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 PUERPERIO

 

Ella sabe que su madre no debiera estar acá. Sin embargo, está. Cómo habría de no estar. En el catecismo le enseñaron que Dios era omnipresente, omnipotente y omnisciente. Cuando una compañera preguntó qué quería decir (ella tampoco entendía, pero jamás hubiera sido capaz de preguntar) explicaron que significaba que Dios estaba en todas partes, que sabía todo y que todo podía. Como mamá, pensó ella, aunque, por supuesto, no lo dijo. Tanto pensaba y tan poco decía. Pedro cometió el error de atender el teléfono. En realidad, ella cometió el error de dejarlo atender. Y antes de que ella pudiera llegar al living, él le estaba contando a su madre que había tenido una contracción. Una. Porque solo había sido una. Y su madre le ganó a la cuarta. Entró taconeando, como siempre, dando indicaciones. ¿Indicaciones? A ella le sonaron como órdenes. Ella supo en cuanto la vio que tenía que pedirle que se fuera. Porque, además, había llegado con un bolso. Pero Pedro ya le estaba alcanzando un café. Quedate tranquila dijo su madre pasé por esto cinco veces; sé bien de lo que se trata. Su madre siempre se adjudicó el poder de saber qué experimentaba su cuerpo. De suponerlo en realidad. De determinar cuando tenía sed, cuando hambre. Cuando frío, cuando calor. Inútil intentar oponerse. Hizo un ejercicio tan permanente y demoledor que, debe reconocerlo, ya no sabe cuándo tiene hambre. Come cuando lo indica el reloj. Consulta el pronóstico antes de vestirse. Tiene sexo cuando Pedro lo propone. Porto un cuerpo mudo, decide, un cuerpo que no me habla. Ella tampoco le habla a la madre. Pedro sí. Se propuso irse al dormitorio antes de que llegara otra contracción, sin embargo, esta la agarra de improviso. Intenta no dar señales, pero es ingenuo suponer que puede ocultársela a su madre. Le lee cada rictus, cada mínimo gesto. Quizá cortaron mal el cordón y le dejaron a su madre sus receptores sensoriales. Estoy pensando pavadas, se dice, pensando en mi mamá cuando está por nacer mi primer hijo. Debiera estar feliz. Está enojada. Enojada con su madre y con Pedro. Enojada consigo misma por no poder ponerles límites. Si por separado es difícil, juntos es imposible. Se potencian. Ya son más seguidas sentencia su madre habría que llamar a Salcedo. No, mamá se defiende ella, porque sí, siente que debe defenderse la partera me dijo que le avise a ella cuando sean cada diez minutos. Las parteras no son las que deciden sí decide su madre además, para qué esperar a último momento; en el parto de Juan Mateo venían espaciadas y de repente se aceleraron y casi no llego a la clínica. Voy a esperar insiste ella. Estuvo leyendo mucho. Aconsejan internarse lo más tarde posible para evitar maniobras innecesarias. Ella no quería a Salcedo, es el médico que los hizo nacer a ellos cinco. Pero su madre insistió tanto, le llenó tanto la cabeza con que les salvó la vida a las dos cuando nació ella que con Salcedo terminó. Es demasiado grande para su gusto. Está bien que eso le da mucha experiencia, como dice Pedro, sin embargo, ella hubiera querido un parto más natural, menos tradicional, pero… Otra contracción la aparta de sus pensamientos. Retiene la respiración al tiempo que crispa las manos. No son muy fuertes, todavía falta. Por suerte su madre, de gran charla con Pedro, no se dio cuenta. Me voy a dar una ducha informa. Sí, y después vamos al sanatorio indica su madre. No, mamá, ya te dije que todavía no. Su madre la mira, seria, y cabecea. Tiene lamparones en la cara la escucha decir mientras se aleja típico.  Deja la puerta del baño entornada y abre la ducha. Ya está bajo el agua cuando escucha la voz de su madre hay que llamar a Salcedo. El habría trocó en hay, detecta ella. Cierra la canilla para apurarse a frenar la acción cuando escucha ahora otra voz. Doctor Salcedo, habla Pedro Blaquier; Paz entró en trabajo de parto. Le sobreviene una ira profunda. Su madre, otra vez, se apoderó de su cuerpo. Me robará mi bebe, piensa, y el pavor la atraviesa. Siente frío. Abre la canilla. La ducha tibia la reconforta. Nunca más saldrá de allí. Es su única resistencia posible. Pariré a mi hijo bajo el agua, se dice. Pero sabe que no es cierto. No hay ninguna posibilidad de que eso sea cierto. No estoy contenta, diagnostica, va a nacer mi primer hijo y no estoy contenta. Y se siente tan culpable.

2

 

Cuando entra al living encuentra a su madre revisando el bolso. Agregué un par de cositas dice nunca se sabe cuánto tiempo tendrá una que estar; más vale prevenir que curar. ¿De dónde lo sacaste? pregunta ella, la indignación asfixiándola. Me lo dio Pedro. Ella aprieta los puños. ¿Qué sentido tiene protestar?  No te quedes ahí pasmada, vamos, andá a buscar la cartera ordena su madre ¿tenés toda la documentación?; apurate, Pedro ya fue a poner en marcha el auto. Ella gira y cierra los ojos. Es solo una pieza en el tablero de ambos. Un peón. Se dirige al dormitorio.

 

Un enfermero acerca una silla de ruedas al auto. No hace falta dice ella. Nos dijeron que iba directo a habitación se justifica el hombre. No reitera ella mientras su ira crece todavía falta. Eso es lo que vos creés acota su madre aprovecha que te llevan. No hace falta reitera mientras ingresa caminando al sanatorio. Ya adentro, la partera, que estaba esperándola, la conduce a un cuartito y le hace un tacto. Estás con tres informa. Entonces mejor regreso a casa, falta mucho. Voy a hablar con el doctor Salcedo dice la mujer. Regresa minutos después e informa ya tenés habitación asignada, dice el doctor que no tiene sentido que te vayas; termina con una cesárea y viene a verte; tu marido está haciendo los trámites para la internación. Me quiero escapar, piensa ella, pero sabe que no puede. Está atrapada. Soy una mosca en una telaraña. Cuando sale se topa con su madre. ¿Viste que había que venir? Ella quisiera contestarle, pero no tiene fuerzas. La madre la agarra del brazo. ¿Seguro no querés la silla de ruedas? Ella siente que las lágrimas se agolpan en sus ojos. No, mamá. La madre las detecta. No tengas miedo, todo va a estar bien dice. Ella va a decirle que no es miedo, pero su madre ya no la escucha. Se fue y está apretando el botón del ascensor. Ella se pasa la mano por la cara y, en silencio, se acerca.

 

Está en la cama. Porque la hicieron acostar. Ella hubiera preferido poder moverse, caminar. Las contracciones todavía son tolerables. Ensaya todo lo que leyó. Respiración. Relajación. Las horas van corriendo. Leyó también que un primer parto puede durar doce horas. Ni bien entró le colocaron una vía, no sabe para qué, pero eso le impide levantarse. La rasuraron y le pusieron una enema. Aunque les infomó que ya tenía el intestino vacío, no le hicieron caso. Cuando ella se quejó, la madre afirmó es así, ¿te creés que es divertido traer un niño al mundo? Media hora después la partera, en medio de otro tacto, le informa te voy a romper bolsa para acelerar el trabajo. Ella intenta decirle que no tiene apuro, que prefiere esperar.  No es algo que puedas determinar vos es la respuesta de la mujer. Un dolor agudo y líquido corriendo entre sus piernas. Cualquier novedad me avisan pide la mujer dirigiéndose a madre y marido. 

3

 

Una enfermera le toma la presión. Es jovencita, dulce. ¿Nena o varón? pregunta. No quisimos saber contesta la madre mejor si es sorpresa. Yo sí quería saber, piensa ella, pero no dice nada. La chica sale. Pedro y su madre hablan. De política, de los Juanes. Hablan. Ella precisa silencio. Le pide a Pedro con señas que aleje a su madre, pero él solo se encoge de hombros. El tiempo sigue corriendo. De a poco las contracciones se van haciendo más fuertes y más seguidas. Voy bien, se tranquiliza ella a sí misma, puedo aguantarlas. Pero su madre dictamina esto es muy largo, al bebé no le va a hacer bien y sale.  Minutos después regresa con la partera. En cuanto venga el anestesista te vamos a pasar un suerito informa la mujer. Yo no quiero anestesia dice ella y capta un cruce de miradas entre ambas mujeres. Veremos dice su madre. La mujer sale, pero retorna un rato después. Se te salió la vía informa te dije que no te movieras. La inserta nuevamente. Con violencia porque le duele. Y le inyecta algo. ¿Qué me pusieron? pregunta. Nadie le contesta. Casi al instante las contracciones mutan. Como si una máquina se hubiera apoderado de sus entrañas. La primera la sacude. Cuando llega la segunda aprieta los labios para no gritar. Media hora después la partera le hace otro tacto. Ya seis centímetros, ahora sí que se largó. Los tactos se suceden, intolerables en medio de las feroces contracciones. Cuando poco después le informan que está con ocho el dolor es tan fuerte que teme estallar. ¡No aguanto más! exclama entre sollozos. ¿Viste?, te quisiste hacer la fuerte  comenta la madre yo te avisé. Voy a buscar al anestesista informa la partera. Me rendí, piensa ella, perdóname, hijo, me rendí. Diez minutos después la hacen acostar de lado y siente una aguja que se introduce en su médula. En otros diez minutos las piernas dejan de pertenecerle. Ahora sí que su madre se apoderó de ella. No lo siente. Perdí el contacto con mi hijo, piensa. Pedro le toma la mano ¿viste que era mejor?, se te fue el dolor. Por suerte hacen salir a su madre. Solo una persona indicaron. Le pica todo el cuerpo y está mareada. Muy mareada. Le avisa a la partera. El doctor Sandoval ya viene. Un rato después el hombre, impecable delantal blanco, le toma la presión. Está hipotensa dictamina. La partera, mientras tanto, evalúa los latidos del bebé. Bajó mucho la frecuencia cardíaca informa. Ella se siente morir. ¡Es la anestesia!, ¡sáquenmela! grita. Tranquilícese, Paz, ya vamos para sala de partos; me cambio y la veo allí. Ella lo mira a Pedro: está pálido. La trasladan a una camilla y la conducen por un pasillo infinito. Unas puertas dobles se abren. Pedro queda del otro lado. Se cierran. La acuestan y le ponen una tela que le bloquea la visual de su abdomen. Pregunta por qué. Vas a cesárea informa la partera. ¡No quiero! exclama ella. ¿Preferís que se muera tu bebé? le pregunta la mujer. Mi cuerpo ya está muerto, evalúa ella. Intenta mover las piernas. Inútil. Cierra los ojos. Escucha ruidos metálicos. Conversaciones apagadas. Como si tuviera la cabeza adentro de un cubo con agua. No siente dolor porque no siente nada. No se siente. Ni a ella ni a su hijo. ¡Ya está! exclama Sandoval es una nena. Una nena. A ella le parecía que sería una nena. Pedro lo lamentará, piensa y abre los ojos.  ¿Por qué no llora? pregunta ¿está bien? Tranquila, Paz, el neonatólogo ya la está aspirando. ¿Tranquila? Intenta incorporarse. ¡Dejénmela ver! grita. Sédenla indica Salcedo. Antes de que pueda reaccionar, el anestesista le pone una máscara. Intenta resistirse, pero cae. Cae en un pozo. Infinitamente cae. Presión. Asfixia. Destellos. Frío. Ruido. Vértigo.
4
 
Despierta en su habitación. Ahora sí siente el cuerpo. Le duele todo. Se lleva las manos al abdomen. Al rozar las vendas recuerda. Abre los ojos. Su madre está sentada a su lado. Hola, hija la saluda. ¿La nena? pregunta ella con infinito temor. La están controlando informa su madre. ¿Está bien? Así parece. ¿Pedro? Haciendo trámites. Necesito ver a mi hija reclama. Después le pido a la enfermera, ¡Ya! La madre se incorpora y le toma la mano. Está en la incubadora. ¿Por qué? Demoró unos minutos en respirar, la están controlando; no te preocupes, vos también estuviste en incubadora cinco días y nada te pasó. Ella, pese a los tirones de la herida, se sienta en la cama. Tengo que verla, me necesita. La mujer la empuja suavemente para recostarla. Lo que necesita es que te recuperes, es una recién nacida, no se da cuenta de nada; no distingue quien la alimenta ni quien la alza. Ella recuerda todo lo que leyó. Cierra los ojos un instante. Infinita soledad. Sí que la precisa. ¡Sí que me precisa! exclama. A mí no me dejaron cargarte hasta que te dieron el alta y aquí estás la mujer sonríe al agregar sobreviviste. ¡Llamalo a Pedro! insiste ella tengo que verla. Te dije que está ocupado. Paz busca el botón y lo oprime. No seas chiquilina, Paz la reta su madre. Minutos después aparece una enfermera. Tengo que ver a mi hija reclama ella. Voy a consultar responde la mujer. Minutos después regresa con una silla de ruedas. Si serás terca, necesitás descansar. Ella hace caso omiso al comentario y, ayudada por la enfermera, se ubica en la silla. Voy con ustedes informa su madre. Ella quisiera impedirlo, pero cómo. Cierra los ojos.

 

Frente al vidrio observa a su hija en la incubadora. Llora y agita brazos y piernas. Dos percepciones contradictorias la atraviesan. Su beba está bien. Su beba sufre. La ve y se desdobla. Ella fue esa que está ahí. Hambre. Dolor. Miedo. Soledad. Tiene hambre traduce ella a ambas la quiero amamantar. No tiene fuerzas todavía para succionar dice la nurse y, a través, de la abertura le ofrece a la beba una mamadera. Ella cierra los ojos. Un líquido tibio atravesándola. El dolor se apacigua. ¿Me amamantaste? le pregunta a su madre. No pude contesta cuando saliste de la incubadora yo ya no tenía leche. El dolor se apacigua. El desamparo, no. Quiero tocarla pide. Tenemos que regresar a la habitación informa la enfermera. Todavía no se resiste ella. Es la hora del antibiótico dictamina la mujer. Por favor insiste. Si será terca dice su madre. La enfermera menea la cabeza. Ella se deja conducir.

 

Ya en la habitación continúa con los ojos cerrados para que su madre no le hable. Todo salió mal desde el principio. Vino demasiado pronto. Le rompieron bolsa. Le inyectaron oxitocina. Las contracciones se hicieron tan fuerte que le pusieron la peridural. Le dio una reacción alérgica. A ella le bajo la presión y a la nena los latidos. Cesárea de urgencia. La nena no lloró. A la nena la llevaron a la incubadora y a ella la durmieron. Recuerda todas las advertencias que leyó. No supe defenderme, piensa, Abre los ojos. Un encanto Salcedo, ¿viste? dice la madre siempre tan profesional; les salvó la vida a las dos; ya le pedí a tu padre que le traiga una botella de whisky, escocés, por supuesto, ¿querés tomar un poco de agua?, dijo la enfermera que ya podés. Ella niega con la cabeza.

 

 

El dolor es cada vez más intenso. Ella rechazó los calmantes porque leyó que se transmiten en la leche. Confía en que mañana la dejarán poner la nena al pecho. Le trajeron la cena, pero ella no la tocó. Sus padres y Pedro charlan. Ella quiere que dejen de hablar. Que se vayan. Todavía no pudo estar a solas con su marido. Con el padre de mi hija, piensa. Estoy muerto dice Pedro. ¿Querés que me quede yo? ofrece su madre. Pedro la mira. ¿Te parece, Paz? pregunta tu mamá está más canchera. Ella no lo puede creer. Y como no existen las palabras para decir lo que siente, calla. Por suerte traje una muda comenta su madre, señalando su gran cartera mujer prevenida vale por dos y mirando la bandeja llena agrega cena ya tengo. Ojalá cuides a tu hija como tu madre siempre te cuidó a vos sentencia su padre. Ojalá que no, piensa ella, pero, por supuesto, no dice nada.

 

Pese a su insistencia, recién le permiten tocar a su hija al segundo día. Alzarla al tercero. A esa beba que no para de llorar. Los médicos le dicen que la chiquita está bien. Cómo medir con instrumentos las emociones. Su beba no está bien. Está desesperada. Ambas están desesperadas. No logra tranquilizarla. No sabe cómo. No hablan el mismo idioma, aunque en realidad lo hablan. La beba grita su propio grito. Grita lo que ella no se atreve a gritar.

 

Día número cinco, y ¿casualmente? también fueron cinco días para ella, la beba sale de la incubadora y se la dejan, dentro de la cunita, en el cuarto. Llora. Ella se levanta como puede y la alza. La beba sigue llorando. Agita manos y piernas, la carita colorada. Ella se sienta en el sillón. Le ofrece el pecho. La nena redobla sus gritos. No me conoce, piensa ella. Intenta mecerla, pero su propio cuerpo no funciona. Se le ha puesto rígido, duro. La beba se arquea. Me rechaza, piensa ella. Me rechaza porque soy mi madre; ella soy yo rechazando a lo que de mi madre hay en mí. Se siente enloquecer.

 

5

 

Después de una semana de pesadilla entra a su casa. Su madre trae alzada a la beba porque decidieron -su madre decidió en realidad- que ella no estaba en condiciones de caminar portándola. No hubo manera de que la escucharan. Ella había soñado con el momento de atravesar la puerta de su casa con su hijo alzado. Orgullosa, triunfante. Pedro sosteniéndola desde el hombro. Nada más distinto. Ella entra a paso lento, los puntos de la cesárea todavía mortificándola, su madre carga a su hija y Pedro carga el bolso. Se sienta en el sillón y pide dámela. Andá a acostarte indica su madre después te la llevo. Pedro, solícito, se acerca y la toma del brazo. Vamos dice. Ella obedece. Otra vez obedece. Siempre obedece. Mientras se pone el camisón escucha a la beba llorar. Traémela le pide a Pedro. Un rato después la madre entra con la chiquita en brazos, que ya no llora, e informa le di una mamadera. ¿Cómo que le diste mamadera? Lloraba se justifica la madre. ¡Pero yo le quería dar de mamar! Si casi no tenés leche, para qué, va a crecer más rápido con la mamadera. La beba comienza a protestar. ¿Viste?, la hiciste llorar dice la madre. Me la va a robar, piensa ella de nuevo y grita ¡dámela! La beba berrea. Tranquilizate, Paz le indica su madre si no, no podrás criarla. ¡Andate! Pedro entra a la pieza. Esta chica está desequilibrada le dice la madre saliendo con la beba en brazos.  Tiene razón, piensa ella, me estoy volviendo loca.

 

La noche fue una pesadilla. La beba llorando hasta ponerse roja, hasta perder la respiración. El temor de que muriera ahogada. Su incapacidad absoluta para calmarla. Ella misma percibía la rigidez de sus brazos que impedía a la nena arrellanarse en ellos. Es que nunca alcé a nadie dijo entre sollozos para justificarse frente a Pedro.  Es que nunca nadie me alzó, logró reformularse con la contundencia de una revelación. No tengo cuerpo porque no fui cuerpo se le escapó en voz alta. Craso error. ¡Estás loca! exclamó su marido y luego exigió dame esa beba o el que me voy a enloquecer seré yo. Sin mediar su consentimiento se la sacó de los brazos. Comenzó a pasearla por la habitación al tiempo que la mecía. La nena se fue calmando. Se durmió declaró, triunfal mientras la depositaba en la cuna. Ella también logró dormir. Acaba de despertarse. Se levanta y se acerca a la cuna. ¿Y si no llora porque se murió? Se inclina para rozarle la manito, pero le sacude el hombro. La nena se sobresalta, extiende brazos y piernas y comienza a aullar. Sí, porque son aullidos. Ajenos a la condición humana. ¿¡Qué pasó?! grita Pedro. Ella se apresura a alzarla. Pero cuando intenta acercarla a su pecho la beba la rechaza. Eso es lo que ella siente, que la rechaza. Porque se arquea hacia atrás mientras sigue berreando. Pedro se aproxima. Dámela ordena. Ella obedece. Él tampoco logra calmarla. Tiene hambre decide ella. Él se la tiende mientras dice le voy a preparar una mamadera. ¡No! grita ella y es un grito la tengo que amamantar. Hacé lo que quieras dice Pedro voy a intentar dormir aunque sea un rato porque yo sí tengo que trabajar y sale, almohada en mano, rumbo al living. Se escucha un portazo. Ella con la beba alzada se acomoda en la cama. Intenta acercarle el pezón a la boca, pero la nena se arquea. Ella le oprime las mejillas y el llanto arrecia. Hasta que, vencida, la oprime contra sí y, sollozando, le dice no sé ser tu mamá, te quiero tanto y no sé qué hacer y comienza a balancearse hacia adelante y hacia atrás, cada vez con más envión mientras repite como un mantra no sé, no sé. La beba se va tranquilizando hasta que el llanto se detiene. Ella no parece notarlo porque continúa meciéndose. Minutos después detiene palabras y movimientos y la mira. La chiquita abre los ojos y, por primera vez, se miran. Ella, suavemente, se descubre y acerca a la beba a su pezón. La beba, mirándola, lo toma. Una sensación indescriptible, mezcla de angustia y placer, brota de su abdomen. Cierra los ojos y se entrega a ese vértigo. La beba succiona con energía. Ambas se quedarán dormidas piel a piel.

6

 

Despierta. La nena quedó aplastada contra su abdomen. La asfixié, piensa y la aparta con brusquedad. La beba extiende brazos y piernas y luego de contener la respiración durante unos instantes rompe en llanto. Se está incorporando cuando descubre a su madre entrando al dormitorio. ¿Qué hacés acá? pregunta ella de mal modo. Me encontré con Pedro abajo y me abrió. Sin pedir permiso la mujer le quita la beba de los brazos. Cuando logra reaccionar ella grita ¡dámela! Su madre la mira, los ojos abiertos de par en par, y obedece. Ella se acomoda y le ofrece el pecho. La nena lo rechaza y continúa llorando. Ya le preparo una mamadera dictamina su madre. ¡No! exclama ella y guía la carita de la beba hacia el pezón. Después de algunos escarceos logra que se prenda y succione. Así no va a subir nunca de peso comenta la mujer y, además, los pechos te van a quedar estropeados. Ella recibe el impacto. Pregunta entonces ¿a mis hermanos tampoco los amamantaste? La madre baja la vista mientras responde poco y nada. Pero ellos no estuvieron en incubadora como yo. Se crían mejor con mamadera, ustedes fueron cinco bebés preciosos dice y agrega me voy a preparar un café, ¿te traigo uno? Amamantando, mejor no. Su madre se encoge de hombros y sale. Cuando regresa, bandeja en mano, la beba ya soltó el pezón, satisfecha. Un hilo de leche se desliza entre sus labios. La madre deja la bandeja sobre la mesa de luz y se apresura a limpiarla con una servilleta. Te traje un té informa mientras alza a la criatura la cambio y la acuesto así podemos tomar tranquilas. Ella cierra los ojos. No tiene fuerzas para seguir confrontándola. Ojos que abre cuando escucha llorar a la nena. Traémela, por favor pide. Son mañas dice la madre recién comió, hay que acostumbrarlos bien desde la primera hora, si no después te toman el tiempo y mientras empuja el moisés agrega la llevo a su cuarto así no la escuchamos. Ella sí escucha la puerta al cerrarse y luego el llanto amortiguado de su hija. ¿Vos nos dejabas llorar? le pregunta a su madre mientras le pone azúcar al té. ¡Obvio!, además, así se desarrollan los pulmones. Ella cierra los ojos. Se ahoga. Le falta el aire. Oscuridad. Miedo. Se lleva la mano al pecho. ¿Te pasa algo? le pregunta su madre. Ella niega con la cabeza. Intentá dormir sugiere la mujer retirándole la taza y acomodando las cobijas yo me ocupo. Ella se desmorona sobre las almohadas. Otra puerta se cierra. Ya casi no escucha el llamado de su hija. De pronto siente un sudor frío. Soledad. Terror. No voy a poder, piensa y llora bajito hasta quedarse dormida.

