre la cortina y la observa. Esta muy colorada. Le roza la mejilla con la mano: arde. El corazón se le detiene. El pánico la paraliza. No puede ser que su hija esté enferma porque ella no sabe qué hacer. Luego de unos eternos instantes va a buscar el celular. La nena está mal, vení por favor pide llorando. No te asustes, Paz, en media hora estoy por allá contesta su madre. Ella exhala con alivio. Va al cuarto de la nena. Recién entonces se anima a alzarla. La carita es una brasa. Tranquila, mi amor dice ya viene la abuela. Nada malo puede suceder. Mi mamá me cuida.

 

Ema Blaquier anuncia la secretaria. Qué extraño escuchar el nombre completo de su hija. Entran las tres. Montalván es el pediatra de las nenas de Luján. Ella se lo recomendó. Es la segunda vez que lo ve, pronto le tocaba el control de los dos meses. La primera vez también fue con su madre: a Pedro le había surgido una reunión impostergable. El hombre revisa a la beba que aúlla a todo pulmón. Tiene treinta y ocho informa el médico. Yo le tomé la temperatura antes de venir explica su madre estaba casi en treinta y nueve. pero le puse unos pañitos fríos en la frente y la desabrigué. Paz se siente inútil. Un ente. El médico, sin embargo, no presta atención a los comentarios de su madre y se dirige a ella. Es importante que no te asustes, Paz, si te ponés nerviosa la nena se alterará más; es muy frecuente que los bebés levanten temperatura; la próxima me llamás por teléfono antes de venir, quédate tranquila, tu hija está sana; la estás cuidando muy bien; esto es solo un resfrío. Los ojos de ella se llenan de lágrimas. Gracias, doctor dice muchas gracias. ¿No la va a pesar? pregunta la madre. El hombre mira la ficha. Tiene control la semana que viene; no es bueno estar pesando a los bebés a cada rato, les genera ansiedad a las mamás; pero para que usted se quede tranquila, señora, la vamos a pesar. La nena redobla el llanto cuando la ponen en la balanza. Subió seiscientos gramos informa el médico. ¿No precisará complemento?, mis bebés aumentaban más de un kilo por mes. Las criaturas amamantadas aumentan alrededor de ciento cincuenta gramos por semana, señora y dirigiéndose a ella agrega Ema está perfecta, Paz, seguí como venís. Gracias, doctor reitera ella.

 

La nena llegó dormida y durmiendo continúa. Ya no está tan calentita. Montalván indicó que no la despertara ni que le insistiera para comer. Ella sabe lo que precisa dijo. Su madre insiste en quedarse hasta que llegue Pedro. Emociones contradictorias. Por un lado, su mamá la hace sentirse insegura en su desempeño materno; por otro, sentir a su madre cerca le da seguridad. Mamá me cuida. En cuanto Pedro aparece, su madre se va. Tu padre me espera para cenar se justifica. Bajan juntos. ¿Qué dijo Montalván? pregunta Pedro al regresar. Ella le cuenta. Me dijo que la estoy criando muy bien concluye, orgullosa. Pedro hace una mueca. Se contagió en la plaza dictamina. Ella se queda en silencio. Dónde se lo habrá pescado había sido el comentario de su madre que ella simuló desoír. Evidentemente hablaron en el ascensor. Algo le ruge por dentro. Quizá vos trajiste virus del despacho, estás permanentemente con gente. Él la mira arqueando las cejas. Lo único que falta es que digas que el culpable soy yo. Claro, si lo obvio en esta familia es que los errores sean siempre míos; no es cuestión de buscar responsables; la nena se resfrió y punto el volumen de su voz va subiendo me dijo Montalván que es muy frecuente, que me vaya acostumbrando; saco a la nena para que tome aire y sol y, además, para ventilarme yo; vos llegás cada día más tarde, me asfixio aquí adentro, todo el día sola. Él guarda unos instantes de silencio. Luego hace un gesto despectivo y dice se nota que anduvo Graciana por acá, que estás tan levantisca agarra su portafolios y agrega me voy a duchar. Ella se queda con el corazón galopando. Tanto que se lleva las manos al pecho. Desde el pasillo Pedro pregunta ¿hay algo para comer? Ella va a seguir confrontándolo, pero inspira hondo y luego dice sacaré una pizza del freezer.

lunes, 24 de noviembre de 2025

31

 


Cenaron casi en silencio. La cabeza de Paz girando sin parar. Como una ruleta que da vueltas indefinidamente mientras uno espera que la bolilla caiga en el número que acabamos de coronar, piensa. Su padre la llevó a conocer el casino antes de los dieciocho. A él le gustaba mucho jugar. Con generosidad, pero con mesura, evalúa. Como su madre detestaba ir, está lleno de gente vulgar, decía, ella solía acompañarlo. Le enseñó a apostar. Con cualquier número que aciertes debés, al menos, recuperar la postura. Plenos, semiplenos, cuadros y calles. A ella le gustaba jugar. Aunque lo que más le gustaba era estar con su padre sin la presencia de su madre. Su padre le enseñó, también, a jugar al ajedrez. Muchas cosas le enseñó. Sin embargo, la más importante aún sigue pendiente.

 

Papá, ¿me podés enseñar a manejar?, le pregunto cuando Rosaura trae el café. Claro, sos la única que me falta, me contesta mientras revuelve el pocillo, el fin de semana combinamos; a tus hermanos les enseñé en los lagos de Palermo. No me parece buena idea, acota mamá y enseguida me doy cuenta de que empezamos mal. ¿Y en dónde sugerís que practiquemos?, le pregunta papá. Todavía no tiene dieciocho. Los cumpliré en unos meses. Sé perfectamente cuando cumplís años, pero es un riesgo poner al volante a una menor, lo comprometés a tu padre. Pero mis hermanos empezaron a practicar a los dieciséis, trato de convencerla. Sí, pero son varones. Papá, que estaba callado, reacciona y pregunta: ¿y eso qué tiene que ver? Los hombres tienen mucha más facilidad para manejar, pareciera que nacen dotados; vos sos muy nerviosa, temerosa, no estás todavía lista para eso; con la bicicleta también te costó. Yo quisiera recordarle que no es que me costó, si no que ellos no se ocuparon; me enseñó la mamá de Leticia, pero me callo. ¿No tengo razón, Esteban?, le pregunta a papá que se puso a leer el diario. Él se encoge de hombros. Vos la conocés más que yo; cuando decidan que está a punto me avisan. Yo me levanto de la mesa porque no quiero que mamá me vea llorar. Después dice que soy blandengue, que tengo que aprender a controlar las emociones. No se llora en público, me decía desde chiquita. Hice mal en preguntarle a papá frente a mamá. De todos modos, imposible pretender que algo se le escape. Aprenderé más adelante.

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  La despierta el llanto de Ema. Llanto que se apacigua en cuanto ella se aproxima a la cuna. Llanto que troca en sonrisas cuando ella la ...