 

Vamos, Paz dice la madre moviéndole el brazo te traje el almuerzo. ¿Ya? pregunta mientras controla el reloj. La una. Pasaron más de tres horas. ¿La nena? pregunta. Hace un buen rato le di la mamadera, ya se durmió de nuevo. ¡Pero la tenía que amamantar! Lo que tenías era que descansar, te dormiste como un tronco, ya tenés otra cara. La madre le tiende una bandeja. Pollo, puré. Puré de calabaza, su favorito. Pechuga como le gusta a ella. Tiene hambre descubre. Gracias, mamá dice. Te preparé compota de ciruelas, yo siempre comía compota después de los partos, consejo de Salcedo; ayuda. Mi mamá me cuida, piensa. Recuerda el libro de lectura de primer grado mi mamá me mima. Recuerda que cuando lo leyó pensó mi mamá no me mima. Su mamá no la mima pero la cuida, siempre la cuidó. Gracias, mamá repite. Cuando un rato después la madre se acerca para retirar la bandeja ella la mira. Es su madre, pero joven. Cierra los ojos y agita la cabeza. Yo estoy mal, piensa, muy mal. 

 

Estoy en la cama porque tengo gripe. Recién vino el doctor y le dijo a mamá que ya estoy bien, nada de fiebre. Mamá lo acompaña hasta abajo y cuando vuelve me dice: ahora te traigo tu comida favorita. Yo me pongo contenta y me preparo para las milanesas con papas fritas, hace mucho que no como. Capaz que hasta me sube Cocacola. Mamá llega y me pone la bandeja con patitas. Tiene un mantelito lindo y el plato está tapado con otro. Para que no se enfríe, me dice. Cuando lo destapa veo pollo que no es pata con puré amarillo. ¿Y la milanesa?, pregunto. No estás para fritos, además esta es tu comida favorita. ¿No había pata? La pata es difícil de cortar y a vos siempre te gustó la pechuga. Mientras habla me va cortando el pollo. Es cierto más fácil es la pechuga. A lo mejor me confundí y ya no me gustan tanto las milanesas. Las papas fritas creo que sí pero el puré es más cómodo, no se mastica. ¿Estás contenta?, pregunta mamá.  Sí, claro digo y después digo: gracias, mamá, porque ella me enseñó que es lo que corresponde. Mamá me acaricia el cabello y sale del cuarto. Me dejó un vaso con agua. Claro, no es buena la Cocacola por eso lo reta a papá cuando me sirve. Mamá me cuida. Siempre me cuida.

7

 

Le costó una discusión con Pedro, pero finalmente consiguió “echar” a su madre. Él insistió en alcanzarla con el coche. Ella, con tal de liberarse de su mamá, lo convenció de que se arreglaba sola. Ya me vas a rogar que vuelva fue lo último que dijo su madre mientras se retiraba. Por fin está ahora, por primera vez, a solas con su hija. Se levanta con dificultad y se acerca al moisés. Sorteando las indicaciones, su madre la dejó boca abajo. Así los crié yo había dicho después de cinco hijos y ocho nietos nadie me va a enseñar cómo se acuesta a un bebé. En esta posición solo puede verle el perfil. La cabecita redonda. Ella no quería pelarla, pero, excusas mediante, le entregaron a su beba pelada. Con aritos para colmo. Son los que usaste vos explicó su madre orgullosa. Dónde estaba yo, piensa, hija, no supe defenderte. No pudo tampoco defenderse. Demasiados frentes. Le da miedo verla boca abajo. Los libros insisten con el tema, mayor riesgo de muerte súbita. El corazón se le acelera. Entonces la gira. Con torpeza, evidentemente, porque la nena se larga a llorar. La alza. La beba redobla el llanto y se arquea. Ella intenta aproximarla a su cuerpo, cuerpo que se ha convertido en una tabla. Rígido, tenso. No sé, piensa, mamá tiene razón, no voy a poder criarla. No sé dice en voz alta hijita, no sé. Como si se aferrara a un salvavidas oprime a su hija y comienza a caminar. Repite no sé, no sé entre sollozos. Cuando recupera la lucidez está sentada en el sillón del living, con la nena enterrada en su cuerpo. Asustada la despega. La beba la mira, ya no llora. Ella se entreabre el camisón y le ofrece el pecho. La nena se prende. Succiona con fruición. Escucha la llave en la cerradura. Ya volví informa Pedro. La nena se sobresalta. Suelta el pezón y llora. Damela ordena Pedro no sé por qué le dijiste a tu madre que se fuera. Ella obedece. La nena se calma. Ella, vencida, cierra los ojos. La nena también está en su contra. Mi madre, mi marido y mi hija en contra de mis deseos, piensa.

 

Me desperté muy temprano porque hoy nos vamos de excursión a la granja. Ayer la maestra nos contó todos los animales que vamos a ver y para qué sirve cada uno, casi todos son para comer. Cuando llego a la cocina mamá me dice que la abuela está enferma y que vamos a ir a verla. Yo le digo que tengo que ir a la excursión. Mamá me dice que la abuela es más importante porque no se siente bien, está sola y necesita compañía. Las lágrimas me corren por la cara. Esta nena es tan sensible, le comenta mamá a Rosaura, está triste por la abuelita. Pero no es verdad, estoy triste porque no puedo ir a la excursión. Mamá agarra el teléfono y disca y me llama, tapa el tubo con la mano y me dice despacito: contale a la abuela que estás triste porque ella está enferma, pero que estás contenta porque la vamos a ir a visitar. Agarro el tubo y digo: abuela estoy contenta porque estás enferma, pero estoy triste porque te vamos a ir a visitar. Entonces mamá me lo saca y me grita: ¡torpe!, vos siempre tan torpe. Ahora lloro mucho más. A lo mejor mamá tiene razón y estoy triste por la abuela. Rosaura me aprieta el hombro y me seca la cara con el repasador. ¿Qué es este griterío?, pregunta papá que recién entra a la cocina. Mamá me mira y levanta las cejas. Es Paz que se está portando mal. Qué raro, Paz, me dice papá, vos que sos tan buenita, y me acaricia la cabeza. Vos siempre apañándola, dice mamá. Papá se encoge de hombros. Me sirve un café, Rosaura, por favor, pide. Sí, señor, ya lo tengo preparado, contesta Rosaura tendiéndole una taza. Yo ya no sé cómo soy ni cómo estoy. Por suerte las lágrimas me pararon.

 

Mamá entra al cuarto y yo tengo la mano adentro del pantalón del piyama. ¿Qué hacés?, me pregunta. Yo saco rápido la mano y me quedo callada. ¿Adelante o atrás?, me pregunta. Sigo callada. Entonces me huele la mano. Adelante, dice. La cara se me pone caliente y no sé qué hacer. Seguro es porque te picaba, ¿no?, ¿sabés qué vamos a hacer?, te voy hacer un baño de asiento. Me lleva al baño llena el bidet y me obliga a sentarme. ¡Ay!, grito porque está muy caliente. Ella echa un líquido en el agua y ahora me arde, me arde mucho. ¡Ay!, vuelvo a gritar y aunque trato de salir ella  me sostiene por los hombros. Después de un rato me saca y me seca. Ya está, dice, no te va a volver a picar. Yo creía que me tocaba porque me gustaba pero mamá tiene razón seguro que era porque me picaba. Ahora me arde pero no me pica. Qué suerte porque si no me pica y mamá dijo que nunca más me va a picar no me voy a tener que tocar más.  

 8

  

Está tomando un té parada, cuando repara en la fecha del diario que Pedro se olvidó sobre la mesada.  17 de setiembre de 2004. Hoy su hija cumple diez días. Una decena de días. Un pequeño hito. Una hora después, al cambiarla descubre el cordón caído. Un reflejo del hito. Otro hito. Se impresiona. ¿Una parte de ella o de la beba? Me da asco, piensa y luego se reta, cómo algo perteneciente a mi hija puede darme asco. Ojalá que los receptores sensitivos hayan quedado del lado de la nena. Seguramente, porque yo no soy capaz de interpretar lo que mi beba siente, evalúa. Cuando llega Pedro le informa las novedades. Habrá que bañarla dice ella. Tu madre me pidió que le avisará. Hay que bañarla ahora y, como el día del parto, registra el cambio de tiempo verbal, aunque  en su propia boca. Armame la bañera, por favor pide. Media hora después, la temperatura regulada con termómetro, ella introduce a la beba en el agua templada. La nena llora, se arquea. Ella trata de tranquilizarla, sin suerte. Intenta jabonarla, pero la nena agita brazos y piernas frenéticamente. Sacala ordena Pedro mientras le tiende el toallón con capucha. Ella gira para agarrarla al tiempo que la nena se desliza y queda sumergida en el agua. Ella, la toalla en la mano, no atina a rescatarla. Pedro la empuja y saca a la beba. ¡Sos una inútil! exclama. Ella piensa que él tiene razón. Si hubiera estado sola, la nena se habría ahogado. Inútil. Yo la visto dice ella mientras Pedro seca a la beba que sigue llorando. Mejor me ocupo yo indica él. Ella se va al cuarto y se tira en la cama, el corazón hecho una bomba. Inútil.

 

 Hoy es domingo y Rosaura no está. Me voy a hacer la cama así mamá no tiene tanto trabajo. Estiro la sábana de abajo y después la de arriba. Primero de un lado y después del otro porque los brazos no me alcanzan. Ahora pongo el camisón y arriba la almohada. Después estiro la colcha, es difícil porque tiene volados. Justo estoy terminando cuando entra mamá. ¿Qué estás haciendo?, me pregunta, esto parece un chiquero, sos una inútil, ni una cama saber tender, dice mientras aparta las cobijas que tanto me costó estirar. A mí me da vergüenza. Mucha vergüenza.

 

Le quiero dar una sorpresa a mamá. Le preparé un té que siempre veo a Rosaura como lo hace. Elegí una bandeja linda y un mantelito bordado. En un plato pongo una factura que papá compró, una con pastelera que son las que a ella más le gustan. Ahora camino por el pasillo con mucho cuidado. Golpeo la puerta del dormitorio y ella me dice: pasa. Feliz día de la madre, digo, y pongo la bandeja sobre la cama. Un poco de té se vuelca sobre las sábanas. Manos de manteca tenés, traé un repasador; no te quedes mirándome, ¡rápido! Salgo corriendo.

 

Cualquier cosa llamá dice Pedro, le da un beso y, ya saliendo del cuarto, agrega a mí o a tu madre. Porque la licencia llegó a su fin y lo requieren en el estudio a tiempo completo. A ella le gustaría poder irse. Tener una excusa para irse. Un motivo avalado por la sociedad para apartarse, aunque sea por unos instantes, de una beba de catorce días. Soy una malamadre, piensa. Tendría que hablar con alguien, contarle lo que me pasa, pero estoy sola. Si al menos tuviera una amiga. Las fui perdiendo a todas, piensa, desde chiquita, quizás hay algo que está mal en mí.

 

Estoy esperando a mamá. Se ve que se le hizo tarde. Ella siempre está haciendo cosas importantes. Hoy estuve todo el recreo charlando con Cecilia. Ella me vino a buscar, yo no lo podía creer, todas las chicas quieren ser amigas de Cecilia porque es la mejor, la más viva, la única que se anima a contestarle a la maestra. Me contó un chiste muy gracioso de Jaimito y aunque yo mucho no lo entendí nos reímos tanto las dos. Ahí está mamá. Mientras vamos caminando le cuento el chiste aunque no me sale tan bien como a Cecilia. Mamá se para, me suelta la mano y me mira. Me parece que tu compañera es un poco tonta, dice. No, mamá, le digo yo, es la más inteligente. No es un poco tonta, dice mamá, es muy tonta; ese chiste no tiene ninguna gracia; a ver, contame qué te causó gracia. Yo no sé qué me causó gracias porque no lo entendí pero era divertido estar con ella. Me quedo callada. ¿Ves?, me estás dando la razón, es un chiste tonto porque ella es tonta, dice me agarra la mano y seguimos caminando. A lo mejor mamá tiene razón si yo no entendí el chiste es porque el chiste es tonto. Yo creí que la tonta era yo. Qué raro que todas las chicas no se dieron cuenta de que Cecilia es tonta porque todas la buscan, Ana que es la mejor del grado también. A lo mejor las chicas no se dieron cuenta de que es tonta porque son chicas. Si mañana Cecilia se me acerca yo digo que tengo que ir al baño. Porque es una tonta.

9

 

El teléfono suena. Ella se apresura a atender antes de que la nena se despierte. Capaz que es Pedro desde el garage, tan poco confía en ella. La sorprende la voz de su hermano menor. Vine a conocer a mi sobrina dice. ¿Dónde estás? En Aeroparque, ¿puedo ir para allá? Ella mira a su alrededor, todo es un caos. La nena comenzó a moverse en el moisés. Claro dice mientras piensa que no va a poder. Corta y, desestimando los incipientes quejidos de la beba abre la ducha. Cuando minutos después sale, el llanto ya es franco. Me tengo que vestir, Ema explica te pido que tengas un poco de paciencia, va a venir tu tío a conocerte. Intenta calzarse un jean pero no lo logra, opta por un vestido holgado. Mientras tanto le sigue hablando a la nena que, mágicamente, troca sus alaridos en una lastimera queja. Ya va, ya va dice al tiempo que recoge la ropa desparramada. El timbre la obliga a suspender su tarea. Se apresura a abrir. Detrás de un enorme oso de peluche Benjamín le sonríe. ¡No puedo creer que ya seas mamá! exclama su hermano mientras la abraza. Ella repara en cuanto tiempo hace que nadie la abraza. Cuánto lo precisaba. La nena llora. No es manera de recibir a tu tío favorito dice Benjamín. Ella la alza, pero su hermano se la quita de las manos. No como Pedro ni su madre, me la quita por cariño, decide ella. La nena, desconcertada, interrumpe su llanto, pero luego arquea la boquita hacia abajo. Mirá lo que es ese puchero, me la morfo. El puchero se transforma en alarido. Su hermano se la tiende. Hacete cargo dice por suerte es hija tuya. Le toca comer informa ella al tiempo que se ubica en el sillón. Por favor, hija, no me hagas quedar mal, ruega por dentro. La beba la mira con intensidad y se prende del pezón. Succiona con energía. Lo veo y no lo creo, ¿te acordás como jugábamos con tus bebés Yoly-Bell? Claro que se acuerda, jugaban a escondidas porque su mamá se lo tenía prohibido a Benjamín. A escondidas también de los Juanes que se burlaban. Mariquita le cantaban. Si la madre los escuchaba los castigaba. Ningún Bullrich ha sido ni será mariquita. Nunca pudo aceptarlo. Se empeña en seguir negándolo. ¿Cómo estás? le pregunta su hermano con tanta ternura que las lágrimas se deslizan por sus mejillas. Nadie le pregunta cómo está. Pedro y su madre han decidido que está loca pero no le preguntan cómo se siente. Epa, hermanita, qué te anda pasando. No sirvo, Benja, para madre tampoco sirvo. Qué decis, mirá esa beba a la que estás amamantando, cómo que no servís. Ahora está así, pero no es así, llora, grita, aúlla y cuando grita, Pedro también grita, no a la nena, a mí, porque soy incapaz de calmarla, con él va mejor, se tranquiliza. El hermano le pasa el brazo por el hombro y se lo oprime. La nena llora tu angustia, tenés que calmarte vos; necesitás sentirte segura para que ella se sienta segura. Ella lo mira sorprendida. Tanto de lo que leyó en labios de su hermano sin hijos. Su hermano que nunca tendrá hijos, solo tuvo al bebé Yoly-Bell, Mariano se llamaba. Paz, te estoy hablando. Perdoname. ¿Querés que le pida a mamá que venga a ayudarte? ¡No!, cuando está ella es todavía peor. ¿Por qué? Siento que me aleja de la nena, me la saca, no quiere que le dé de mamar, le dio mamaderas de entrada, por eso me costó que se prendiera, no quería, a veces todavía no quiere, no me quiere. Benjamín le acaricia la mejilla. Cómo no te va a querer si sos la mamá. Ella se queda en silencio unos segundos. Luego, la vista en el piso, dice yo no sé si la quiero a mamá. Benjamín la mira con intensidad y luego confiesa yo tampoco.
10
 

Hoy es el primer día de clases. La maestra me agarra de la mano y me hace entrar al aula. La llamo a mi mamá pero ella me dice que ya soy grande que me tengo que quedar sola. Cuatro tengo. Los Juanes siempre me dicen que soy chiquita que no puedo entrar que no entiendo que no puedo mirar que me vaya. Otras nenas les piden a sus mamás y las mamás entran. Pero mamá dice que no con la cabeza y cuando ella dice que no… Muchas mamás están pegadas a la pared pero la mía se quedó en el pasillo. Hasta que me hace chau con la mano y se va. A mí me da miedo. Mucho miedo. A lo mejor no vuelve más. Una nena dice se hizo pis y yo miro para abajo y veo un charco. Entonces cierro los ojos y me tapo las orejas con las manos. Ahora no veo  no escucho no estoy. No soy.


Me vino a buscar Rosaura, pensé que iba a venir mamá. Por suerte la bombacha ya se me secó. ¿Cómo te fue?, me pregunta y yo le contestó: muy bien. La maestra la llama y le habla. Para mí que le contó. Rosaura viene me da la mano y vamos caminando como si nada. Otra cosa le habrá dicho. Cuando llegamos a casa me dice: qué te parece si nos vamos a bañar. Yo escucho el agua cayendo en la bañadera y empiezo a sacarme la ropa. Entonces entra mamá con la cartera colgada del codo como siempre. ¿Por qué te estás bañando a esta hora?, me pregunta. A mí se me para el corazón del susto y me quedo callada pero Rosaura dice: pisó un charco y se salpicó toda. Siempre tan torpe vos, dice mamá y por suerte sale. Rosaura me guiña un ojo y me ayuda a meterme en el agua. Está tibia. Me salvé, esta vez me salvé. Trato de guiñarle el ojo pero no me sale.

 

Benja está en el pasillo. Mamá sale del cuarto con las sábanas hechas un bollo entre los brazos. Siete años y te seguís piyando, así nunca te vas a poder casar. Yo no entiendo por qué le dice eso si los grandes nunca se hacen pis. A lo mejor Benja no sabe y por eso llora. Encima mamá lo sacude del hombro y le dice: para de llorar, los hombres no lloran. Benja trata pero no puede entonces mamá lo sacude más fuerte. Tus hermanos tienen razón, sos un mariquita.

 

Estamos todos alrededor de la mesa. Rosaura sirve el pescado. Primero a papá, después a mamá, los Juanes, Benja y por último a mí. No tengo hambre, digo porque a mí me da asco el pescado, entonces Rosaura me pone el filet más chiquito en mi plato. Ese es para los que repiten, Rosaura, por favor sirvale un filet como corresponde. Yo agarro el tenedor pero cuando me acerco el pescado a la boca el olor me da arcadas. No empecemos con el numerito, Paz, me dice mamá. No me gusta, digo. Estás confundida, Paz, siempre te gusto  el pescado, y agarra mi tenedor y me lo acerca a la boca. Yo cierro los ojos y trago. ¿Viste que te gusta?, decí me gusta el pescado. Todos dejan los cubiertos y me miran. Los Juanes se hacen gestos entre ellos. ¿Estás muda o estás sorda?, me pregunta mamá, entonces digo: me gusta el pescado. ¿Viste que te gusta? Mamá me encaja otro bocado. Trago como puedo. Decí de nuevo me gusta el pescado, me ordena. ¡Basta!, grita papá. Entonces repito: me gusta el pescado, me gusta el pescado. Papá arruga la servilleta y se levanta de la mesa. Vos siempre armando lío, dice mamá. Los Juanes ya no se sonríen y a Benja le caen las lágrimas. Agarro el tenedor y me como todo. A lo mejor mamá tiene razón y es cierto que ahora me gusta el pescado.

11

 

Entro corriendo al living porque tengo ganas de hacer pis. Benja se quedó afuera con los patines. ¿Qué hacés en remera?, me pregunta mamá que está en el sillón leyendo una de sus revistas. Tengo calor, digo. Hace frío, dice mamá, no ves que encendí el hogar. Miro el fuego y me da más calor. Yo tengo calor, repito. Hace frío, dice mamá. Me quedo callada. ¿Puedo ir al baño? pregunto. Cuando vuelvo mamá me ordena: vení para acá, y me pone un saco de lana. Me lo abotona hasta el cuello. ¿Viste que hacía frío?, repite. A mí me empiezan a chorrear gotas por la cara. ¿Puedo salir?, pido. No porque hace mucho frío. Benja me está esperando. No, te vas a resfriar. ¿Lo voy a buscar? Dejalo, cuando tenga frío va a venir. No entiendo, no entiendo nada. ¿Ya entraste en calor?, me pregunta mamá. Le contesto que sí porque es cierto el calor me entró. El calor me entró y con el saco no me sale. Tengo calor, digo. Así me gusta, dice mamá y me pellizca el cachete. 

 

Los Juanes y Benja se fueron a jugar al fútbol. A Benja no le gusta. Mamá le dice que es necesario. No sé por qué es necesario, él tampoco sabe, me dijo, pero va igual. Hace muchísimo calor. Me aburro sin Benja. Estoy en mi cuarto haciendo un rompecabezas en el piso. Mamá entra y me pregunta: ¿querés ir a tomar un helado? Me levanto como un rayo y le contesto que sí. Lavate las manos, me dice, ya sabés que no me gusta que juegues en el suelo y peinate que parecés una bruja. Yo muy contenta voy al baño, me lavo las manos y me paso el peine. No te peinaste, me dice cuando me ve. Sí, le digo porque es cierto. Mamá cabecea me lleva al baño del brazo y me hace dos colitas bien tirantes. Tan tirantes que me hacen doler la cabeza. Ahora sí, dice, ni peinarte sabés. Me da la mano y vamos caminando por la vereda de la sombra. Me gusta mucho ir con mamá, más porque estamos solas. Voy a pedir de chocolate y dulce de leche. Son mis preferidos, me gustan tanto. Se me hace agua a la boca. Todavía no sé si me conviene pedir el dulce de leche granizado, me parece que sí. ¿De qué querés?, me pregunta el señor porque ya llegamos. De chocolate y de dulce de leche, granizado el dulce de leche, contesto porque ya me decidí. ¿Estás segura?, pregunta mamá y yo creo que es por lo del granizado pero dice: hoy es un día de mucho calor, el limón es más refrescante. El señor con la cuchara en el aire me mira. De limón o de frutilla me parece mejor, dice mamá, el dulce de leche te va a empalagar y después vas a tener mucha sed. A lo mejor mamá tiene razón. Entonces de chocolate y limón, digo, para que me refresque. El señor me sigue mirando, ya apoyó la cuchara sobre la mesa. ¿Chocolate?, ¿estás segura?, total a la tarde te tomás un Tody. El señor me mira a los ojos y me pregunta: ¿vos, y dice fuerte vos, de qué querés, nena? Tiene cara de enojado. Entonces digo: de frutilla y limón. Buena elección, dice mamá mientras le paga a otro señor. El señor me da el vasito, porque mamá siempre dice que es mejor que el cucurucho que es más rico claro pero se chorrea más. Yo me siento y paso la lengua por el limón que me lo puso arriba. Me da escalofríos. Mamá tiene razón porque se ve que me sacó el calor porque ya no tengo tantas ganas de tomar helado. Pero me lo tengo que comer todo porque mamá gastó mucha plata. Pruebo la frutilla. Está mejor. ¿Viste que los frutales son ideales para el verano?, cuando eras chiquita eran tus preferidos. Me parece que no, que siempre preferí de dulce de leche y chocolate, pero a lo mejor no me acuerdo bien. Vas a ver que ahora siempre vas a pedir de frutilla y limón que son mucho más sanos, sigue diciendo, todo es cuestión de costumbre. Todavía me falta la mitad. Apurate dice mamá sos lenta hasta con los helados. Trato pero me dan arcadas. Por suerte ya se terminó el limón. El de frutilla es mejor. Casi como el chocolate. Casi, casi.

12

 

Es como un grano del que no cesa de drenar pus. Un recuerdo encadena a otro. Drenan pero no curan. Un antibiótico, piensa, qué absurdo preciso un antibiótico contra mi madre. En cuanto lo piensa brota la culpa además del pus. Mamá nunca me pegó, se dice, mamá nunca me gritó. Mamá me cuidó, siempre me cuidó mucho. Sin embargo, no logra aplacar el malestar que le sube de las vísceras, que la sacude. Insiste. Mamá siempre quiso lo mejor para mí. Lo que mamá creía que era mejor para mí, se rectifica. Lo que mamá creía mejor. Lo que mamá creía mejor para ella. Si le hicieran un juicio podría alegar que su mamá no le dejó comer helado de chocolate. Pero no, ni siquiera se lo prohibió. La aconsejó. Y cada vez que va a la heladería sigue pidiendo de frutilla y limón. Porque son más refrescantes. Sobre todo, en verano.

 

Pedro llega del trabajo de malhumor, saluda a su cuñado desde la puerta y se dirige al dormitorio. Enseguida Benjamín se incorpora y aduce que se tiene que ir. Ella se dispone a bajar a abrirle, pero justo Ema se larga a llorar. Pedro regresa e insiste en acompañarlo él. Muy inoportuna, Ema, le dice ella a la beba mientras la mece, yo quería estar con tu tío, aunque fuera un ratito más.  Pedro nunca lo quiso a Benja, piensa Paz. A los Juanes, sí, con ellos se entiende. Sobre todo con Juan Cruz, los dos trabajan en el estudio de su padre. Tal para cual, piensa. Pero no lo pienso bien, piensa. Siempre fue Juan Cruz el que más la molestó. Sos tan chiquita que te van a confundir con una hormiga y te van a pisar le decía. Tantas veces se sintió una hormiga. Se siente una hormiga. Las hormigas no tienen hijos, piensa, solo cuidan huevos, larvas. Sin embargo,  acá tiene ella a su hija, mamando sin demasiada convicción, pero taladrándola con la mirada. ¿Qué buscan esos ojitos?, ¿qué no logro darte? Pedro no regresa solo. Hola, hija la saluda su madre, como si nada, poniéndole la mano sobre la cabeza. Ella de pequeña adoraba que su madre le acariciara el cabello, casi el único gesto de cariño que le dedicaba. La beba aleja los labios del pezón. Su madre abandona el sillón de enfrente en que se ubicó y se acerca, los brazos extendidos. ¿Puedo? pregunta con una sonrisa. Paz se la tiende. Quizá soy muy dura con ella, piensa mientras escucha las palabras dulces que su madre le dirige a la nena. ¿A mí me habrá hablado así? Dicen que las mujeres suelen ser mejores abuelas que madres. Debiera poder confiar en ella, se recrimina. Se deja caer sobre el respaldo del sillón. ¿Se habrá encontrado con Benja?, piensa, se hablan poco y nada. Cierra los ojos. Está agotada.

 

Se despierta. Mira, instintivamente, el reloj. Las siete. Durmió más de una hora. Escucha voces desde el baño. Hacia allí se dirige. La puerta está abierta. Ema está dentro de su bañera, sostenida por su madre. Le sube desde el abdomen una profunda indignación. ¿Qué estás haciendo? pregunta con brusquedad. Dándole un baño contesta su madre con una sonrisa yo siempre los bañaba a las siete, lloviera o tronara; es fundamental generar hábitos. ¿Vos nos bañabas? pregunta ella, ausente la figura de su madre de sus recuerdos. La empleada de turno o yo es la respuesta lo importante es que la tarea esté hecha, no quien la haga. ¿Pedro? Le dije que se recostara un rato, ustedes están muy cansados, van a necesitar alguien que les dé una mano con Ema; tengo el teléfono de una niñera de suma confianza, la ayudó a Luján con las nenas. La sensación de una pesa depositada sobre su cabeza. No puedo con esto piensa, no puedo con mi madre y con mi hija. La beba protesta. Alcanzame la toalla ordena su madre. Ella piensa que debiera rescatar a su hija, alzarla. Pero no tiene fuerzas. Le tiende el toallón con capucha a su madre y sale del baño.

13

 

Paz Blaquier escucha y detecta que en este ámbito su propio apellido no existe. ¿Solo en este ámbito?, ¿ella existe? Vamos, Paz la urge Pedro, apretándole el brazo. Impaciencia en su voz. Ella se incorpora con la beba en brazos. Dámela exige su madre. Ella no quería que viniera pero Pedro insistió y ella sabe que es inútil oponerse a los dos. Entrega a la nena y entra al consultorio. Salcedo, luego de los saludos de rigor, le indica que vaya a cambiarse. Ella obedece. Mientras se pone la bata escucha que los hombres cuchichean. Ríen. Se acuesta en la camilla, en la salita adjunta. El doctor entra y Pedro tras él. Posición ginecológica. Es humillante, piensa, no quiero que me vea así, no hay motivo para que me vea así. No hay motivos pero él entró. Supervisa, decide ella. Salcedo la revisa. La cicatriz está perfecta y los genitales como si nada hubiera pasado, ventaja de la cesárea. Los hombres se retiran y ella se viste. Ya sentada frente al escritorio, el obstetra escribe en su ficha. Alta completa dictamina. ¿O sea? pregunta Pedro. Ya pueden reanudar la vida sexual contesta el hombre sonriendo. ¡Era hora! exclama Pedro. Paz siente que los ojos se le llenan de lágrimas. Se los restriega.  Cuando salen la madre pregunta. ¿Qué les dijo Salcedo? A ella le da fastidio ese “les”. Es ella la que parió. Fue una cesárea pero igual parí, se dice. Vía libre contesta Pedro. La madre le giña un ojo. Quisiera matarlos, piensa ella, quiero matarlos. Se apresura a recuperar a la nena. Dejala indica la madre está dormida. Ella la desestima e intenta agarrarla. Tu madre tiene razón dictamina Pedro salgamos. Paz percibe la mirada de la secretaria y se avergüenza. Entonces se dirige a la puerta, sale y avanza rápido por el pasillo hacia el ascensor. Ellos detrás. Los escucha charlar, reír. Vuelven a amenazar las lágrimas. Aprieta los puños, tanto que se clava las uñas. Le duele. Le duele pero así logra contener el llanto. Cómo explicarlo.

 

La madre insiste en bañar a Ema y ella está demasiado cansada para oponerse. Pedro, luego de que la nena se haya quedado dormida, invita a su suegra a cenar. No puedo, me esperan en la casa de Juan Mateo. Por suerte, piensa ella y se dirige al baño mientras Pedro baja a abrirle. Se da una larga ducha y se pone el piyama. Pasa por el cuarto de la nena. Duerme. Le roza la carita y sale, dejando la puerta abierta. Va hacia su dormitorio y se acuesta. El velador encendido. Dormita cuando escucha el ruido de la puerta del cuarto de la nena cerrándose. Pedro entra con solo una toalla alrededor de la cintura. La deja caer antes de meterse en la cama. La oprime desde atrás. Ella percibe su erección. Estoy fundida dice sin mirarlo. No te preocupes aclara él con la calentura que tengo no me va a llevar más de cinco minutos. Ella quisiera oponerse. Ella debiera oponerse. Es mi cuerpo, piensa. Pero Pedro ya la giró hacia él y, sin preámbulos, la penetra. A ella le duele todo. Me duele el alma, decide, pero lo deja hacer mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas. La nena comienza a llorar. Ella intenta incorporarse, pero él la traba con las rodillas e intensifica su ritmo. Los alaridos de la beba. Él acaba y la libera. Ella se pone el camisón y corre hacia el cuarto de su hija. La alza. La carita colorada de tanto llorar. La respiración acongojada. Ella se sienta y le ofrece el pecho. La nena se prende al instante.  Ahora es ella quien solloza. Logra dormir a la nena y va al baño. Precisa ducharse. Cuando regresa a la cama, él la abraza. Ya estamos juntos como antes dice. Pero ella sabe que nada volverá a ser como antes.

14

 Pedro está saliendo del dormitorio cuando, ya en la puerta, gira y dice hoy llegaré después de cena, ¿por qué no le pedís a tu madre que venga a ayudarte con el baño de la nena? Ya veré contesta ella andá tranquilo.

 

Entro al escritorio. Pedro se olvidó la computadora encendida. La voy a apagar cuando me doy cuenta de que quedó abierto el hotmail. El último mensaje es de una tal Rosana. Sin siquiera tomar la decisión, lo abro. Te espero a las tres en el hotel,  ya desvestida. Me siento. Lo releo. No hay espacio para dudas. De a poco acuden a mi mente escenas a las que no presté atención pero que, evidentemente se grabaron en mí. Salir al balcón con el teléfono, llegadas tarde. Incongruencias varias. ¿Qué debería sentir?, ¿angustia?, ¿rabia?  Desconcierto, parálisis. Me acuesto en el sillón y cierro los ojos. Me pongo las manos sobre el abdomen. Necesito pensar con claridad. Me sobreviene un cansancio infinito. Me envuelve, se me trepa, me sofoca. Me cuesta respirar. Así me quedo hasta que suena el timbre. Me incorporo y acudo a atender. Tras la puerta abierta, mamá. Verla me quiebra. Sollozo. Parada frente a ella sollozo. Como si el llanto se hubiera alimentado y crecido en la espera. ¿Qué te pasa, hija?, pregunta mientras me agarra del brazo. Me dejo conducir, llorando, hasta el sillón. Ambas nos sentamos. Entonces, como puedo, entre ahogos, le cuento. Trata de tranquilizarte, me dice mientras me pasa la mano por el cabello, le va a hacer mal al bebé; no hagas un mundo de nada; los hombres son así, es normal, les cuesta sobrellevar los embarazos, ¿viste?, vos te sentís mal desde el principio, quizá se sintió rechazado; no te preocupes, es solo sexo, él te adora; te sugiero que no le digas nada, cuanta más importancia le des más trascendencia tomará; ya se le va a pasar, si sabré yo con cinco hijos…; no te preocupes, yo hablaré con él. Yo intento oponerme. Confía en mí, dice apretándome el brazo, seré prudente, ya sabés que nosotros nos entendemos bien. Vaya si se entienden bien, pienso. Ellos se entienden, pero no me entienden. Nunca me entendieron. Tampoco los entiendo. ¿Me entiendo yo? Te voy a preparar un té, andá a lavarte la cara, me indica mamá, traje masitas. Obedezco. Camino al baño giro y le digo: gracias, mamá. Ya sabés que siempre estoy para aconsejarte. Recuerdo el cuadrito colgado en mi cuarto: Ascolta i consigli della mamma tua. Siempre los escuchó. Aunque no está muy segura de que fueran beneficiosos. Pedro…

 

Escucho la puerta. El corazón se me aloca. ¿Le diré algo? Descubro a Pedro detrás de un gran ramo de rosas. ¿Se me pasó una fecha?, le pregunto. No, quise recordarte cuánto te quiero. Me dejo abrazar.

 

Suena el timbre. Me acerco a abrir. Hola, dice mamá tendiéndome un paquete. Lo abro. Un enterito mínimo. Quizá puedas usarlo para sacarlo del sanatorio, comenta. Me tiende ahora, otro. Prepara un café, traje masitas de Steinhauser, informa mientras se dirige a la cocina. ¿Y estas rosas?, pregunta al ver el ramo en el florero. Pedro, respondo, hago una pausa y pregunto: ¿hablaste con él? Quedate tranquila, me confirmó que no era nada,  le hice prometer que nunca más, y si me lo prometió a mí… Soy nada, pienso, no existo, mi hijo se avergonzará de mí. ¿Te gusta el color?, pregunta mamá, para mí que va a ser varón.

15

 

¿Cuánto hace que no recordaba este episodio? ¿Episodio? Notable como su madre logró ¿tranquilizarla? Tanto que lo borró. Mamá me cuida. ¿Pedro le habrá sido realmente infiel? Quizá lo imaginó. Duda de sus recuerdos. Se pone la robe y se dirige a la cocina. El sol baña la mesada. Un día precioso. Tal vez se anime a sacar a la nena a pasear. Nunca salieron solas. No me dejaron, evalúa. Está de mejor ánimo. Se prepara un buen desayuno: té, jugo, tostadas, manteca y mermelada. Tengo que alimentarme bien, se dice, estoy amamantando, y al decirlo se siente orgullosa. Costó, pero lo logró. Nadie creía en mí, piensa, sin embargo, luego piensa que Benjamín sí. Benja. Lo va a llamar. No se había permitido sentir cuánto lo extraña. Es una parte de sí misma. Quizás hoy puedan verse temprano. Tranquilos porque Pedro no hará irrupción. Esa es la palabra que acude a su mente. Pedro siempre irrumpe. Pedro y su mamá siempre irrumpen. La irrumpen. Me irrumpen y me rompen, juega con las palabras. La rompen y la hacen dudar de sí misma. Benja no. Benja fue el único que siempre creyó en ella, que no la consideró una inútil, que la alentó.

 

La profesora de Didáctica me ofreció ser ayudante de sala de dos en su jardín de infantes. Me quedé helada, no sé por qué pensó en mí, somos quince en el grupo. A lo mejor ya les ofreció a las otras y no aceptaron. Estoy contenta. Me molesta pedirle dinero a papá, ya estoy grande. El año que viene nos vamos a casar, no quiero, entonces, tener que pedirle plata a Pedro. Golpeo la puerta de Benja. Pasá, me dice. ¡Conseguí trabajo!, le cuento. Me abraza. ¡Esa es mi hermana!, dice, vas a ser una maestra excelente. Me pregunta lugar y horarios, parece más entusiasmado que yo. Tenés que ser independiente económicamente, sonríe y me pregunta: ¿querés escuchar mis noticias? ¡Por supuesto! Le pedí a papá que me saliera de garante para alquilar un departamento y no quiso, pretexta que prefiere que me enfoque en los estudios pero yo sé que lo único que quiere es controlarme, bah, mamá es la que le llena la cabeza; hoy me animé y le pregunté a mi jefe; quedó muy sorprendido pero ¡me dijo que sí!, ¡me dará la garantía!; me comentó que está muy contento con mi trabajo en el estudio, que soy un excelente diseñador y que cuando se me termine la beca, le gustaría sumarme a su plantel, si me recibo antes, obvio; es un departamento de un ambiente pero muy luminoso, lindo, en cuanto me den la llave te llevo a conocerlo, quiero que seas la primera; no aguanto más vivir aquí, hace una pausa me mira a los ojos y dice: te lo repito, Paz, sin independencia económica no existe la independencia, no te olvides, es fundamental que tengas tu propia plata porque Pedro… ¿Pedro qué? Nada, me parece que es chapado a la antigua, para que le guste tanto a mamá…; no quiero que cambies de dueño, hermanita. No te entiendo. Dejalo ahí me dice, me da un beso y exclama ¡felicitaciones laburante! 

 

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Alcanzame la toalla pide. Benjamín le tiende la toalla con capuchón de pato. Yo quiero una así dice. Será tu regalo de cumpleaños bromea ella. La nena gorjea. Está contenta, piensa ella, porque yo estoy contenta. El timbre suena. Qué raro dice ella. Deja a la beba con su hermano y se apresura a atender. Por la mirilla descubre a su madre. El corazón le da un vuelco. Abre. Se me hizo tarde se excusa la madre mientras la besa una locura el tránsito; traje empanadas informa al tiempo que le tiende un paquete. ¿Tarde para qué? pregunta ella, irritada. Irritación que crece cuando la madre exclama ¡para bañar a la nena!, me avisó Pedro que estarías sola. Ya la bañé. ¿Pudiste? Ella siente que pierde consistencia, deviene en una ameba. Desde el baño se escuchan voces. ¿Quién está? pregunta su madre. Ella baja la vista al contestar Benja. La expresión de la madre se endurece. ¿Qué hace Benjamín aquí? Vino a visitar a su sobrina. La mujer hace un gesto extraño. Benjamín aparece con la nena alzada. Buenas noches, mamá. Buenas noches, no sabía que estabas en Buenos Aires. Llegué hace un par de días, me voy el domingo. ¿Tan pronto? pregunta ella.  Sí, el martes es el cumpleaños de Fabián. Cierto, como el de Luján acota ella. La madre los observa en silencio. Te diría que vinieras el sábado a cenar, pero creo que tu padre tiene reunión en el Rotary. No te preocupes, para fin de mes vendré con Fabián. Se verá dice la mujer y luego agrega ya que estás acompañada mejor me voy, a papá no le gusta cenar solo. Se acerca, besa a los tres y dice les dejo la comida resuelta al tiempo que deposita la bolsa que aún sostenía, sobre la mesa. Ella piensa que debería insistirle para que se quedara, pero el aire se corta con cuchillo, entonces solo dice gracias, mamá. En cuanto la puerta se cierra Benjamín comenta mamá no cambiará jamás, no sé cómo la aguantás. Mamá es así intenta ella justificarla me ayuda mucho con la nena. ¿Te ayuda o te avasalla?, a mí no me engañás, conozco bien el paño. Ella se queda reflexionando. Yo ya tampoco la aguanto confiesa. ¡En buena hora! exclama Benja sonriendo y luego pregunta ¿qué hago con este paquetito?, se durmió. La acuesto y cenamos dice ella alzando a la beba. Él observa la bolsa. Son de El Noble Repulgue informa mientras la agarra todavía están tibias; algo bueno hizo mamá, aunque ni siquiera las hizo ella, siempre elige lo mejor. ¡Benja, no seas malo! exclama ella riendo. Mientras toman el café, las empanadas terminadas, Benjamín le pregunta Paz, ¿vos sos feliz? Ella se queda desconcertada. Es una pregunta demasiado grande contesta para ganar tiempo. De acuerdo, reformulemos, ¿estás satisfecha con tu vida? Ella se toma unos segundos antes de decir si soy sincera conmigo misma debiera contestarte que no. ¿Qué es lo que está mal? ¡Yo! se escapa de su boca antes siquiera de pensarlo. Él la mira con intensidad. ¡Yo que no sirvo para nada! Han hecho un excelente trabajo. ¿Quiénes?, no te entiendo. Mamá y Pedro; convencerte de tu inutilidad es el mejor recurso para manejarte; mamá te tocó en el reparto pero a Pedro lo elegiste vos. ¡Lo eligió mamá! le sale de las vísceras. Benjamín se agarra la cabeza. Cuándo vas a reaccionar, hermanita; cuándo vas a tomar el timón de tu propia vida. Paz llena nuevamente las tazas. ¿Lo querés? Ella se queda pensando. ¿Lo quiere?, ¿está enamorada?, ¿lo estuvo alguna vez? Se escucha el ruido de la puerta abriéndose. Ella se incorpora como un resorte. Benjamín permanece sentado. Buenas noches dice Pedro. Benjamín vino a ayudarme se disculpa ella mientras le da un beso en la mejilla. Sí, tu madre me avisó comenta él mientras le tiende la mano a su cuñado. Benjamín se incorpora. Ya me voy informa. Te acompaño dice ella. No hace falta, ya le pedí al portero que le abra.  Caminan juntos hacia la puerta. Gracias por venir dice ella. Nos hablamos él. Intercambian un beso. Él sube al ascensor. Ella cierra la puerta. Pedro, muy serio, la mira. No me gusta que la nena esté con tu hermano dictamina. ¿Por qué? Es muy chiquita, se puede contagiar algo. Una ira repentina le sube a Paz desde el abdomen. ¿Qué le puede contagiar mi hermano?, ¿SIDA porque es gay? Se escucha y no se reconoce. Se escucha y se asusta porque la  mirada de Pedro se torna…, busca la palabra…, oscura. Te hace mal estar con él, te ponés agresiva; me contó tu madre que a ella la atacó y que vos no la defendiste. ¿Qué decís?, la que siempre lo trata mal a Benja es ella; es ella la que no lo acepta. Pedro se encoge de hombros. Mejor lo dejamos aquí dice de mala manera y sale.
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Deja a la nena dormida. Se da una ducha y se acuesta sigilosamente, sin siquiera encender la luz. Se ubica en el borde de la cama. Sin embargo, Pedro la detecta y gira hacia ella. Se le apoya. Ella intenta apartarse, pero él insiste. Hoy no dice ella. No te hagas la difícil que después te gusta. Hoy no repite, firme. ¿Qué corno te pasa? pregunta él, elevando la voz. No tengo ganas murmura ella. No te escucho. ¡No tengo ganas! exclama. ¿Ves?, yo tengo razón, tu hermano te llena la cabeza de pajaritos dice él, los dientes apretados. Agarra las cobijas y se levanta. Me voy a dormir al sillón informa. Ella sabe que debiera detenerlo, abrazarlo, pedirle perdón y darle el gusto. Sabe que le costará caro dejarlo ir. Sin embargo, el corazón hecho una bomba, extiende brazos y piernas sobre el colchón vacío. Benja estaría orgulloso de mí, piensa.

 

Escucho un ruido. ¿Son sollozos? Me asomo al pasillo. Vienen del cuarto de Benja. Me acerco. Pongo la oreja en la puerta. Sí, son sollozos. Golpeo. El llanto se interrumpe. Soy Paz, digo. Pasá. Benja está tirado sobre la cama, boca abajo. Me siento a su lado. ¿Qué te pasa, Benja?, le pregunto y apoyo la mano sobre la cabeza de mi hermano. Mi único hermano, pienso, los Juanes son otra cosa. Cuando logra tranquilizarse Benja me cuenta que mamá encontró un cuaderno donde él escribe lo que piensa. Un diario, digo. Ponele, porque a los varones no nos regalan diarios con llavecita y yo soy tan boludo que escribí que me gustaba Guillermo y que me parecía que yo también le gustaba a él; pero que no me animaba a decírselo aunque a él tampoco le conocíamos novias; escribí también que necesitaba hablarlo con alguien pero que me daba mucha vergüenza, que estaba pensando en contártelo a vos; todo eso había escrito; ni bien volví de la escuela mamá entro en mi cuarto sin golpear siquiera, enarbolando el cuaderno, hecha una furia, ya la conocés cuando se pone así; entró y cerró la puerta; delante de mí fue arrancando las hojas y rompiéndolas mientras decía “esto que creés que pensás no es así, estás confundido, te curarás cuando tengas tu primera novia”, no paraba de hablar, la conocés, me dijo que si lo que siento fuera cierto, que no lo es, porque si no ella que es mi madre lo sabría, si fuera cierto estaría mal, muy mal, y yo sería un monstruo, así dijo, y que en esta familia no hay monstruos; “eso no es cierto, ¿te queda claro?”, me insistía, y me ordenó que no se me pasara por la cabeza hablar con vos de “lo que no es verdad”; me contó que había estado pensando que mi escuela no es suficiente para mí, que soy demasiado inteligente para lo que me enseñan y que ya estuvo averiguando y que después de las vacaciones de invierno me cambiará de escuela y, como ya solo falta una semana, no tiene sentido que siga yendo porque, además, tengo que empezar a prepararme para un examen general que me tomarán; le pedí, le rogué que no me cambiara de colegio; “Inútil, Benjamín, ya pagué la matrícula”, me dijo y salió; después escuché que hablaba por teléfono y luego la puerta de calle; estoy perdido, Paz, perdido. Yo le acaricio el cabello. No sé cómo ayudarlo y pienso que ojalá que mamá tenga razón y se le pase, porque si no se le pasa va a sufrir mucho. No está bien lo que le está haciendo mamá a Benja, pero lo hace porque lo ama. Benja es bueno, tan bueno. Mamá dice que no está bien lo que Benja siente, pero, ¿a quién le hace mal?, ¿a mamá?, ¿al honor de la familia? A lo mejor cambiás, le digo para consolarlo, pero Benja me contesta: yo no quiero cambiar, Paz, soy así, y de nuevo está llorando. Yo lo sigo acariciando y le digo que todo estará bien. Pero él y yo sabemos que no es cierto. Porque si mamá dice que está mal no habrá salida para mi hermano adorado. Pobrecito mi Benja. 

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No logra dormirse. Estoy desperdiciando el sueño de Ema, piensa y oprime los párpados. Inútil. La pregunta de su hermano la ronda. ¿Lo quiero a Pedro?, ¿me gusta cómo piensa, cómo es? No, decididamente no le gusta. ¿Pedro cambió o ella no supo mirarlo? Quizá no quise. ¿Qué remedio tiene ahora? Soy una mosca en una telaraña, piensa. Depende para todo de él. No le pide dinero directamente porque para casi todo utiliza la tarjeta, pero Pedro controla cada uno de sus gastos. Lleva prolijas planillas de Excel donde anota los gastos por rubro. Más de una vez le preguntó ¿esto de qué es? Y a ella le da tanta vergüenza rendir cuenta de un libro, de un corpiño, ni hablar de un café tomado a solas en alguna confitería. Nunca pude ganar un peso, evalúa. Ahora encima con una beba. Atada de pies y manos.

 

¿Se puede?, pregunto. Mamá está recostada, leyendo una revista. Levanta la vista. ¿Precisás algo?, pregunta. Quería contarte que conseguí trabajo. Ladea la cabeza, dejá la revista sobre la cama y se saca los lentes. ¿Cómo es eso? Le cuento la propuesta. Mirá vos, dice y me doy cuenta de que empezamos mal. ¿Con qué necesidad vas a empezar a trabajar justo ahora?, a fin de año te recibís… Por eso mismo, mamá. Lo único que falta es que por dedicarte al trabajo no tengas tiempo para estudiar y te vaya mal en los exámenes; sería un pecado que bajaras tu excelente promedio; además tenés que graduarte sin falta a fin de año, sí o sí; después empezarás con los preparativos para el casamiento, no te imaginás el tiempo y la energía que consumen, ya lo viví tres veces con las bodas de tus hermanos; después del casamiento lo evaluarás con Pedro, bah, también deberías evaluarlo ahora, las cosas importantes se deciden en pareja; esa es mi opinión, pero vos ya sos una adulta y sabrás qué hacer. Se calza y se levanta. Le voy a decir a Rosaura que prepare la cena, tu padre debe de estar por llegar, informa y sale. Me quedo parada junto a la cama. Desconcertada. Aplastada en realidad.

 

Encuentro a Pedro a la salida del Instituto. ¡Qué sorpresa!, digo. Él toma los libros que llevo, me agarra del hombro y caminamos, yo del lado de la vereda, por supuesto. ¿Vamos a merendar?, propone. Ya sentados frente a los tostados y el jugo de naranja, me cuesta decidirme a hablar. Quiero contarte algo, digo, por fin. La voz me tiembla, estoy nerviosa. Mi profesora me ofreció un puesto en su escuela, informo. Se queda callado. ¿No te alegra?, pregunto. Sí, claro, es muy bueno que te hayan elegido, aunque no sé si será el mejor momento. A ella el alma se le va al suelo. Pronto nos casaremos, lo que puedan pagarte no incidirá en nuestros ingresos, ya sabés que desde que tu padre me dio participación en el estudio estoy ganando muy bien; además, en ese barrio, vaya a saber cuál es el elemento. El corazón se me detiene. ¿Cómo sabés el barrio si yo todavía no te lo conté?, le pregunto. Él baja la mirada. Hablaste con mi madre, ¿no?, ¿con qué derecho te llamo? Ella quiere lo mejor para vos, dice él. Yo me acuerdo de Benja. Mamá no puede con él. Lo envidio.

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Mira el reloj: las ocho. Se levanta como un resorte y corre al cuarto de la nena. Duerme. ¡Durmió toda la noche! Increíble. La observa. Las mejillas sonrosadas, ya redonditas. Yo la alimento murmura puedo. Va hasta el living. Pedro ya se fue. Ni me saludó, piensa, preocupada. Se dirige a la cocina. Tiene hambre, qué raro, no suele tener apetito. Abre la heladera y descubre las empanadas que sobraron de ayer. ¿Por qué no? A su madre le agarraría un ataque de solo imaginar un desayuno tan poco apropiado. Sonríe sola. Coloca una en el hornito eléctrico y se prepara un café. No lo aconsejan cuando se amamanta, pero estoy está dispuesta a darse todos los gustos. Me lo merezco, piensa. Está por la mitad de la taza cuando se despierta la beba. Va a buscarla. Se sienta junto a la mesa y le ofrece el pecho mientras ella come la empanada. Hoy desayunamos juntas, Emita dice. Suena el celular. Pedro. ¿Cómo está la nena? Lo más bien, durmió toda la noche cuenta, orgullosa. Calculo que regresaré seis y media, siete; esperame para bañarla; les mando un beso a las dos. No se enojó, piensa ella, lo rechacé y no se enojó. Está muy sorprendida. Gratamente sorprendida. La nena suelta el pezón. Ella le sonríe. Su hija, por primera vez, le devuelve la sonrisa. Ella siente que los huesos se le ablandan.

 

Está de buen humor, la sonrisa de su hija la devolvió a la vida. ¿Qué puedo hacer?, piensa, ,¿saco a pasear a la nena?, ¿la llevo al parque?, ¿y si me siento a tomar un café?, ¿y si se pone a llorar en la confitería?, mejor el parque, pero hay un poco de viento. Le cuesta tanto decidirse. Quizá porque sus decisiones fueron siempre invalidadas.

 

Hoy en la escuela me hicieron un test vocacional. Igual ya lo sé, yo quiero ser médica. Desde chiquita quiero ser médica. Biología es mi materia favorita. Me encanta ir al laboratorio y hacer experimentos, entender cómo respiramos, ver cómo es un corazón por dentro. Mi serie favorita es Doctor House. Todo esto le conté a la mujer que me hizo la prueba. Estoy ansiosa porque me den el resultado. Fabiana también quiere ser médica. Ella quiere estudiar en la Universidad del Salvador pero yo quiero ir a la UBA. Mariano también va a ir a la UBA, pero él a Ingienería. Es una flecha en matemáticas. Fabiana quiere ser pediatra pero yo no, mucho no me interesan los chicos, a mí me gusta la cabeza, quiero ser neuróloga o psiquiatra tal vez, todavía no lo sé, a lo mejor el test me ayuda a elegir la especialidad, aunque todavía faltan años para eso. La mujer me preguntó muchísimas cosas y tuve que hacer dibujos. Un amor la mujer. Se ve que sabe hablar con los adolescentes. Nos entiende. Ella sí.

 

Golpeo la puerta del cuarto de mamá. Pasa, dice. Me dieron el resultado del test, le cuento. Ah, ¿sí?, yo no estaba de acuerdo con que lo hicieras, pero la escuela insistió, comenta, pero no me pregunta nada. Me dijeron que sí, que sirvo para Medicina, que yo tenía razón; parece que también hablaron con los profesores y que todos piensan que soy justo para esa carrera. Mirá vos, dice mamá levantando las cejas y enseguida me doy cuenta de que empezamos mal. Medicina, ¿será la carrera más adecuada para vos?, ¿será la carrera más adecuada para una mujer?; parece difícil que puedas compatibilizar ser esposa y ser madre, pero ser una buena madre, claro; tanto tiempo fuera de casa, llamadas a cualquier hora, traer bacterias al hogar; además, te pusiste a pensar vos que sos tan sensible, tener que ver morir a tus pacientes, qué cuando les tengas que  avisar a los familiares que no hay cura o, peor aún, que su familiar ha muerto como consecuencia de un error tuyo, por algo que no hiciste, que no contemplaste y aunque no se los confiese vos lo sabés; después vos que, insisto, sos tan sensible tendrás que vivir con esa culpa; vuelvo a decirte, Paz querida, no es una carrera para una muchacha como vos; deberías contemplar otras profesiones, el magisterio por ejemplo; ser maestra sí que es compatible con una vida ordenada; y, aunque no trabajaras luego, porque probablemente tu marido podrá mantenerte, todo lo que aprendas podrá ayudarte para criar a tus propios hijos; es una carrera corta, además; medicina insume como diez años: mirá a tu primo Alfredo, se recibió casi de treinta y aún sigue estudiando. Hace una pausa me mira y dice: prométeme que lo vas a pensar, hija, me oprime el brazo y sale. Me quedo confundida. Muchas cosas que no pensé. No pensé tampoco si quiero tener hijos, casarme. Tengo es ganas de llorar. ¡Está la cena!, avisa mamá. Voy al baño a lavarme la cara. A mamá no le gusta que la hagamos esperar. ¡Se enfría!, grita. Bajo la escalera corriendo.

 

Papá y los Juanes están sentados alrededor de la mesa, los viernessiempre  vienen a cenar. ¿Y Benja? pregunto. Otra vez no avisó, contesta mamá retirando un plato. Y luego me mira y me dice te hice tortilla de papas, con cebolla como a vos te gusta. Agarro el plato que me tiende. Gracias, mamá, digo y me vuelven las lágrimas a los ojos. Trato de controlarlas. Recorro con la mirada la mesa. Mis padres, mis hermanos. Esto es una familia, piensa. Las lágrimas se deslizan. Me seco con la servilleta. Por suerte nadie se dio cuenta. 

20 

 

Hoy fui a almorzar con Juan Cruz informa Pedro mientras ella lava los platos el jueves nos espera a cenar, quieren conocer a la nena. Ella piensa que Ema tiene casi un mes y que ninguno de los Juanes se dignó venir a visitarla. Ramos de flores sí que mandaron. Y bombones en cajas con moños. Como corresponde. Solo su cuñada Graciana apareció por el sanatorio cuando Ema aún estaba en la incubadora. ¿Los invitan a cenar con una beba recién nacida? Chau baño, chau rutina. Esa rutina que está empezando a dar resultado, Ema duerme un poco mejor. Mañana nos esperan dijo Pedro, pero ni siquiera preguntó ¿qué te parece?, ¿tenés ganas? Nosotros solos, me imagino comenta ella, ya se sabe que no son buenas para una beba las multitudes, como dice Pedro, se puede contagiar algo. No, van todos. ¿Todos quieren conocer a la nena? pregunta ella y se plantea que es absurdo que su marido sea el interlocutor de su propio hermano. También contesta él pero se festeja el cumpleaños de Luján, treinta. Claro, se dice ella, absurdo pensar que se reunieran para celebrar a mi hija, bastante con que me incluyan con lo molesto que suele ser un bebé. Al único que tiene ganas de ver es a su padre, pero desde que tuvo el ACV, por suerte casi sin secuelas, anda de capa caída. Pedro le cuenta que va poco al estudio, depende para todo de la madre y ella, que viene más días de los que tiene la semana, nunca lo trae. Papá fue el mejor conmigo, determina, salvo, Benja, claro; el mejor pero no supo defenderme, se sincera. Recién ahora puede darse cuenta de eso. Papá la dejo hacer a mamá, concluye, nunca tuvo carácter para oponerse. Como yo, decide.

 

Papá, ¿me podés llevar a lo de Leticia?, vamos a ir al cine a ver Titanic; la mamá me dijo que de regreso ella me alcanza a casa. ¿A qué hora? Tengo que estar a las tres a más tardar. De acuerdo. Gracias, papá, le digo y voy a mi cuarto. Me pongo el jean nuevo que me regaló mamá. Me queda un poco grande, pero mamá dice que la ropa ajustada es de gente ordinaria. Todas mis amigas llevan la ropa bien al cuerpo y yo soy delgada, me quedarían bien pero si a mamá no le gusta… Me pongo el jean y el suéter Bremen que me trajeron del viaje. Me estoy peinando cuando entra mamá. ¿Adónde vas?, pregunta con un tono que me asegura que ya conoce la respuesta. A lo de Leticia; papá me lleva. Imposible, dictamina ella, me tiene que alcanzar al Automóvil Club, hoy tengo torneo de Canasta. Yo salgo corriendo y lo busco a papá. está sentado en el sillón del living escuchando una ópera, Cuando me ve, baja el volumen. Papá, me prometiste que me llevabas a lo de Leticia, ya me comprometí. Él, sin mirarme, dice: sí, pero tu madre me pidió que la alcance a ella. Pero yo te pedí primero, protesto. Sí, pero ya sabés como es tu mamá. Pone la mano el bolsillo, me tiende unos billetes y me dice: toma, para un taxi. Justo entra mamá. De ninguna manera va a viajar sola en taxi, qué cabeza tenés, Esteban. Pienso que en colectivo ya no llego. No lo puedo creer, Leticia se va a poner furiosa. Además, necesito que te quedes, Paz, en un rato me van a traer una documentación importante. Papá se queda callado. A mí me corren las lágrimas. ¡Tanto drama por tan poco!, dice mamá, vamos, Esteban, pone el auto en marcha que con tanta telenovela se me va a hacer tarde. Papá se levanta y sale. Desde la puerta me dice: chau, hija. Pagliacci sigue sonando. A mí también me encanta esta aria.

 

Se queda reflexionando. Papá no me supo defender de mamá, ¿seré yo capaz de defender a Ema de Pedro y de mi madre? Siente que se marea. Descubre que su fortaleza tendrá que aflorar, ya no por ella, yo ya estoy perdida, evalúa, sino por su hijita. No dejaré que te aplasten, se promete, no seremos dos moscas en la tela, vos no.

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Ema dio pésima noche. Es que yo estoy mal, piensa Paz mientras la amamanta, pero ahora no estoy mal con la nena, estoy mal conmigo y ella se da cuenta. Todavía no decidió si irá a lo de su hermano. Mi único hermano es Benja, decide, los Juanes solo son los hijos de mamá y papá. No tengo ganas de ir, piensa, ¿debiera tener ganas de ir?, ¿debiera ir?, ¿debo ir? Debe pero no quiere, Debe. Toda una vida comprometida con el deber. Comer con la boca cerrada. No decir malas palabras. Agarrar bien los cubiertos. No pasar el pan por el plato. No inclinarlo cuando toma la sopa. Decir gracias y por favor. Perdón, sobre todo. Comer lo que le sirvan, aunque no le guste. Hacer las tareas en tiempo y forma. Sacar buenas notas, de ocho para arriba en todas las materias, sin excepción. No contar nada de lo que sucede puertas adentro. Ir a misa. Confesar y comulgar. Restringir sus amistades. Acatar todas las indicaciones de los mayores. ¿Debe considerar mayores, ahora, a su marido y a su madre? Tiene que decidir si irá a lo de Juan Cruz. Nordelta para colmo. Y decidir, es para ella el más difícil de los verbos. Ama a su hijita, pero no está muy segura de haber decidido tenerla. Pedro consideró que ya era hora de encargar un hijo y ella no encontró argumentos para oponerse. Ni motivos económicos, ni una carrera por delante. Era el paso que seguía a todos los que había ido dando. Se sentía vacía, además. Sin ningún proyecto personal. Sin amigas. Benjamín lejos. ¿Tuve a mi hija porque estaba aburrida?, se plantea. ¿Deseó casarse con Pedro? ¿Lo deseó a Pedro? ¿Lo eligió a Pedro? ¿Ella lo eligió?

 

Para mi cumple me regalaron un diario. Hoy voy a empezar a usarlo. Querido diario, escribo, todavía no sé si le voy a poner un nombre. Los diarios no son personas, pero uno puede hablarles como si fueran personas. Más todavía porque a las personas no se le pueden contar todas las cosas. Yo no le cuento nada a nadie, en realidad, solo un poco a Benja. Querido diario, pongo, el sábado cumplí trece años, y paro. Le tendría que contar que me gusta Nicolás. Pero no sé si me animo. Después me acuerdo que el diario tiene una llavecita entonces escribo: en el recreo largo Marcelo, que es el mejor amigo de Nico, me preguntó si me gustaba. Yo le contesté que él no tenía que preguntarme nada entonces Marcelo se sonrió raro y dijo: si no dijiste que no es que sí y se fue. Yo me quedo con el corazón a los golpes y toda colorada. Por suerte sonó el timbre.

 

Querido diario: Hoy mi mamá me preguntó si quería acompañarla a la casa de su amiga Susana. Yo le contesté que tenía mucha tarea que, además de que no tenía ganas, es cierto. Entonces cambió el tono y me dijo: vestite linda, salimos en diez minutos. A mí me da rabia que me pregunté cuando ella ya lo tenía decidido, pero igual me puse la pollera que me compró ayer, sin que yo me la probara siquiera, total ella me sabe el cuerpo de memoria. Fuimos en el auto y me dejó sentarme adelante. Mientras manejaba me contó que Susana tiene un hijo. Le pregunté por qué nunca lo habíamos visto y me dijo que porque es cadete, en la semana está en el Colegio Militar. Hoy tiene franco porque es su cumpleaños. Dieciocho cumple. Me acordé del hermano de Sofía, es cadete, lo vi en varias fiestas. Tiene el pelo muy cortito y cuando me vio me dio la mano. Qué ridículo. La cosa es que cuando llegamos nos sentamos los cuatro a tomar el té. Las que más charlaron fueron ellas, por supuesto. Cuando nos despedimos el chico me dio la mano y me preguntó si me podía llamar. Por supuesto, contestó mamá, pedile a tu madre el número. En el auto de vuelta mamá me preguntó si me había gustado. Le dije que casi no había hablado con él y que, además, es muy grande para mí. Me imagino que no te estará gustando un mocoso de trece, dijo, las mujeres maduran mucho antes que los varones; además no se te ocurra enamorarte de un compañero, eso altera los estudios y siempre termina mal. Me quedé pensando en si mi mamá tiene poderes. Si no cómo se dio cuenta de que me gusta Nico. ¿Se me notará en la cara? Porque vos tenés llavecita, diario, imposible que te haya leído. Es imposible, creo.

 

Querido diario: Hoy me llamó Luis María, que así se llama el cadete. Me invitó a la fiesta de fin de año. No supe qué decirle. Todavía no le conté a mamá. Sí a las chicas que se volvieron como locas. El sueño de todas. ¡La fiesta del Colegio Militar y con un cadete del último año! No sé qué voy a hacer. No me gustan los militares. No tengo ganas. Hoy estaba en el patio repasando la lección de historia con Leticia y se acercaron Nicolás y Marcelo. ¿Van al asalto de Mercedes?, preguntó Marcelo. Yo sí, contestó Leticia.  Yo también, dije, aunque todavía no me animé a pedirle permiso a mamá. A ella no le gusta Leticia. En realidad, no le gusta ninguna de mis compañeras. Ni hablar de los varones.

 

Querido diario: Me contó mamá que Susana le comentó que su hijo me había invitado a la fiesta. ¡Qué honor!, dijo, ya pedí turno con la modista, tendrás que hacerte un vestido largo. No pude decirle que no. Dicen que son fiestas espectaculares. Yo prefiero los asaltos.

 

Diario mío: hoy Nicolás me mandó una cartita preguntándome si quiero ser su novia. Me gusta mucho, pero a lo mejor mamá tiene razón y es muy chico. ¿Vos qué me aconsejás? Le escribí que lo tenía que pensar y que le contestaba en el asalto. Tan lindos ojos tiene y ese pelo… Mamá no sabe que me gusta, pero el otro día comentó que es un melenudo, que si fuera su hijo le pasaba la cero. Es cierto, todos los Juanes usan el pelo bien corto. Benja, no.

 

Querido diario: Estoy desolada. Mamá no me deja ir al asalto, dice que no le gusta el “elemento”. A veces pienso que te lee. Pero eso es imposible, yo siempre me llevo la llavecita. No sé qué le voy a inventar a Mercedes. Y con Nico… eso menos sé.

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Ya encontré un muchacho para vos, dice mamá. Quisiera poder decirle que no necesito que me lo busque, que ya tengo diecisiete años, que yo puedo sola y que, además, ya lo encontré. Pero no digo nada y ella sigue hablando. El otro día fui a lo de Elisa y estaba el sobrino; un partidazo, quinto año de derecho, ya trabaja en el buffet del tío, auto propio y un departamento que le dejó de herencia la madre, murió hace años, zafarás de tener suegra; muy buen mozo además; hace poco que terminó con la novia, una arribista según Elisa, los padres son piojos resucitados; y sí, quién no trataría de conseguirlo, partidazo, ya te dije; los invité a cenar el sábado. El sábado es el cumpleaños de Marisa, le recuerdo, te dije que hacía una fiesta. Pues avisale que no irás, Le dije a Pedro, así se llama, que tenía una chica para presentarle, así que a ponete linda, que le anticipé que eras una joya. No quiero, mamá, es muy grande para mí. Dejate de pavadas, siempre dije que el hombre debe de tener al menos cinco años más, nosotras maduramos antes; ya te pedí turno en la peluquería, hace rato que te hace falta un corte de cabello, con el pelo tan largo parecés una nena; y, además, con ese flequillo no se te ven los ojos, Dios te los dio para lucirlos. Se acerca y me da un beso. Tenés suerte, vaya mamá que te tocó, dice. Sí, vaya mamá que me toco aunque no estoy muy segura de que sea una suerte. Tendré que llamarla a Marisa, qué vergüenza. Total qué me cuesta una cena, la dejaré contenta. Pero yo sé bien quién me gusta. Martín se llama. Y, según Marisa, él también gusta de mí. Lo vi varias veces en su casa, es compañero de Santiago, el hermano. Están en sexto porque van al industrial. Tiene el pelo largo y toca la guitarra. Se sabe todas las de Calamaro. Y las de Sui Generis también.  El otro día, después de la merienda, agarró la guitarra y se puso a cantar. Los tres le hacíamos los coros. Hasta la mamá se sumó. Es una genia, Marisa le cuenta todo y la mamá la entiende. No parece una mamá.

 

Entramos al comedor. Mamá ubicó a Pedro a mi lado, por supuesto. Benja no está, él nunca está los sábados. Mi padre y Salvador, el marido de Elisa, de gran charla. Despotrican contra el gobierno. Pedro se suma a la conversación. Se ve que está informado, yo no entiendo nada. Mamá y Elisa también participan. Yo me siento una tonta. Mamá tenía razón: Pedro es muy buen mozo, como dice ella.  Alto, cabello oscuro y ojos claros. Pero demasiado formal para mi gusto. No tiene un solo pelo fuera de lugar. Saco de tweed como los otros dos hombres. Me aburro. Me aburro mucho. Yo debiera estar en la fiesta de Marisa. Bailando con Martín. No en esta cena de adultos. Cuando terminamos vamos a tomar café en el living. A mí no me gusta el café pero tomo igual para no sentirme más mocosa todavía. Pedro se sienta junto a mí y me pregunta por la escuela. Es simpático. Linda sonrisa. Yo entonces le pregunto por la facultad. Derecho estudia. Le cuento que Juan Cruz también es abogado y que Juan Mateo empezó, pero se pasó enseguida a Relaciones Internacionales. Como le llama la atención le cuento que mi abuelo paterno era diplomático, llegó hasta embajador. Le pregunto qué grupo le gusta y me dice que no tiene tiempo para escuchar. A lo sumo música clásica mientras estudio. Y después ya no sé de qué hablar. Por suerte papá le hace una pregunta y el tiempo va pasando. Aprovecho y me levanto. Me meto en mi cuarto. Un rato después aparece mamá y me dice que soy una maleducada. Bajo con ella. Ya se están despidiendo. Pedro me besa en la mejilla y me dice que fue un gusto conocerme, que seguramente pronto nos veremos. Como lindo, es lindo. Pero muy grande y demasiado serio. No sé por qué se le metió en la cabeza a mamá.

 

 Martín me llamó por teléfono y me preguntó si quería ir al cine el sábado. Pero mamá me había avisado ayer que nos invitó a cenar Elisa. Le dije a Martín que lo dejábamos para el fin de semana próximo. Me parece que no le cayó bien porque me dijo que ya veríamos. Tiene razón en enojarse. Me muero por verlo, pero para mí que no va a insistirme más. Soy una idiota por obedecer siempre a mamá. Le voy a decir que la termine con Pedro. Que no se meta más.   

23

 

Las compuertas de su memoria están abiertas. Como si viera su vida proyectada contra la pared. Recuerda las filmaciones que le mostraba su abuelo. Borrosas, temblequeantes. Sin orden cronológico. Fragmentos al azar. Embarullados. También recuerda Cinema Paradiso. Las escenas de los besos pegadas con torpeza. Así va asomándose a su vida. Pero ella escucha más de lo que ve. Cuando estaba embarazada leyó que el oído se desarrolla antes que la vista. Ya en el sexto mes de gestación. Quizás está acompañando el proceso de su hijita. Ella también todavía escucha mejor de lo que ve. Quizá su hijita escuchó desde adentro lo que ella tenía almacenado y al erupcionar lo trajo consigo a la luz. Como si recién ahora cobrara vida propia. Al gestar a su hija se gestó. Al parirla se parió. ¿Estaré loca?, piensa, a lo mejor mamá y Pedro tienen razón y me estoy volviendo loca. Potente la necesidad de echarse en la cama, con su hija sobre el pecho, piel a piel, absorbiendo la cascada de información. Como cuando recién nos despertamos, y, los párpados fuertemente apretados, intentamos retener las escenas de los sueños para que no se escapen. La necesita a su hija para recobrarse. Su pequeño talismán.

 

Mientras prepara el desayuno recuerda su sueño. Soñó con un poroto. Un poroto en un vaso con un secante. La germinación de la escuela. Un poroto al que le salían raíces y luego pequeñas hojitas. Brotaba. Y sin verse lo supo: ella era el poroto. Pedro entra a la cocina. Entonces ella, sin pensarlo, dice no iré mañana a lo de mi hermano. Pedro la mira y levanta las cejas. ¿Por qué? pregunta. Ya te lo expliqué. Como quieras, es tu familia. Ella piensa que parece más familia de él que de ella. Entonces dice podés ir vos. Pedro agita la cabeza. Tengo una reunión a las siete; la iba a suspender para acompañarte. Ella se pregunta con quién se reunirá. Solo un instante porque está muy sorprendida por haberse negado. Mamá se va a poner furiosa, piensa. Involuntariamente, sonríe.

 

Allí va ella, paseando a su hija en cochecito por Cabildo. Está orgullosa. Varias mujeres se detienen a mirar a la beba. La vistió de punta en blanco. Esa frase tan de su mamá. A ella siempre la tenía de punta en blanco.

 

Estamos yendo al cumpleaños de Mariela en el Club Gimnasia y Esgrima. Ella nos contó que iba a haber actividades deportivas, así  dijo. Yo le comenté a mamá, pero igual me puso el vestido rosa que me llega a media pierna, que tiene un cuello enorme con bordados, y que está lleno de volados. Y los zapatos blancos con tiritas. Me peinó con un gran moño en la cabeza. Estás preciosa, me dijo, de punta en blanco.  Compró una muñeca para que le lleve de regalo, aunque me parece que Mariela ya mucho no juega. Me bajo del auto. Veo que las chicas están todas con short y remera. Le doy el paquete a Mariela y me dice qué linda pero enseguida la deja. Mamá se va. Yo quisiera irme con ella. Se arman dos equipos. Las capitanas van eligiendo para el suyo y yo quedo para el final. El primer desafío es subirse a un árbol. Yo trato pero el vestido se me enreda y casi me caigo. Después hay que hacer vueltas carnero en una colchoneta. Yo digo que me duele la panza porque si hago la vuelta se me va a ver la bombacha, digo que me duele porque un poco sí que me duele. La mamá dice que va a llamar a la mía. Al rato aparece mamá. Mirá que sos mantequita, me dice, tanto te dolía. Mientras volvemos en el auto me reta. Con todo el trabajo que me tomé en traerte, dice, y la plata que gasté en el regalo. Y tiene razón. Lo peor es que se me rompió el vestido. Todavía no se dio cuenta. No me quiero bajar del auto. La panza cada ves me duele más. Eso que no quise comer nada. Mamá tiene razón: soy una mantequita. Como Benja, pienso.

24

 

Se sienta en un banco de plaza. Un día precioso. Corre la capota del cochecito para que el sol no le moleste a la nena. Una mujer joven, con un bebé en brazos se sienta a su lado y le pregunta ¿la primera? Ella asiente. El mío también dice la mujer. Ella se inclina a mirar a la criatura. ¿Cómo lo llevás? pregunta la mujer. Ella se queda desconcertada. ¿Cómo lo lleva?, ¿cómo se lleva? Es difícil contesta y las lágrimas acuden a sus ojos. ¡Muy!, cuando se pone a llorar y no lo puedo calmar siento que me vuelvo loca. Y hablan y hablan. Media hora después Ema se despierta, fastidiosa. Me voy dice ella con el movimiento se calma. ¿Nos encontramos otro día? propone la mujer, Laura se llama. Ella asiente, entusiasmada. Intercambian sus números telefónicos. Camina de regreso a su casa. Voy más liviana, piensa. Y sonríe a solas. Tanto precisa una amiga.

 

¿Querés venir a almorzar a casa? le pregunto a Leticia a la salida del colegio porque tenemos que hacer un trabajo práctico de historia. No, no puedo, contesta ella sin mirarme. ¿Por qué?, recién escuché que le preguntabas a Lupe si podías ir con ella. Leticia sigue sin mirarme. ¿Por qué no podés?, insisto. Y como no me contesta le pregunto: ¿o no querés trabajar conmigo? No, no es eso, Paz, vos sos genial trabajando. ¿Entonces? No me gusta ir a comer a tu casa, dice. ¿Por qué? Tu mamá se la pasa mirándome, preguntándome, me pongo nerviosa, me doy cuenta de que se fija en como agarro los cubiertos, que además siempre hay mil, no sé, me hace sentir mal; pero no es con vos, Paz, si querés vení a comer vos a casa. No puedo, contesto. Ahora todo se da vuelta porque ella me pregunta: ¿por qué? ¿Le miento o le digo la verdad?, pienso. ¿Y? A mi mamá no le gusta que vaya a otras casas. ¿Viste?, yo tengo razón; a tu mamá no le gusta nadie, nadie le parece bastante para vos; chau, Paz, me voy porque ahí viene el bondi. Y se va corriendo. Me quedo parada en la esquina. Sola.

 

¿Por qué no viniste ayer al cine?, me pregunta Lupe ni bien llego a la escuela, te estuvimos esperando, entramos cuando la película ya estaba empezada. No entiendo nada. ¿Qué cine?, pregunto. ¿Cómo qué cine? En el General Paz, te sacamos entrada para Matilda, como habíamos quedado. ¡Pero si quedaron en confirmarme!, exclamo. Yo misma te llamé; me atendió tu mamá que me dijo que te iba a avisar, me explica, enojada. No me avisó, le digo y no puedo creerlo, me moría por ver esa película y, sobre todo, salir con las chicas; la primera vez que me invitaban. Problema tuyo, me dice Lupe levantando los hombros, le debés la entrada a Marisa, ella las compró. Avisale que mañana le traigo el dinero. Decile vos, problema tuyo. Sí, el problema, claramente, es mío.

 

Apurate que se enfría el pollo, me dice mamá en cuanto escucha la puerta. Me lavo las manos y me dirijo al comedor. Me siento. Solo está Juan Mateo, que le está contando a mamá de la facultad. Cuando hace una pausa le pregunto a mamá: ¿por qué no me avisaste que ayer llamó Lupe? Ella baja los cubiertos. Me olvidé, dice. ¡Me habían comprado la entrada, me estuvieron esperando! Mamá menea la cabeza. Estas cosas pasan por arreglar todo a último momento. ¿Por qué no me avisaste?, insisto, la rabia anudándome la garganta. Ya te dije, me olvidé; además, no es momento apropiado llamar un domingo a la hora de la siesta, me despertó. ¡Me perdí Matilda! Bueno, Paz, no hagas escándalo; la podés ver en otro momento, si querés el sábado te acompaño. Quisiera decirle que no quiero ir con ella, que el programa era con las chicas, pero no digo nada porque si hablo me voy a poner a llorar y encima Juan Mateo me va a cargar. Alcanzame el plato, pide mamá. Obedezco. Me sirve una pechuga. Pero a mí se me fue el hambre.

 

Pedro llega cuando ella está bañando a la nena. ¿Por qué no me esperaste? pregunta. Estaba fastidiosa y el agua siempre la relaja. No me gusta que la bañes sola dice él. Algo se enciende en ella. ¿No confiás en mí? Cuatro manos son mejor que dos replica él. No se la voy a dejar pasar, decide ella. Soy la madre, Pedro, está todo el día bajo mi responsabilidad, te aseguro que puedo con ella, si hay alguien que la conoce y la entiende soy yo. La sorpresa en los ojos de él se acopla con su propia sorpresa por haberse atrevido a responderle. Alcanzame la toalla le ¿ordena? Él obedece. Envuelve a su hija y la oprime contra sí. Está orgullosa. Orgullosa de sí misma.

25

 

El día transcurre interminable. La nena se despertó a las seis de la mañana y, en consecuencia, desde esa hora ella está despierta. Perdió la cuenta de cuántas veces la amamantó ya. Cuántas veces la cambió. A la mañana estuvo Teresa y dejó la casa impecable. Al mediodía se calentó una tarta que sobró de anoche. Luego tomó un té. Ahora, la nena dormida, no sabe qué hacer. Estoy aburrida, piensa. Pero no está aburrida de hoy. Su aburrimiento lleva días, meses. Más de un año. Desde que terminó el profesorado. Porque a ella siempre le gustó estudiar. Siempre fue buena para el estudio, además. Quizá podría empezar algún curso, se plantea. Y luego descubre que piensa tonterías. ¿La rifo a Ema?, se pregunta. Y, además, ¿para qué le serviría lo estudiado? ¿Una cuenta más en su collar de señora preparada y culta? ¿Preparada para qué?, ¿para vegetar en una jaula de oro? El living enorme, el balcón terraza, la cocina de revista. Ni siquiera puede lucirse con sus amigas porque no las tiene. Los únicos visitantes son las relaciones de Pedro. Cenas paquetas para clientes potenciales. A veces se suman Juan Cruz y Luján. Relaciones públicas. Recuerda su casa de infancia. Muchas veces ellos cenaban en la cocina mientras su madre se deshacía en atenciones con los clientes de su papá. Aunque su mamá sí tenía amigas, tiene que reconocer. Ella tenía amigas, pero bien se ocupó de espantar las mías, decide.

 

Mamá está tomando el té con sus amigas. Nos pidió a Benja y a mí que no la molestáramos. Benja se fue a su cuarto porque tiene tarea de lengua. Los Juanes no están, ellos siempre están en otros lados. Para ellos sí hay un afuera. Me apoyo en la pared del pasillo y espío. Están Susana, Charo y Elina. Yo me las conozco. Charo es la mejor, siempre me acaricia la cabeza y una vez me trajo un jueguito de tazas de té de porcelana. Igual mamá no me deja que las use porque dice que se me pueden romper porque yo soy muy atolondrada, así dijo, yo no conocía la palabra, pero seguro que quiere decir torpe, que eso sí siempre me dice. Están tomando té en tazas de porcelana como las que me regaló Charo pero más grandes. Nosotros no tomamos en esas, mamá las reserva para sus amigas que seguro que no las rompen. Veo muchas cosas ricas sobre el mantel. Blanco es el mantel y tiene flores bordadas. Charlan y se ríen. A mí me gustaría invitar a mis amigas a tomar la leche en el comedor pero eso nunca pasa. Una vez pasó. Vino Patricia y volcó el Tody sobre el mantel que no aunque no era este igual era bordado. Mamá no dijo nada pero yo me di cuenta de que estaba enojada porque le conozco la cara. La otra vez que vino Patri merendamos en la cocina. Y después Patri no quiso venir más, no sé por qué. ¿Quién está ahí?, pregunta de repente Charo y yo quisiera salir corriendo pero me quedo congelada. Vení a darme un beso, me pide. A mí me da mucha vergüenza pero si me pide tengo que ir. Me acerco. Ella me levanta la cara porque yo voy mirando el suelo. Qué nena tan preciosa, y yo con tres varones. Tenés suerte, le dice Susana, las mujeres dan mucho más trabajo. Yo no me había dado cuenta de que doy más trabajo que mis hermanos me parecía que era al revés, papá siempre dice que soy buenita pero a lo mejor sí doy más trabajo y es por eso que mamá se impacienta conmigo. ¿Más trabajo porque me tiene que peinar? Charo me aprieta contra ella. ¿Querés una masita?, me pregunta mientras me ofrece un plato. Hay un alfajorcito de maizena y a mí me encantan pero antes de agarrarlo la miro a mamá. Andá para la cocina, Paz, podés pedirle a Rosaura que te de uno, dejé más en la heladera. Dame otro beso antes de irte, me pide Charo y yo le hago caso. Tiene rico olor. Decile a Rosaura que yo digo que puede darte dos. Vos siempre malcriándola, la reta mamá, pero no parece enojada. Me escapo corriendo.

 

Suena el celular. Laura. En un rato voy a llevar a Tincho al parque, ¿no tenés ganas de venir? A ella se le agita el corazón. Claro que tiene ganas. Su tarde muerta acaba de cobrar sentido. Se mira en el espejo del living. ¿Le entrará el jean? Hace días que no intenta calzárselo. Va hasta el dormitorio y saca el pantalón de la percha. Sí, le cabe, ya casi no la ajusta. Está por elegir una remera, pero piensa que una camisa será más cómoda por si tiene que darle de mamar a la nena. Nunca la amamantó en público, pero hay muchas cosas que quiere comenzar a hacer. Se pinta los labios y se cepilla el cabello. Vuelve a mirarse en el espejo del placar. Estoy linda, se dice, y le da vergüenza. No hay que alabarse a sí misma, le enseñó su mamá. Y parece que tampoco había que alabar a las hijas. Agita la cabeza. Estoy linda dice ahora en voz alta. Recuerda a Charo. Que nena preciosa. Soy linda reformula. Preciosa.

 

Mamá charla con Susana. Vino a almorzar y ahora están tomando un café. Me apoyo en la pared del pasillo porque me gusta escuchar lo que dicen, aunque a veces hablan muy bajito y no se oye. Qué buenos mozos que están tus muchachos, las chicas van a hacer cola para conquistarlos; todos son guapos, pero Benjamín es un muñeco, con esos ojos, esas pestañas, esa sonrisa, todo es delicado en él; parece una porcelana de Lladró. Mamá ladea la cabeza y frunce los labios. La que tiene facciones delicadas es Paz, le dice. Sí, por supuesto, es muy bonita, pero en Benjamín, como es varón, resultan más llamativas. Mamá vuelve a ladearla. Porque todavía no se desarrolló, dice, ya se le acentuarán los rasgos. Sí, claro, contesta Susana y después mira el reloj y dice: mejor me voy yendo, Rosarito, se me hizo tarde. Me parece que ella también se dio cuenta de que a mamá no le gustó nada lo que dijo.

26


Cuando llega, agitada porque casi corrió la última cuadra, Laura ya está. Le hace señas desde lejos. Ella sonríe. Alguien me espera, piensa. Se dirige caminando despacio, tratando de regularizar la respiración. Tincho está en el cochecito, qué raro, el otro día lo tenía en un fular. Ella leyó bastante al respecto, se va a comprar uno ahora que empieza a salir con la nena y que ya sostiene la cabecita. ¿Cómo está Ema? le pregunta la mujer y a ella le extraña que haya recordado el nombre. Seguro que los Juanes no. Benja sí, claro. ¿Y? Perdón se disculpa ella me distraje. Porque últimamente se la pasa pensando, recordando. Anoche durmió bastante bien, pero hoy se despertó a las seis así que desde esa hora estoy en pie; ¿y Tincho? Laura le cuenta y así, durante casi una hora, van compartiendo sus experiencias. Cuando Pedro y su madre le preguntan ella ¿miente? Al menos intenta no trasmitirles su agotamiento, su tristeza. Sus miedos. Sus falencias. Se da cuenta de que no confían en ella. La madre insiste en que hay que llevar a la nena a pesar a la farmacia, porque, alimentada a pecho, seguramente no está engordando lo suficiente. Ella se resiste, pero está segura de que el día menos pensado, cuando ella se distraiga, se la robará y la llevará. ¿Vos la ves flaquita? le pregunta a su amiga. Sí, aunque es absurdo por lo reciente, así lo siente. Yo la veo perfecta, ¿quién precisa un bebé rechoncho a fuerza de mamaderas?; después se tienen que pasar la vida haciendo dietas. Charlan al respecto. Laura leyó los mismos libros que ella. Ríen al comprobarlo. Cuando la leí a la Gutman me tranquilicé le cuenta Laura ahí entendí la supuesta locura de algunos puerperios. El de los puerperios no lo conseguí comenta ella. Mañana te lo traigo, ya lo terminé, me lo regaló mi mamá cuando nació el nene. ¡¿Tu mamá?! pregunta ella con infinita sorpresa. Sorpresa que se traslada a los ojos de la otra. Sí, ¿por qué? Mi mamá es de otra generación, antidiluviana, nos crió con mucho rigor, critica todo lo que yo hago, tanto que a veces logra confundirme, me hace dudar. Laura la mira con intensidad. Qué difícil dice no sé cómo hubiera hecho para criar a Tincho sin el apoyo de mi mamá. Se queda unos segundos en silencio y luego pregunta ¿siempre fue dura con vos tu mamá? Entonces ella empieza a contarle. Y sigue hablando hasta que ve que se acerca un hombre. Es Eduardo, mi marido dice Laura y después mirándolo informa ella es Paz. El muchacho, porque es muy joven, la besa. Laura me habló de vos dice. ¿Nos vemos mañana? pregunta su amiga incorporándose y besándola. Dale contesta ella ya arreglaremos la hora. Ema comienza a moverse en el cochecito. La amamantaré aquí, decide ella. Porque no tiene nada que ocultar. Está cansada de ocultarse. Alza a la criatura y se desabrocha la camisa.

 

Al regresar a su casa la recibe Pedro. ¿Dónde andabas? le pregunta te llame al celular y no contestabas. Hola dice deja el morral sobre el sillón y busca el teléfono. Sí, lo tenía silenciado comprueba a veces la nena se sobresalta cuando lo escucha. ¿De dónde venís? inquiere él, en mal tono. Del parque. No me gusta que estés sola en la calle con la nena. A ella le da rabia. Mucha rabia. No estaba sola dice, desafiante. ¿Se puede saber con quién estabas? Con una amiga. ¿Con una amiga?, ¿vos con una amiga? pregunta con una sonrisa que ella califica de despectiva. Sí. ¿Cuál? Laura. ¿Y quién se supone que es Laura? La conocí en la plaza contesta al tiempo que percibe que su seguridad va mermando. O sea que vos expones a mi hija al contacto con una persona que hace un minuto y medio que conocés; no quiero que vayas más sola a la plaza, lo único que falta es que nos roben la criatura. Ella no puede creer lo que escucha. Duda un instante. ¿Lo confronta? Todavía no estoy preparada, piensa. Y piensa también que mañana irá al parque. Tendrá que arreglar la hora.

 

Cuando entra al dormitorio, Pedro ya está acostado. Ella apaga la luz y se mete en la cama. Él se le arrima de inmediato. Ella percibe como se cuerpo se retrae como tocado por corriente eléctrica. Pedro se aproxima de nuevo. Ella dice no tengo ganas. El corazón le late fuerte, teme que él lo escuche. Ella cierra los ojos anticipándose al ruido de él al levantarse hacia el sillón del living. Pero no. Pedro gira hacia su lado, le da la espalda y se acomoda las cobijas. Ella intenta no mover ni un músculo. De a poco los latidos se le regularizan. Me animé, piensa. 27

 

La nena se despertó a las cuatro. La amantó y se durmió enseguida. Cuando, a las siete, escucha que Pedro se levanta y va al baño, ella se dirige a la cocina a prepararle el desayuno. Él entra y le da un beso en la mejilla. Buen día dice. Ella le alcanza las tostadas recién hechas y el café humeante. Se sirve, también. Está tensa. Espera algún comentario incisivo, pero él no hace alusión a lo acontecido a la noche. Habla de un caso que tiene entre manos. Cuando se despide, con otro beso, le pregunta ¿qué vas a hacer hoy? Aún no sé contesta ella. Pero sí que lo sabe.

 

Está comiendo una ensalada cuando suena su celular. Benjamín. ¿Podés hablar? pregunta. Te llamo enseguida contesta ella. Se lava las manos, pasa por el cuarto de la nena, verifica que duerme, se arrellana en el sillón y lo llama. ¿Cómo andás? pregunta su hermano me dejaste preocupado. Estoy bien, bastante bien, me estoy entendiendo mejor con tu sobrina. ¿Y con tu marido? Le sorprende la ironía en el tono. Ironía habitual en su discurso, pero de la cual su hermano históricamente la excluye.  No sabe qué contestarle por eso no le contesta. ¿Estás ahí? chequea Benja. Estoy contesta ella. Se hace un silencio molesto. ¿Cómo estás? insiste Benja. Como por arte de un ventrílocuo, las palabras acuden a su boca sin que sean suyas. Me quiero separar dice y cierra los ojos.

 

Estoy en el banco largo jugando a las Barbies con Benja. Papá y mamá vienen al jardín y se sientan en la mesita redonda. En cuanto los ve, Benja sale corriendo y se sube a un árbol. Rosaura les trae dos tacitas, seguro de café, porque siempre toman café. Yo sigo jugando, parece que no me vieron. ¿Qué novedades?, le pregunta mamá. Me llamó Victoria Lezica, quiere empezar el juicio de divorcio, mañana pasará por mi despacho. ¿Cómo?, ¡qué barbaridad!, ¿por qué?, pregunta mamá y me doy cuenta de que está muy enojada. Adulterio, contesta papá y yo no sé qué es eso, pero suena a grave. Si se separaran todos los matrimonios infieles ya no existirían parejas. No es solo eso, Rosario, hace mucho tiempo que se llevan mal; vamos a aducir al adulterio, pero hace años que ella quiere separase, no lo hizo por lo económico, así que la infidelidad le vino como anillo al dedo. Insisto en que es una barbaridad, Esteban, dice mamá, cada vez más enojada, los matrimonios no se rompen, eso se jura ante el altar, qué va a pasar con los pobres hijos, todavía son chicos, una vergüenza; ya sé que para vos es una clienta pero debieras convencerla de que siga aguantando, las parejas se sostienen con paciencia. Vivimos de mis clientes, Rosarito, no es mi rol el de consejero matrimonial. Si yo no te hubiera tenido paciencia…, dice mamá y se para. Se para y se va. Papá mueve la cabeza y sigue tomando su café.

 

¿Qué dijiste? le pregunta su hermano y ella abre los ojos.  Nada, no me hagas caso, Benja, ni sé lo que digo, locuras de puérpera. Creo que por fin estás cuerda; llamaba para avisarte que voy para Buenos Aires la semana próxima, seguramente el miércoles; al final Fabián no podrá acompañarme, operaron a la madre de urgencia, casi peritonitis hace una pausa y con voz agria agrega mamá va a lamentar no poder conocerlo. ¡Yo sí que lamentaré no verlo! exclama ella y no lo digo de compromiso. Ya lo sé, Paz; Fabián tenía muchas ganas de conocer a Ema; lo inundo de fotos, a él le encantan los chicos. Necesito tanto hablar con vos descubre ella. Ya nos atiborraremos de charlas promete él anda comprando varios kilos de café, de especialidad, eh. Ambos ríen. Cuando cortan ella se deja caer en el sillón y cierra los ojos un buen rato. Los abre para mandarle un mensaje a Laura.

28

 

Está en un banco largo pero la muñeca trocó en una beba de carne y hueso. No hubiera querido tenerla tan pronto, pero entiende ahora que llegó en el momento apropiado. Llegó para despertarme, piensa. Para despertarla de un letargo infinito. Separa los ojos de los ojitos de su hija y descubre a Laura acercándose. Lleva a su bebé en el fular. Levanta la mano con un libro y sonríe. Vaya cómo sonríe. Los dientes blancos son un abanico. Se sienta a su lado y la besa. Lo prometido es deuda dice mientras le entrega el libro. Roza con delicadeza la cabecita de Ema. Cada día está más linda dice y como ella inclina la cabeza y sonríe con displicencia agrega no es un cumplido; es una beba particularmente bonita, una carita perfecta. Ella quisiera devolverle los halagos, pero Tincho es feucho. Los ojos chiquitos y juntos, los rasgos toscos. Por suerte es varón, piensa. Y se siente horriblemente mal al pensarlo porque es un bebe muy vivaracho, pura sonrisa con hoyitos. ¿Duerme? pregunta ella para desviar el tema de conversación. Laura aparta ligeramente a su hijo y lo descubre. Sí, se durmió en el trayecto; a veces lo traigo en cochecito porque me duele la espalda de tanto tenerlo en brazos, pero así no se relaja; este fular es mágico. Ella piensa que debiera tenerla más cargada a Ema. Sin embargo, cada vez que la alza escucha el reto de su madre, aunque no esté. Ya sumó adeptos porque Pedro suele mencionar lo de no malcriarla. Cincuenta y tres días. Ya habrá tiempo para imponerle reglas. Eso piensa ella, sin embargo, la alza poco. Tengo la cabeza tomada por mamá, evalúa. El jueves Tincho cumple tres meses informa Laura tendré que volver a trabajar, necesitamos mi sueldo; se me parte el alma, eso que se lo voy a dejar a mi madre que lo adora y que me sacaré leche que le dejaré; igual pedí reducción de horario, y de sueldo, obvio, hasta los seis meses; y si veo que es Tincho me precisa y mi jefe me banca, trabajaré medio día hasta que cumpla un año; después me tomaré el descanso del almuerzo para pasar por casa a verlo un rato, son solo cinco cuadras; y mamá, si hay alguna urgencia me lo puede alcanzar; Eduardo se va a tomar unos días en el trabajo para ayudar a mi madre hasta que se acostumbren; ya nos iremos arreglando. Ella la escucha sorprendida. Cuántas cosas que su amiga contempla y resuelve. Yo vivo en una burbuja, determina. No me estreso pensando con quién voy a dejar a la nena porque no tengo ningún trabajo esperándome. Como si le leyera el pensamiento Laura le pregunta vos no trabajás, ¿no? Ella niega con la cabeza. Te envidio dice su amiga. Paz quisiera decirle que es ella la envidiosa. Le envidia trabajo, marido, madre. Su alegría. Laura le habla de su trabajo en un taller de tejidos artesanales. Ni bien junte dinero para comprarme unas máquinas me largo por mi cuenta le explica con entusiasmo hace tiempo que vengo ahorrando; en la casa de mis viejos hay espacio de sobra, tomaría un par de empleadas, me encanta diseñar modelos; creo que en menos de dos años mi sueño se convertirá en realidad. Sueños. ¿Cuáles son sus sueños?, ¿cuáles sus proyectos? Su único sueño fue ser médica y le cortaron las alas antes siquiera de intentar el vuelo. Me las cortaron, pero yo lo permití, admite. Estoy hablando como un loro dice Laura y luego pregunta ¿cuando la nena crezca pensás trabajar? Sí contesta ella y otra vez el ventrílocuo se apodera de su boca soy maestra. ¿Le está mintiendo a su amiga o en serio lo piensa? Está muy confundida. Angustiada. Me tengo que ir informa. Seguro que te aburrí con mi cháchara. Para nada, Laura, me hace bien escucharte. Yo me quedo un ratito más, quiero que Tincho tome sol. Ella se incorpora, la besa y acaricia la cabecita del nene. Nos estamos viendo dice y, empujando el cochecito, se aleja.

 

Mamá me pasó a buscar por la escuela para ir a tomar el té en casa de Juan Bautista. Vinimos a ver los regalos de casamiento y todo lo que se trajeron de Europa. Yo justo había quedado en ir a la biblioteca a terminar el trabajo de historia. Graciana, mientras nos sirve jugo, comenta: el lunes se me acaba la licencia, tendré que regresar a la oficina. ¿Para qué?, es la pregunta de mamá. Graciana la mira, parece desconcertada. Es mi trabajo, contesta. Ya no lo precisás, Graciana, Juan Bautista gana más que suficiente; quizá tus padres no podían mantenerte, pero mi hijo sí. ¿Y qué voy a hacer yo dentro de mi casa?, para algo estudié. Estudiaste para ser culta y de paso conociste a mi hijo en la facultad. Me voy a aburrir. Mamá echa la cabeza hacia atrás y ríe. ¿Aburrirte?, te aseguro que yo nunca tuve tiempo de aburrirme; cinco hijos y acompañar a Esteban en sus actividades no fue empresa sencilla. Graciana me mira. Yo bajo la vista. A mí me gusta trabajar, dice al fin. Seguramente Juan Bautista encontrará actividad para vos en el estudio, propone mamá. Gracias por sus consejos, Rosario, los tendré en cuenta para más adelante; en principio, el lunes me reincorporo. De acuerdo, cuando quedes embarazada lo charlaremos nuevamente. No está en mis planes inmediatos, le aclara Graciana. El hombre propone… dice mamá y luego pide: ¿me servirías más té? La envidio a Graciana, ella puede frenarla a mamá. A mí, me aplasta.

29 

 

La nena se despierta en el camino y comienza a llorar. Intenta calmarla, pero no lo logra. La alza. Como por arte de magia los berridos cesan. Su madre y Pedro dirían que es una malcriada. Es cansador empujar el carrito con una sola mano, mañana mismo se comprará un fular. Llega agotada con la nena dormida. Extremando los cuidados la acuesta en su cuna. Suena el teléfono. Va a atender corriendo, seguro que es su madre, lo único que falta es que se la despierte. Hola dice Graciana y su sorpresa es mayúscula. Luego de saludos y preguntas de rutina su cuñada comenta me extrañó que no fueran al cumpleaños de Luján, estaba esperando poder ver a la nena. Ella piensa que si tantas ganas tenía, bien podría haber venido a visitarla. Quizá sus pensamientos son transparentes porque Graciana acota me dijo Juan Bautista que tu madre le había comentado que estabas muy abrumada y que preferías no recibir visitas todavía, que ya nos avisaría; a mí no me pasó, los primeros tiempos de Bruno estaba tan aburrida que moría por hablar con cualquier adulto; todavía me pasa, la maternidad no es sencilla. Ella se queda pasmada. Cómo suponer que Graciana no forma parte de la legión de madres perfectas integrada por Luján y Micaela. Su madre no para de alabarlas. De Graciana habla poco, es cierto. ¿La oveja negra de la familia? Me encantaría verte, Graciana dice y hecha un impulso agrega estoy muy sola.

 

Pedro llega recién a las ocho. Ella ya bañó a la nena. Ha descubierto que se arregla perfectamente sola. No lo necesito, piensa, pero luego se corrige: no lo necesito para eso. Porque también ha descubierto, ya lo sabía, claro, sin embargo, ha descubierto lo inconmensurable de su magnitud, que sí precisa que la mantenga. Soy una mantenida, se dice. Le sobreviene una vergüenza infinita. Puede culpar a su mamá, pero ni así logra absolverse. Benja tiene la misma madre y logró escurrirse de sus redes. Está muy rico el pollo comenta Pedro. Ella debiera contarle que lo hizo Teresa, pero su madre alguna vez le dijo que no es necesario que el marido sepa de quién es el mérito. Sí, está muy rico aunque ella no tenga apetito. ¿Cómo fue tu día? le pregunta Pedro. Ella debiera contarle que estuvo con Laura y que habló con Graciana, pero solo dice tranquilo, la nena se portó muy bien. Porque eso sí que es cierto.

 

Le abre a Teresa con intenciones de refugiarse en su habitación lo más pronto posible. Siempre se siente incómoda ante ella. La mujer viene desde Laferrere. Un viaje interminable. Dos veces por semana a su casa y tres a lo de su madre. Se la recomendó ella, obvio. Casi diría que se la impuso. Teresa es impecable, pero a ella no le gusta la tenencia compartida. No podría interesarle menos recoger chismes sobre la casa paterna, sin embargo, juraría que su madre somete a la pobre mujer a un exhaustivo interrogatorio. Muchas veces ordena antes de que llegue para evitar el juicio materno. Perdone, señora, que me demoré; el 180 se descompuso y nos bajaron, tuvimos que esperar otro y cuando llegué a la parada del 44 justo se iba uno. Pobre mujer, vuelve a pensar, mientras tanto yo acá quejándome de mi aburrimiento. Cuatro hijos y un marido que aparece cuando quiere. Todo eso lo sabe a través de su madre porque ella evita las conversaciones. Le da vergüenza. Vergüenza su inactividad, su abulia. Soy una mantenida, reformula. Esa mujer sin estudios es capaz de mantener a sus cuatro hijos y ella ni siquiera se lo propone por considerarlo imposible. Está por acostarse otro rato cuando desanda el reciente camino y se dirige a la cocina. Teresa ya se puso el uniforme, precisa indicación de su madre, y está barriendo. Ella carga la Volturno y la pone al fuego. Cuando escucha hervir el agua pregunta ¿quiere un café, Teresa? Los ojos de la mujer se abren como platos. No se moleste, señora Paz. Ella llena dos tazas y las coloca sobre la mesa. Muchas gracias, señora, luego lo tomo. Siéntese un rato, estará agotada con tanto viaje. Ambas se sientan. Ella se para y regresa con la azucarera y unas galletitas.  ¿Quiere leche? No, muchas gracias. Como el silencio es tan incómodo Paz pregunta ¿cuántos años tiene su hijo más chiquito? El rostro de la mujer se afloja y por fin sonríe recién cumplió dos. ¿Quién se lo cuida? Mi hija mayor que ya tiene catorce. ¿No va a la escuela? Sí, a la tarde; le da el almuerzo al nene y después lo deja en lo de una vecina; mis otros dos hijos van a doble jornada; cuando vuelvo de trabajar los recojo a todos, pobres, a veces me demoro, pero la portera es buenísima, hasta les da la leche si llego tarde. ¿Cuántos años tienen? Ocho y seis. Ella no sabe qué decirle. Historias del conurbano, diría Pedro. Puede irse media hora antes, a mí no me hace la diferencia, pero a sus chiquitos no les debe gustar esperar. Gracias, señora, me vendría muy bien; descuéntemelo del sueldo, por supuesto. Ahora es ella la sorprendida. De ninguna manera dice, se levanta y está agarrando las tazas cuando Teresa dice deje, no más. ¿Le puedo pedir un favor? Lo que la señora mande.  Ella, con infinita vergüenza, los ojos en el piso, pide no le cuente a mi madre lo del horario y gira sin esperar la respuesta. Cómo soportar su mirada.

30

 

A las tres suena su celular. ¿Venís a la plaza? No puedo, estoy esperando a mi cuñada contesta ella y luego pregunta ¿mañana? Las siguientes dos horas, busca la palabra, le escuecen. Recién repara en que nunca estuvo a solas con Graciana. La conoció siendo una nena y nunca cruzó con ella mucho más que un hola o un chau. Cuando nació Bruno  solo la visitó en el sanatorio, lleno de gente por supuesto. Tampoco con sus otros seis sobrinos ha tenido contacto personalizado. Si los ha visto en las innumerables reuniones familiares, pero sabe poco y nada sobre ellos. Lindos todos. Es una familia de gente linda, piensa. ¿De linda gente? No está muy segura. De sus tres cuñadas, si es que no está mal informada, Graciana es la única que trabaja. Fue compañera de facultad de Juan Bautista. ¿Qué especialidad tendrá Graciana? Juan es actuario, su madre siempre se precia de que es una de las carreras mejor remuneradas. Micaela estudió en el mismo profesorado que ella, varios años antes, pero no llegó a recibirse. Ni bien se casaron a Juan Mateo lo mandaron por un año a Estados Unidos y ella lo acompañó. Regresó embarazada. Ya tiene dos chicos. De ella sí sabe, porque de esta nuera sí que su madre habla. Una familia de alcurnia. Los padres de Graciana son sencillos. Cree que solo los vio en el casamiento. Luján ni siquiera estudió nada. Se casó antes de los veinte y tiene cuatro nenas. Seguramente no se detendrán hasta que llegué el ansiado vástago. ¿Qué está haciendo ella perdiendo tiempo pensando en sus cuñadas que nunca formaron parte de su vida? El tiempo en realidad le sobra.  Le quema la percepción de su improductividad. Si es de larga data, ¿por qué ahora? Anoche comenzó el libro de la Gutman. Habla de todo lo que remueve el puerperio. Así está ella, como si la hubieran metido en una batidora, el presente mezclado con el pasado remoto, borrados los límites entre el ayer y el mañana. Sacude la cabeza. Controla el reloj. La nena sigue durmiendo. ¿Será mejor despertarla así no la interrumpe cuando llegue Graciana? Timbre. Se acomoda la ropa y el cabello y acude a atender. Luego de los saludos de rigor y de los comentarios sobre el tiempo Graciana pregunta ¿y Ema? Claro, piensa ella, solo vino por la nena. La conduce junto a la cuna. ¡Qué preciosa! exclama su cuñada no hay caso, los genes Bullrich son infalibles; hasta Bruno salió lindo pese a la dudosa contribución de mi familia. ¿Tomás un té? ofrece ella porque son las cinco de la tarde, Teresa le dejó en la heladera un lemon pie y ella encargó sándwiches de miga. Prefiero un café, si no te joroba. Ella se siente desubicada. Tengo veintitrés años y costumbres de vieja, piensa. Costumbres de mi madre, se corrige. Se dirige a la cocina y Graciana la sigue. Creo que es la segunda vez que vengo a esta casa dice hermosa tu cocina, tan luminosa. Y como se siente observada en los preparativos ella sugiere ¿por qué no me esperás en el comedor?, la mesa está preparada, en un minuto llevo todo. Tiene miedo de volcar, de romper, de ensuciar. Inútil. Torpe. Atolondrada. Como prefieras dice su cuñada, quizá percibiendo su incomodidad. Mientras se hace el café, calienta la lecherita en el microondas, saca la jarra con jugo de la heladera, pone los sándwiches en un plato y le quita el film a la torta. Los gajitos de limón no harán falta. Luego vierte el café en la cafetera de porcelana. Intenta acomodar todo en la bandeja, pero no entra. Tendré que hacer dos viajes, piensa.  Lleva entonces primero la tarta y la jarra y las deposita sobre la mesa. ¿Te ayudo? pregunta Graciana. No, no, ya vengo la frena. Minutos después sirve café y jugo y corta un par de porciones de tarta, por suerte sin contratiempos.  Al probarla su cuñada exclama ¡está riquísima!, ¿la hiciste vos? Ella duda unos instantes. Se le aparece el rostro de su madre. Está por contestar que sí, cuando decide: basta para mí. La hizo Teresa admite.  Yo soy un chasco cocinando confiesa Graciana porque, además, no me gusta; Juan Bautista se da más maña que yo y por suerte tenemos a Aurora que es una joya, el cielo me la conserve, Bruno la adora. Ella descubre que no conoce a su hermano. Desde chica ha metido a los tres Juanes en la misma bolsa. No sería capaz de nombrar características que los distingan. Hasta físicamente son muy parecidos, salieron al padre. En cambio, Benja y ella tienen muchos rasgos de la madre. Ahora que reflexiona, tampoco Juan Bautista aparece mucho en el discurso materno, más allá de comentar, siempre que puede, que es actuario y que gana mucho dinero. De Juan Cruz y Juan Mateo sí que habla, se deshace en halagos; también de esas dos nueras. ¿Cómo no reparé antes en esto?, se dice. Mientras ella cavila, Graciana le cuenta que está tratando de organizar un jardín rodante para Bruno es vivísimo, ya se aburre en casa, más siendo hijo único. Como en automático ella comenta me imagino que no por mucho tiempo. La expresión de Graciana se endurece. Parecés tu madre dice y ella siente una trompada en el hígado. Perdoname la intromisión pide porque ella no logra perdonarse a sí misma. Su cuñada menea la cabeza. Juan y yo estamos de acuerdo en que no tendremos otro; lo adoramos al peque, pero no queremos más ataduras, nuestros trabajos nos requieren mucho tiempo y dedicación y no es cierto que los chicos se crían solos. Ella siente que va mermando en la silla. Desea que la nena se ponga a llorar para que la situación se acabe. De pronto Graciana la mira y le pregunta ¿cómo estás vos? Pese a sus esfuerzos a ella los ojos se le llenan de lágrimas. Su cuñada le oprime la mano. Me dijiste que te sentís sola. Estoy sola la corrige ella. Pensé que tu madre venía con frecuencia. Con demasiada frecuencia, pero cuando está ella me siento más sola todavía. Graciana levanta las cejas. Tu madre es una mujer difícil, yo no me la banco, sin embargo, yo pensaba que ustedes se llevaban bien; habla maravillas de vos. Ella se sorprende. ¿Mi madre alabándome cuando toda la vida se ocupó de desmerecerme? ¿Qué hacés? le pregunta Graciana. Ella se desconcierta. ¿Cómo que qué hago? Con tu tiempo. Ella recibe una descarga eléctrica. Te aseguro que con la nena el tiempo no me sobra. Los primeros meses con Bruno fueron desesperantes para mí; me resistía a ser solo una máquina productora de leche; los días se me hacían eternos; metía al bebe en el carrito e iba de casa en casa, precisaba hablar con alguien, Juan llegaba tarde y Aurora es una joya pero no le sacás una palabra con tirabuzón; fue una bendición retomar el trabajo; volvía del despacho muerta de ganas de ver al nene y recién entonces empecé a disfrutarlo realmente; más a medida que iba creciendo, cuando empezó a hablar, que comenzó muy chiquito, fue maravilloso; me puedo relacionar con él en la medida que es un sujeto de razón; ahora jugamos juntos, le leo cuentos. Ella la escucha y cavila. Cuántas maneras diferentes de ser mamá.  Laura y Graciana en las antípodas y ambas aman a sus crías. ¿En dónde quedo yo?, evalúa, ¿cómo habrá sido mamá conmigo en mis primeros años? Empiezo hablar y no paro comenta Graciana te estaba preguntando a vos cómo ocupás tu tiempo. Me aburro confiesa ella cuando la nena duerme me aburro tanto y como si fuera una canilla a la que se le rompió el cuerito continúa pero no me aburro desde que nació Ema sino desde mucho antes. ¿Desde cuándo? ¿Le puede poner una fecha a su desazón? Sí, puede. Desde que me casé responde. ¿Por qué dejaste de trabajar, Paz? En realidad, nunca llegué a trabajar; me recibí y me casé. ¡Qué desperdicio! exclama Graciana siempre pensé que serías una excelente maestra. Mayúscula su sorpresa. ¿Por qué? inquiere. Siempre me pareciste muy dulce, desde que eras nena. Que Graciana tuviera opinión formada sobre ella le resulta absurdo. Claro, dulce; dulces son las nenas insignificantes. Además, Juan me decía que eras muy inteligente, que tenías mucha facilidad para el estudio, parece que algún profesor tuyo se lo comentó. Ella sigue azorada. ¿Juan Bautista alguna vez se dignó a hablar sobre ella con su novia? Ese hermano con el que cree nunca sostuvo una charla trascendente. ¡Ya me acuerdo!, la persona que te hizo la orientación vocacional era la prima de un amigo de él, Ignacio. El llanto de Ema la sobresalta. Voy a buscarla dice ella. Minutos después regresa con la criatura. Graciana la alza y la besuquea, luego ella la alimenta, luego la cambia, luego llega Pedro. La conversación definitivamente interrumpida. En el momento de la despedida su cuñada le propone te llamo un día de estos y te venís a casa; no me gusta dejar a Bruno tanto tiempo, con el trabajo ya es más que suficiente, es muy pegote conmigo, me extraña. Pedro que andaba por ahí pregunta ¿y cómo se supone que va a ir si no maneja? ¡Se toma un taxi!, tener una hija no la convierte en una discapacitada. Pedro la acompaña hasta abajo. Cuando regresa comenta tu madre tiene razón, Graciana es así porque Juan Bautista nunca le paró el carro. Afortunadamente, piensa ella. Lo piensa, pero no lo dice, claro.
31
 
Cenaron casi en silencio. La cabeza de Paz girando sin parar. Como una ruleta que da vueltas indefinidamente mientras uno espera que la bolilla caiga en el número que acabamos de coronar, piensa. Su padre la llevó a conocer el casino antes de los dieciocho. A él le gustaba mucho jugar. Con generosidad, pero con mesura, evalúa. Como su madre detestaba ir, está lleno de gente vulgar, decía, ella solía acompañarlo. Le enseñó a apostar. Con cualquier número que aciertes debés, al menos, recuperar la postura. Plenos, semiplenos, cuadros y calles. A ella le gustaba jugar. Aunque lo que más le gustaba era estar con su padre sin la presencia de su madre. Su padre le enseñó, también, a jugar al ajedrez. Muchas cosas le enseñó. Sin embargo, la más importante aún sigue pendiente.

 

Papá, ¿me podés enseñar a manejar?, le pregunto cuando Rosaura trae el café. Claro, sos la única que me falta, me contesta mientras revuelve el pocillo, el fin de semana combinamos; a tus hermanos les enseñé en los lagos de Palermo. No me parece buena idea, acota mamá y enseguida me doy cuenta de que empezamos mal. ¿Y en dónde sugerís que practiquemos?, le pregunta papá. Todavía no tiene dieciocho. Los cumpliré en unos meses. Sé perfectamente cuando cumplís años, pero es un riesgo poner al volante a una menor, lo comprometés a tu padre. Pero mis hermanos empezaron a practicar a los dieciséis, trato de convencerla. Sí, pero son varones. Papá, que estaba callado, reacciona y pregunta: ¿y eso qué tiene que ver? Los hombres tienen mucha más facilidad para manejar, pareciera que nacen dotados; vos sos muy nerviosa, temerosa, no estás todavía lista para eso; con la bicicleta también te costó. Yo quisiera recordarle que no es que me costó, si no que ellos no se ocuparon; me enseñó la mamá de Leticia, pero me callo. ¿No tengo razón, Esteban?, le pregunta a papá que se puso a leer el diario. Él se encoge de hombros. Vos la conocés más que yo; cuando decidan que está a punto me avisan. Yo me levanto de la mesa porque no quiero que mamá me vea llorar. Después dice que soy blandengue, que tengo que aprender a controlar las emociones. No se llora en público, me decía desde chiquita. Hice mal en preguntarle a papá frente a mamá. De todos modos, imposible pretender que algo se le escape. Aprenderé más adelante. 

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La nena se despertó cuatro veces en la noche. Mamaba apenas, se dormía y a la hora empezaba a llorar. Pedro, disgustado, se mudó al sillón. Ella acaba de despertarse, ya son las ocho. Se asoma al cuarto de la nena: silencio. Se dirige al living: Pedro ya se fue. Se prepara un café que bebe de pie. Está agotada. Se dispone a darse una ducha cuando escucha los quejidos de Ema. Cierra los ojos y menea la cabeza, no puede más. Va a verla. Respira raro. Corre la cortina y la observa. Esta muy colorada. Le roza la mejilla con la mano: arde. El corazón se le detiene. El pánico la paraliza. No puede ser que su hija esté enferma porque ella no sabe qué hacer. Luego de unos eternos instantes va a buscar el celular. La nena está mal, vení por favor pide llorando. No te asustes, Paz, en media hora estoy por allá contesta su madre. Ella exhala con alivio. Va al cuarto de la nena. Recién entonces se anima a alzarla. La carita es una brasa. Tranquila, mi amor dice ya viene la abuela. Nada malo puede suceder. Mi mamá me cuida.

 

Ema Blaquier anuncia la secretaria. Qué extraño escuchar el nombre completo de su hija. Entran las tres. Montalván es el pediatra de las nenas de Luján. Ella se lo recomendó. Es la segunda vez que lo ve, pronto le tocaba el control de los dos meses. La primera vez también fue con su madre: a Pedro le había surgido una reunión impostergable. El hombre revisa a la beba que aúlla a todo pulmón. Tiene treinta y ocho informa el médico. Yo le tomé la temperatura antes de venir explica su madre estaba casi en treinta y nueve. pero le puse unos pañitos fríos en la frente y la desabrigué. Paz se siente inútil. Un ente. El médico, sin embargo, no presta atención a los comentarios de su madre y se dirige a ella. Es importante que no te asustes, Paz, si te ponés nerviosa la nena se alterará más; es muy frecuente que los bebés levanten temperatura; la próxima me llamás por teléfono antes de venir, quédate tranquila, tu hija está sana; la estás cuidando muy bien; esto es solo un resfrío. Los ojos de ella se llenan de lágrimas. Gracias, doctor dice muchas gracias. ¿No la va a pesar? pregunta la madre. El hombre mira la ficha. Tiene control la semana que viene; no es bueno estar pesando a los bebés a cada rato, les genera ansiedad a las mamás; pero para que usted se quede tranquila, señora, la vamos a pesar. La nena redobla el llanto cuando la ponen en la balanza. Subió seiscientos gramos informa el médico. ¿No precisará complemento?, mis bebés aumentaban más de un kilo por mes. Las criaturas amamantadas aumentan alrededor de ciento cincuenta gramos por semana, señora y dirigiéndose a ella agrega Ema está perfecta, Paz, seguí como venís. Gracias, doctor reitera ella.

 

La nena llegó dormida y durmiendo continúa. Ya no está tan calentita. Montalván indicó que no la despertara ni que le insistiera para comer. Ella sabe lo que precisa dijo. Su madre insiste en quedarse hasta que llegue Pedro. Emociones contradictorias. Por un lado, su mamá la hace sentirse insegura en su desempeño materno; por otro, sentir a su madre cerca le da seguridad. Mamá me cuida. En cuanto Pedro aparece, su madre se va. Tu padre me espera para cenar se justifica. Bajan juntos. ¿Qué dijo Montalván? pregunta Pedro al regresar. Ella le cuenta. Me dijo que la estoy criando muy bien concluye, orgullosa. Pedro hace una mueca. Se contagió en la plaza dictamina. Ella se queda en silencio. Dónde se lo habrá pescado había sido el comentario de su madre que ella simuló desoír. Evidentemente hablaron en el ascensor. Algo le ruge por dentro. Quizá vos trajiste virus del despacho, estás permanentemente con gente. Él la mira arqueando las cejas. Lo único que falta es que digas que el culpable soy yo. Claro, si lo obvio en esta familia es que los errores sean siempre míos; no es cuestión de buscar responsables; la nena se resfrió y punto el volumen de su voz va subiendo me dijo Montalván que es muy frecuente, que me vaya acostumbrando; saco a la nena para que tome aire y sol y, además, para ventilarme yo; vos llegás cada día más tarde, me asfixio aquí adentro, todo el día sola. Él guarda unos instantes de silencio. Luego hace un gesto despectivo y dice se nota que anduvo Graciana por acá, que estás tan levantisca agarra su portafolios y agrega me voy a duchar. Ella se queda con el corazón galopando. Tanto que se lleva las manos al pecho. Desde el pasillo Pedro pregunta ¿hay algo para comer? Ella va a seguir confrontándolo, pero inspira hondo y luego dice sacaré una pizza del freezer.

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La nena ya está bien. Tres días de pesadilla. Llanto y más llanto. No lograba dormir más de dos horas seguidas. Noches eternas. Pedro mudado al living. Cuando Teresa llegó esta mañana, ella tuvo que enfrentar una difícil disyuntiva: ¿tirarse a descansar un rato o salir a dar una vuelta a manzana? Optó por lo segundo. Sentía que le faltaba el aire, tanto o más que a la mismísima resfriada nena. El primer día apareció su mamá, por supuesto. Pero ya superada su angustia y sus miedos con las mágicas palabras de Montalván, la visita se convirtió en un suplicio. Las palabras de su madre siempre tuvieron un alto peso específico. En cada sílaba contenidas mil intenciones. Frases que parecen decir una cosa pero a las que ella, con un entrenamiento de veintitrés años, descubre su cabal significado. Su madre manejaba como nadie el arte de decir sin haberlo hecho, de obligar con guante de seda. Ella siempre había sido una mosca en su tela de araña. Ahora, al menos, era consciente de su manipulación. Manipulación de la cual aún le cuesta tanto desprenderse. Estar con su madre la deja agotada, tan enorme la energía que tiene que dedicar para no ser avasallada con sonrisas y atenciones, para no sucumbir a la culpa que le genera su propio rosario de justificaciones: lo hace porque me quiere, su intención es protegerme, siempre está cuando la preciso, etc., etc., etc. Ayer, cuando regresó de dar una vuelta manzana, encontró a Ema en brazos de Teresa. La mujer le hablaba y la nena la miraba y sonreía. Un impacto. Esto es lo que precisa mi hija, pensó. Y cayó en la cuenta de que en esos dos meses solo la habían cargado ella, Pedro, su madre, Benja y, fugazmente, Graciana. Pedro, que en un principio estaba muy presente, cada vez participa menos de los cuidados de la nena. La única que se brinda a ella, tiene que reconocer mal que le pese, es su madre. Hoy, cuarto día, Ema amaneció rozagante, un derroche de sonrisas, gorjeos. Laura tiene razón, Graciana tiene razón: es una beba preciosa. Un brillo en la mirada que la derrite. Durante el embarazo temió no poder querer a su hijo, sentía sus emociones anestesiadas. Emociones que se fueron despertando al tiempo que lograba conectar con su beba. Sentirse amada. Solo pudo amarla plenamente en la medida en que se percibió amada por su hija. Si ella dudaba del amor que sentía por su propia madre, ¿cómo suponer que su hijita podría quererla? Sacude la cabeza. El día está demasiado lindo para desperdiciarlo en elucubraciones. La llamará a Laura. No precisa la autorización de Pedro para llevar a su hija al parque. Le estrenará el enterito lila. Pronto le quedará chico.

 

Le hizo mucho bien charlar con Laura. Tincho también le había dado un susto. Otitis en su caso. Su amiga le contó con detalle su proyecto laboral, acceder a su propio taller, no depender de nadie. Tanto el entusiasmo que se desprendía de su voz que ella se sintió vacía. Alguna vez, cuando recién empezaba a estudiar, fantaseó con una compañera en poner un jardín de infantes. Fantasía que nunca accedió a la categoría de proyecto. Cómo si ni siquiera atravesó la experiencia de estar frente a una sala con niños bajo su absoluta responsabilidad, más allá de las prácticas mientras cursaba. Cómo si ni siquiera sabe si es esa su vocación. Piensa, ahora, que si tanto le gustaran los niños habría estado más cerca de sus sobrinos. Le duele el desinterés de sus hermanos por Ema que, sin embargo, es reflejo de la indiferencia de ella por sus retoños. ¿Por qué estuve tan lejos?, se pregunta.

 

Mamá, quiero ir a ver a Lupe, le pido. Con los recién nacidos hay que evitar las visitas, me contesta. Pero Luján el domingo me dijo que fuera cuando quisiera, que está muy aburrida; además no es una recién nacida, ayer cumplió un mes y todavía no pude tenerla a upa. Los bebés no son muñecos, Paz, no te equivoques; vos vas al colegio, estás en contacto con muchos chicos, lo único que falta es que le trasmitas bacterias a la criatura. Ya tengo catorce, mamá, no estoy con nenes. No, con adolescentes que es peor; más adelante iremos a visitarla. ¡Pero vos vas a cada rato! Como no voy a ir si es mi primera nieta. ¡Es mi primera sobrina también! No hay punto de comparación; en cuanto tengas un noviecito, Lupe desaparecerá de tu vida, en cambio siempre será importante para mí; los lazos con los tíos van y vienen; con los abuelos, perduran.

 

Recuerda el comentario de Graciana. Ata cabos y más cabos. La estrategia de su madre para mantenerse en el centro de la escena ha sido y es limitar los lazos entre los restantes integrantes de la familia. Ella como ineludible punto de conexión. Sin poder detectar cómo y por qué, uno se encuentra preguntándole a ella que precisa Juan Cruz para el cumpleaños, si Juan Mateo logró vender el departamento, si finalmente ascendieron a Juan Bautista, si Luján mejoró de la gripe, dónde le festejarán el cumpleaños a Lupe. Ella creyó ser la única sometida a este mecanismo, pero, descubre ahora, también Graciana, la fuerte Graciana, le consultó a su madre si era aconsejable que visitara a Ema. Permiso que le fue denegado. Vienen a su mente infinitas situaciones con su padre donde su madre actuó como ¿intermediaria? Como distanciadora, decide. Divide y reinarás. Lo único que su madre no pudo lograr, a pesar de haberlo intentado desde la hora cero, fue impedir su vínculo con Benjamín. Porque el amor es más fuerte, como cantaba Tanguito.

 

Pedro llegó cuando la nena ya estaba bañada y dormida. Otro día casi sin verla. Mientras cenan él pregunta ¿cómo transcurrió el día? Ella duda. Si le cuenta que estuvo con Laura habrá discusión asegurada. Abre la boca para responder como siempre, sin embargo, al instante se avergüenza de sí misma. Fuimos a la plaza dice, mirándolo de lleno. Pero la chispa que detecta en los ojos de él la hace desviar los suyos. Se incorpora mientras anuncia voy a poner el agua para el café. De espaldas a él, espera la réplica. Sin embargo, él solo comenta traje unos Havanna que me regalaron, los dejé sobre la mesada. ¿Quién? pregunta ella. Una clienta.

34

 

Ya llegué le escribe Benjamín ¿estás disponible? Para vos siempre contesta ella. ¿Me invitás a almorzar? pregunta su hermano. Obvio. Estaré alrededor de la una. Ella se dirige a la cocina y abre la heladera. Teresa dejó un lomo de cerdo a la naranja que ella destinaba para la cena, pero rápidamente decide que el agasajado será Benja. Está contenta. Tantas ganas de ver a su hermano. Mientras prepara un puré Chef piensa en qué le pondrá a la nena. ¿El vestidito que le trajo Graciana? Quiere lucirla. Ya le dio de mamar y la está cambiando cuando suena el timbre. Levanta a su hija a medio vestir y acude a atender. Benjamín envuelve a ambas en un apretado abrazo. La nena protesta. Él la alza sin consulta previa. Ema lo mira frunciendo las cejas. ¿Así recibís a tu tío favorito? exclama Benja, sonriéndole. La chiquita va aflojando el gesto hasta que surge una tímida sonrisa. Me la morfo. Sonrisa que se torna franca al tiempo que Benja la levanta en el aire y la agita. ¡Con cuidado! pide ella, luego la sustrae y dice acompañame que termino de vestirla. Regresan con la nena emperifollada en brazos de Benja. Ella apoya la cacerola sobre la hornalla y enciende el fuego. Coloca el puré en el microondas. Selecciona la vajilla, la pone sobre una bandeja y está por llevarla al comedor cuando Benja dice mejor comamos acá. Ella distribuye los platos sobre la mesa de la cocina y saca las bebidas de la heladera. Listo dice minutos después. ¿Qué se supone que haga con esta señorita? pregunta su hermano. Ella, con la nena cargada, va a buscar el cochecito y allí la acuesta. Hija, por favor, dejanos comer tranquilos, es importante para mí. Porque sí, le habla, Pedro se ríe pero ella siente que la nena la entiende. Empuja el carrito hasta la cocina. Casi no te espero comenta Benja esto huele demasiado bien. En ella, emociones contradictorias. Quiere hablar y teme hablar. Como si recién al poner en palabras sus sentimientos, sus pensamientos, estos cobraran cabal existencia. Por eso hace preguntas que su hermano responde con entusiasmo. Porque sí, Benja está entusiasmado. Como Laura, evalúa ella. Ojalá pudieran transfundirme el entusiasmo, piensa. Pero no vine a hablar de mí dice Benja, levantando ambas palmas. Y ante el silencio de ella, pregunta ¿cómo estás con Pedro? Su hermano fue directo al grano, ¿cómo esperar algo diferente de él? No sé responde ella, bajando la vista. Benja le levanta el mentón con delicadeza. ¿Te ayudo a pensarlo? Después de unos instantes ella confiesa no es Pedro en sí, es toda mi vida; la presente y la pasada; y, lo que es peor, la visión de mi futura vida; soy una marioneta; desde que nací a merced de quién moviera mis hilos; quizá fui cambiando de titiriteros, pero siempre colgué de piolines manejados por otros; no me exculpo, todo lo contrario, seguramente me resultó más sencillo dejar que otros decidieran por mí que asumir la responsabilidad y los riesgos de mis propias decisiones. A medida que habla siente que la fibra que la constituye, durante años contenida en una madeja amorfa sostenida entre manos ajenas, empieza a convertirse en un ovillo compacto ahora sí sostenido por sus propias manos. Se produce un silencio denso, casi se puede escuchar el ruido de las neuronas trabajando. El pasado es inmodificable arranca Benjamin sin embargo, reflexionar sobre él nos permite descubrir por qué somos lo que somos, por qué nos pasa lo que nos pasa; es una plataforma de partida inamovible a partir de la cual sí podemos transformar nuestro presente; solo asumiendo nuestras falencias existe la posibilidad de repararlas; pero ojo, como dice mi analista, es muy tentador quedarnos atrapados en nuestro lugar de víctimas, de los otros pero sobre todo de nosotros mismos: el gran desafío es atreverse a abandonar el personaje que, aunque nos haya deparados más tristezas que alegrías, nos permitió sobrevivir. Benja calla y toma un vaso de agua. Así estoy dice ella al cabo de un rato. ¿Y qué pensar hacer para dejar de estar así? No sé por dónde empezar. Pareciera ser que el objetivo primordial es conseguir autonomía. Ella asiente con la cabeza. Más allá de la autonomía de pensamiento, que es lo que estás conquistando, hay un punto fundamental. Ella lo mira con intensidad. La autonomía económica. Me lo dijiste hace mucho, pero no supe escucharte. Él se encoge de hombros. Confío en que ahora sí. Estos últimos días no paro de pensar que soy una mantenida; me siento inútil de toda inutilidad dice mientras se agarra la cabeza con ambas manos. Es interesante comenta él te sentís inútil en el momento más productivo de tu historia; generaste una personita y la estás criando; lo extraño es que no te hayas cuestionado tu dependencia hasta este momento. ¡Es que Ema me despertó! exclama ella descubriéndose el rostro no sé cómo explicártelo. Muy bien dice él al tiempo que le aprieta ambas muñecas centrémonos en el presente; qué podemos hacer para ir perfilando un futuro sin cadenas. La frase la sacude. Si viniera de cualquier otro se sentiría ofendida y le saldría al cruce. Sin embargo, si hay alguien que la quiere bien, ese es Benja. No tiene ninguna duda. Ninguna idea de cómo arrancar, tampoco.  Lo primero es que consigas una fuente de ingresos dictamina su hermano y luego pregunta ¿ya pensaste en algo? Ella menea la cabeza. Sos maestra; habrá listados en jardines del estado donde puedas anotarte, escuelas privadas donde ofrecerte, contactos a los que se puede recurrir; recuerdo que una profesora te había ofrecido un puesto. ¿Y a Ema la rifo? No estoy pensando en mañana sino en un futuro, un futuro que no debiera ser lejano; un futuro próximo, diría yo; cuando consigas un trabajo ya resolverás qué hacer con la nena; no serás la primera mujer ni la última que encuentra quién le cuide a un bebé. Ella piensa en Laura, en Graciana, en Teresa. Tres soluciones diferentes para tres clases sociales diferentes. También piensa en Luján, en Micaela. Como si pudiera leer su mente Benja comenta no estaría mal que te dedicaras en exclusividad a tu hija si eso te hiciera feliz, es la decisión de muchas mujeres; sin embargo, en tu caso particular, si no me equivoco, el problema no es tu hija, el problema es tu marido, ese marido que, asociado a tu madre, a nuestra benemérita madre,  considera que le pertenecés; vos creés que no trabajás pero sí que trabajás, tu empleo consiste en ser una esposa perfecta, una anfitriona impecable  para sus prestigiosos clientes; una compañera bella y culta para cenas y salidas laborales; bah, lo que fue mamá para papá, con la gran diferencia de que mamá eligió voluntariamente ese rol y disfrutó al ejercerlo, en cambio a vos te fue adjudicado casi sin que te dieras cuenta, fuiste entrenada desde pequeña para ejercerlo; tenemos que reconocer que mamá hizo un trabajo excelente.. A medida que su hermano habla, ella se siente más y más pequeñita. De pronto la sacude una duda ¿Benjamín está hablando a su favor o dándole salida al rencor acumulado hacia su madre? ¿Otra vez soy un instrumento?, se plantea. Benja, no nos enredemos reacciona preciso que me ayudes a pensar en cómo salir de esta. Su hermano la suelta y dice tenés razón, volvamos al nudo; también podrías trabajar de otra cosa; veamos cuáles son las alternativas: trabajar en una escuela, emplearte en otro rubro o tener un emprendimiento, no hay más. ¿Otro rubro? pregunta ella, interesada. Sos una chica preparada, podrías ser administrativa en cualquier oficina. ¿Y quién me va a tomar si no tengo experiencia alguna? Decir que estoy en Rosario, no sabés lo bien que nos vendrías en el estudio; andamos a los tumbos con las secretarias; los Juanes seguramente podrían emplearte o recomendarte, pero no creo que quisieran enfrentarse con Pedro y, sobre todo, con mamá. Ema se queja. Ella se incorpora, acerca el cochecito y lo mece. La nena se tranquiliza. Estuvo Graciana le cuenta a su hermano me dejó sorprendida, creo que Juan Bautista y ella no son como el resto de la familia dice y luego le cuenta lo charlado. Ahí tenés una punta comenta Benja quizá Graciana te pueda dar una mano; he tenido poco trato con ella, pero siempre me pareció una mina inteligente, por algo nunca fue santo de devoción para mamá. Ella se fastidia. No podés decir dos oraciones sin traer al ruedo a mamá. ¡Es que me arruinó la infancia y la adolescencia! grita él. Ema se sobresalta y comienza a llorar. Perdón, sobrina pide Benja, alza a la nena y comienza a caminar meciéndola. ¿Preparo un café? ofrece ella. Minutos después se sientan nuevamente. Ema de parabienes en la falda de su tío. Lo más complicado será que Pedro me permita trabajar dice ella de pronto. ¿Te estás escuchando? pregunta Benja, irritado. Ella experimenta una súbita vergüenza. ¿No contemplás la posibilidad de empezar una terapia? propone su hermano. Ella está por decir Pedro no me va a dejar pero calla
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La profesora de psicología nos contó sobre el psicoanálisis. Freud, Lacan. Me parece fascinante. Siempre sentí que hay algo que no está bien en mí. No soy como las demás chicas. Leticia siempre dice que me falta pila. La mayor parte del tiempo estoy triste. Sé que no tengo motivos, todo parece estar bien en mi vida, pero yo me siento hueca, vacía. Vieja. Sí, soy una adolescente vieja. A veces me da miedo porque siento que no tiene sentido seguir. La profesora habló de la cura a través de la palabra, se trata exclusivamente de hablar. Entonces me quedé pensando en que yo nunca pude hablar de lo que de veras me pasa, cómo si todos me ven como una chica sin problemas que no da problemas. Me parece que Leticia es la única que me percibe de verdad. Benja a veces me pregunta si estoy bien. Yo le digo que sí porque no lo quiero preocupar, ya bastante tiene él con lo suyo y con su enfrentamiento constante con mamá. Pero yo no estoy bien. Estoy cada vez peor. Hoy me costó levantarme. Por eso estoy esperando que mamá venga del té canasta, dijo que a las seis. Me asomo a la ventana para poder agarrarla antes de que se ponga a organizar la cena con Rosaura. Ahí se acerca un taxi. Sí, es ella. bajo las escaleras corriendo y le abro la puerta. Necesito hablar con vos, le digo para no arrepentirme. Me mira sorprendida. ¿Pasó algo? Niego con la cabeza. Acompañame a mi cuarto y charlamos mientras me cambio, propone. Cuelga el tapado en el placard, se saca los tacos altos y se pone mocasines. Me estaban matando, dice y luego me pregunta ¿qué querías decirme? Trago saliva, junto fuerzas y digo: quiero hacer terapia. ¡¿Qué?!, exclama. No me siento bien y la profesora de psicología nos contó que hay un tratamiento que me puede ayudar. Mamá se sienta. Lo único que falta es que en la escuela te llenen la cabeza de pajaritos; a ver, ¿qué es lo que te pasa? Estoy triste, digo. Mamá se para y comienza a caminar. Claro, la princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?, se burla, se ve que no tenés problemas serios, triste, estarás aburrida; a lo mejor si te pones a hacer algo por los demás se te pasa; andá hablar con el padre Mario, contale y seguramente va a encontrar alguna tarea en la parroquia en la que puedas ayudar; en mi tiempo cuando uno estaba confundido hablaba con el cura no con un loquero; escúchame, Paz, en esta familia, nadie necesita un psicólogo porque nadie está loco, arreglamos nuestros problemas entre nosotros, así que si te ronda alguna preocupación no tenés más que contármela a mí que soy tu madre, ¿quién podría conocerte y entenderte mejor? Yo lo único que quiero es irme. Me maldigo mil veces por haberle dicho algo, en qué cabeza cabe. Está bien, mamá, digo. Vení, dame un beso, pide, ahora me voy a la cocina, pero cuando quieras charlamos con tiempo y me contás qué te está pasando, ¿de acuerdo? Me acerco y le doy un beso. Gracias, mamá, digo. Y salgo. A lo mejor mamá tiene razón y pronto se me va a pasar. A lo mejor.

 

 

Me voy porque tengo una cita en un estudio informa Benjamín mientras busca su abrigo no me di cuenta de la hora. ¿Le cuento a mamá que estuviste?  pregunta ella al darle un beso porque su madre acaba de decirle que en un rato pasará a ver a la nena y ella no encontró cómo negarse. Hacé lo que quieras, igual pienso llamarla la mira y con sorna dice es mi madre, ¿no?, estará deseosa de verme. Ella lava las tazas del café y ordena el living. Mamá se fija en todo, piensa. Y acierta porque cuando media hora después aparece su madre, ni bien ve a la nena comenta ¿y este vestidito? Se lo regaló Graciana, informa ella y percibe como su mamá levanta las cejas e inclina levemente la cabeza. ¿Vino? pregunta su madre. Sí, la semana pasada. Qué raro ella haciendo visitas familiares. Paz lo deja pasar, no quiere escucharla hablar sobre su cuñada. Hoy tuve otra visita opta por comunicar. ¿Quién? Tu hijo menor. Hijo que no se ha dignado llamar a su madre. Me dijo que se iba a comunicar con vos. Su madre ladea la boca. También podés llamarlo vos dice ella. Su madre la mira con fijeza. Es él quien se fue a Rosario. Ella siente algo espeso que trepa por su laringe pugnando por salir. Inspira y se dice: mejor no. ¿Por qué no?, piensa después, ¿hasta cuándo no? Ese algo espeso logra franquear su garganta. ¿Nunca te preguntaste por qué tuvo que irse? Ahora es de sorpresa la expresión de su madre. De alerta, precisa. Consiguió un buen trabajo. Como una fiera que huele sangre, ella comprende que no largará su presa. Quizá se te olvidó que el trabajo que tenía aquí era mucho mejor. Su madre le da la espalda y se dirige hacia el cochecito de Ema. Ella la agarra del brazo con fuerza y la hace girar. ¡Se fue porque ya no aguantaba que lo hubieras borrado de tu vida! grita. ¡Qué disparates estás diciendo! ¡El disparate es que nunca hayas podido admitir que tu hijo es homosexual! Benjamín no es así, está confundido, ya se le va a pasar dice su madre intentando liberarse del contacto. Ella aumenta la presión. No, mamá, Benja es gay, mal que te pese, hace años que vive con Fabián; se quieren. La madre da un tirón y se libera. Se tapa ambos oídos con las manos. Es tu hijo, mamá, no lo podés abandonar; yo sé bien cuánto ha sufrido por tu desamor desde que es chico. La madre se deja caer en el sillón y ahora se cubre el rostro. No es desamor, a los hijos no se los desama, ya lo sabrás con Ema; es que no lo puedo soportar; me cortaría una mano para que cambiara dice entre lágrimas.  Ella la mira estupefacta: nunca vio llorar a su madre. Se sienta a su lado. Benja no va a cambiar; sos vos la que tenés que cambiar tu actitud. Ema llora. Ella se levanta, se acerca al carrito y la alza. Cuando regresa, su madre ya se incorporó. Me voy informa mientras busca su cartera. Ella le abre la puerta. Su madre sale sin saludarlas. Trastabilla antes de llegar al ascensor. Ella cierra.

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Mientras cenan, Pedro pregunta ¿novedades? Vino Benjamín informa ella y agrega y mi madre. Qué raro dice su marido hace un rato hablé con ella y no me contó. Ella duda un instante, pero luego inquiere ¿cómo la escuchaste? Pedro levanta las cejas. ¿Por qué me lo preguntás? Se fue mal. ¿Por qué? Ella comenzó un juego que no piensa dejar inconcluso. Estuvimos charlando sobre Benjamín. ¿Le pasó algo? Lo único que le pasa es que es homosexual y mamá no lo puede tolerar. ¡Qué estás diciendo, Paz! Que aunque siempre me hayas esquivado el tema, bien sabés que mi hermano es gay y vos tampoco lo podés soportar. Pedro bebe un trago de vino. Eso pertenece a su vida privada. ¡Y lo que ustedes no pueden tolerar es que se haga público! grita. Calmate, Paz; cada vez que viene tu hermano te ponés histérica. Ella baja los cubiertos, lo mira y dice ¿hay algo que tengamos en común nosotros dos? se levanta y se dirige al dormitorio. El corazón le retumba tanto que teme estallar. ¿Y ahora qué? Le sobreviene un súbito terror. Va hasta el baño y se lava la cara. Regresa a la cocina. Se sienta ante su porción de tarta. Lo que sobró del lomo de cerdo se lo sirvió a Pedro. Comen en silencio. Obviarán el café. Cuando se acuesten, él se le aproximará. Y ella lo dejará hacer.

 

Se levanta y prepara el desayuno. La nena duerme aún. Solo se despertó una vez a las tres. Pedro aparece en la cocina. Buenos días dice. Ella teme que saque a relucir el tema de Benjamín, que le reitere que no quiere que esté en contacto con la nena, pero no dice nada. Toma el café leyendo el diario. Hace comentarios sobre los titulares. No lo entiendo, piensa, soy incapaz de predecir sus estados anímicos. Quizás está de buen humor porque anoche tuvieron sexo. Tampoco se entiende a sí misma. La Paz empoderada que enfrentó a madre y marido terminó acostándose con él de puro miedo. Miedo a sí misma. Porque empezó un camino que no sabe cómo seguir. Que no se anima a seguir. Quisiera meterse en la cama y taparse la cabeza con el acolchado. Desaparecer. No tengo ninguna posibilidad, se dice, la nena depende de mí. Teresa aparece cuando aún están desayunando. ¿Quiere un café? ofrece ella. Pedro la mira. No, señora Paz, muchas gracias. Él se para y le da un beso. Después te llamo y te aviso a qué hora regreso dice. Cuando se queda sola insiste ¿de veras no quiere un café? Bueno, señora, si no es molestia dice tendiéndole una taza. Taza que ella llena. Quisiera preguntarle tantas cosas, pero solo comenta el lomo estaba riquísimo, mi hermano lo superalabó. Me alegro mucho, ¿qué quiere que le cocine hoy? Ella recuerda las listas que su madre efectuaba todos los domingos; buscaba recetas en las revistas que luego le daba a Rosaura. Benjamín tiene razón: su madre tuvo y tiene vocación de esposa. Una excelente compañera, anfitriona como hay pocas. Ella no tiene pasta. Recuerda la canción de Serrat: sin saber el oficio y sin vocación. El oficio podría aprenderlo, aún es muy joven. Su madre podría terminar de formarla. Sin embargo, la vocación es intransferible. Y ella, decididamente, no la tiene. Lo que a usted le parezca, Teresa contesta. Ayer su madre me encargó que hiciera lasagna de carne, espinaca y queso; dicen que salió muy rica; ¿le parece buena idea? ¿Cómo cuestionar una decisión de su madre, experta entre las expertas? De acuerdo contesta y está por preguntarle cuánto dinero precisa cuando desiste. Anóteme lo que necesita y voy a comprarlo yo. Una hora después regresa a la cocina. Recién le di de comer a la nena y ya está durmiendo; ¿me la mira mientras salgo? Porque necesita desesperadamente salir. Sola, salir. Vaya tranquila, señora, cualquier cosa la llamo al celular. Busca una bolsa, agarra la cartera y se dirige hacia la puerta. Ya en la calle, inspira hondo. Tiene ganas de correr. Necesidad. Se siente viva. Repentinamente muy viva. Va a Carrefour. Comprará todo allí, aunque su madre siempre le insiste con que la verdura es mala. Cara y mala. No podría importarle menos. Solo elige lo solicitado por Teresa. Ya hará una compra grande online el jueves, que tiene descuento. Muchas cosas le enseñó su madre, le sigue enseñando. De regreso hacia su casa pasa por un Havanna. El olor a café la atraviesa. Guiada por el aroma entra y se sienta. Un cortado y una medialuna de manteca pide. Lo toma leyendo el diario. Desde que nació Ema está muy desconectada de la actualidad. Su celular vibra. La nena se despertó, pero todavía está tranquila informa Teresa. Ella mira el ticket, deja el dinero sobre la mesa y sale. Está contenta. Mientras camina le sobreviene una gran necesidad de ver a la nena. De abrazarla. Apura el paso.

 

Encuentra a Teresa con la beba en brazos. Ella deja la bolsa, alza a la criatura y se dirige a su dormitorio. Se recuesta y apoya a la nena en sus piernas flexionadas. La chiquita responde a sus sonrisas e intenta balbucear. La maravillan los progresos diarios de su hija. Me reconoce, piensa, con Pedro no se ríe así. Con su madre sí, tiene que admitir, se deshace en sonrisas. ¿Más que conmigo? No, claro, con ella más porque es la mamá. ¿Estoy compitiendo con mi madre?, se plantea. Teresa golpea la puerta. Señora Paz, me olvidé de decirle que ni bien salió llamó la señora Graciana.

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Esta lasagna está espectacular comenta Pedro se parece a la de tu madre. Ella debiera decirle que sí, que le dio la receta, que alguna vez la prepararon juntas, sin embargo, está harta de fingir. Claro informa si la que cocina en ambas casas es Teresa. Él hace un gesto de sorpresa, pero luego agrega lo importante es saber dirigir al personal. A ella la impacta la frase. ¿Tengo personal? Absurdo pensarse patrona cuando toda la vida actuó bajo indicaciones. Recuerda el día del parto. ¿Indicaciones? Órdenes. Siempre actuó según se esperaba de ella. A veces las instrucciones eran claras y precisas. Sin embargo, también estaban las otras, en tanto sutiles, mucho más peligrosas. Su falso albedrío. Y como se siente tan avergonzada de sí misma informa hoy llamó Graciana; mañana a la tarde iremos a su casa. Me tranquiliza que vayas con tu madre. ¿Por qué lo suponés? Porque dijiste iremos. Me refería a Ema y a mí. Pedile a tu madre que te acompañe, no me gusta que andes sola por la calle con la nena, menos aún que te tomes un taxi; no sé cómo te vas a arreglar con beba y cochecito. Ella percibe cómo va creciendo en ella la irritación. No soy inútil dice cualquier mujer se las arregla para trasladarse con sus hijos. Él sonríe. Raro sonríe, califica ella. Además, quiero hablar con Graciana a solas. Él se endereza en la silla. ¿Se puede saber de qué? ¡De lo que me dé la gana! Pedro arruga la servilleta y se incorpora. Estoy intentando tener paciencia, Paz, pero ya me cansa tu impertinencia; parecés una adolescente pendenciera. A ella se le devela el misterio: está empezando a vivir su adolescencia. Intentando tener vida propia, rebelándose contra los límites. Esa adolescencia que nunca transitó, siempre plegada a los deseos de los otros. Leyó hace poco que la adolescencia es como un segundo nacimiento. Sí. Precisó que naciera su hija para renacer con ella. Mientras él se aleja ella le pregunta ¿vas a tomar café? Él, camino al dormitorio, no le contesta.

 

Duda ante el armarito abierto, pero finalmente se decide por el vestidito que le regaló Graciana. Ella se pondrá el jean negro, ya se lo probó y, aunque un poco ajustado, le entra. Y la blusa gris perla que le trajo su madre de Miami. Prepara el bolso. Ante el primer quejido de la nena la amamanta. Ema ya succiona bien. Casi siempre bien. No demora tanto. La cambia y la viste. La deja en la cuna mientras ella se arregla. Hasta se pinta los labios. La alza, la pone en el cochecito y cuelga el bolso de la manija. Agarra el abrigo y la cartera. Sale. Ya en la calle, duda. ¿Dónde le convendrá esperar un taxi? Se dirige hacia Cabildo cuando ve a uno. Lo para. Tendrá que poner en práctica lo que ejercitó varias veces a la mañana. Deja el bolso en el piso y, con la cartera colgada del cuello, alza a Ema e intenta plegar el cochecito. No lo logra. La palanca no responde. Transpira. La nena comienza a llorar. Una señora que pasa a su lado acude en su auxilio. Entre las dos logran meter el carrito en el auto. Se sienta. Busca el chupete en el bolso y logra calmar a la beba y darle las instrucciones al chofer. Calculó que hasta Vicente López tendría unos buenos quince minutos. Pero el tránsito está infernal. Mira el reloj. Busca el celular y le avisa a Graciana que está demorada. No te preocupes, con los chicos es difícil calcular los tiempos. La nena se queda dormida en el trayecto. Ella está nerviosa imaginando cómo se va a arreglar para descender. Me hubiera quedado en casa, piensa, demasiado estrés. Cuando se acercan llama de  nuevo. Estoy llegando, ¿podrías ayudarme? Soy una idiota, piensa. Inútil. Ya salgo es la respuesta. El auto se detiene. Ella paga. Graciana no está. Pone la mano en la manija, nerviosa. Baja con Ema cargada. Está evaluando qué hacer cuando aparece su cuñada. Dame a la beba indica. Ella, con infinito alivio la entrega y logra agarrar cartera, bolsa y carrito. Pedro tenía razón, determina, de nuevo transpirada, demasiado para mí. Es infernal salir con bebés, ¿viste? comenta Graciana mientras avanzan ni quiero acordarme. La mujer anónima, su cuñada: solidaridad femenina. A lo mejor no estoy tan sola, piensa.

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Está sentada en el piso del escritorio de Graciana, Ema en sus brazos. Su cuñada repartiéndose entre Bruno y ellas. Las tazas de café sobre una mesita baja cercana. Ella mide la situación con el té en su casa, con vajilla de porcelana. Graciana no termina de sorprenderla. Espontánea, informal, alegre. Ve sobre la biblioteca fotos de su cuñada en trajecitos varios de excelente corte y tacos altísimos. Muchos diplomas sobre la pared.  No le cierra que su hermano la haya elegido. Que mamá lo haya permitido, piensa. Quizá Juan Bautista, como Benjamín, logró construir una personalidad propia. Tantas cosas en las que nunca reparó. Juan Cruz y Juan Mateo, abogados ambos. Ambos arrancaron sus carreras en el despacho de su padre. Ese despacho al que luego se sumó Pedro. Su papá, luego de la diabetes y la gran pérdida de la visión, se fue retirando, dejando casi todo en manos de ellos tres. Juan Bautista eligió la economía. Tampoco es hippie, se dice a sí misma. Pero de alguna manera evitó quedar bajo la égida de sus padres. Tal vez eso le concedió los grados de libertad necesarios para elegir a su esposa. Bruno se le acerca, otra vez, ahora con un autito. ¿Jugá, tía? pregunta. Le gusta que la llamen tía. Las hijas de Luján le dicen Paz. Ella la acostumbrará a Ema a que incorpore ese sustantivo a su léxico. Tío, tía. A su madre sí le dicen abuela. Abuela Remedios, las más grandes. ¿Cómo la llamará Ema? ¡Tía! protesta el nene ante su distracción. Ella agarra el coche que se le ofrece y lo desliza sobre el piso. Tanto que estudió sobre cómo jugar con los niños, cómo entretenerlos, cómo educarlos, cómo instruirlos. Con Ema está aprendiendo cómo criarla, tan distinto. Dejá a la tía Paz tranquila le dice Graciana. No me molesta lo defiende ella. Lo voy a llevar un rato con Aurora informa su cuñada así nos deja charlar. Ella aprovecha para acostar la beba, ya dormida, en el cochecito. ¿Viste lo demandante que es Bruno? comenta Graciana necesita estímulo permanente; sigo intentando armar el grupito rodante; ya tengo cuatro chicos, quizá cinco, todos de la zona; tenía apalabrada a una maestra, pero ayer me dijo que le ofrecieron una licencia en un jardín y se bajó del proyecto; con lo que me costó conseguir a los pibes, me quiero matar; por supuesto que hay muchas maestras, pero yo solo dejaría a Bruno con alguien de absoluta confianza. De pronto se interrumpe, hace un gesto extraño y propone ¿no te interesa? ¿Qué? pregunta ella porque no le sigue el hilo. ¡Coordinar el grupo!, ¡no sé cómo no se me ocurrió antes! Ella se queda anonadada. ¿Y? insiste su cuñada ante su silencio. Nunca lo hice, Graciana, no tengo experiencia. No tenés experiencia, pero sí una formación de cuatro años que sé aprobaste con honores; ya veo que Bruno enganchó bien con vos, eso que él no es fácil, preguntáselo a mi mamá que siempre se queja. El rostro de Graciana se colorea. Neuronas en sinapsis, piensa ella. Suponete que me animara dice luego de un buen rato ¿qué hago con Ema? ¡Se la dejás a Aurora!, es mágica con los bebés; crió a Bruno desde los tres meses, cuando empecé a trabajar; ¿qué tiempo tiene Ema? La semana que viene cumplirá tres. ¡Excelente!, ¡ya está lista!, además le podés dejar mamaderas con tu leche; en principio serían tres veces por semana, dos o tres horitas de acuerdo con cómo reaccionen los chicos; todos tienen alrededor de dos años. Esta mujer es una topadora, piensa ella. Cuando por fin se interrumpe le pregunta ¿en qué horario sería? A media mañana, a eso de las diez, porque a la tarde todavía duermen siesta. Ella se queda pensando. ¿Por qué no? Es gente de muy buen nivel económico continúa Graciana te pagaríamos bien, aunque me parece que en tu caso eso no es lo más importante no es el dinero, sino que te pongas en movimiento, que despegues. Graciana le agarra ambas muñecas. Dale, Paz, podríamos solucionar el problema de las dos. No sé, Graciana, me tomaste de sorpresa. Pensalo, entonces, pero pensalo rápido porque tengo que tomar una decisión ya; las mamás me picotean la cabeza; dos de ellas no trabajan, viven pendientes de sus chicos, todos hijos únicos, para colmo. Bruno entra corriendo, Aurora detrás. Se tira en brazos de Paz. ¡Tía! ¡No sé qué mosca le pico a este pibe! exclama Graciana me voy a poner celosa. Ella le acaricia la cabecita. Sí, también él es lindo. Un Bullrich. Lo abraza.
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Están tomando un café cuando ella, las manos repentinamente sudadas, dice Graciana me hizo una propuesta. ¿Qué? pregunta Pedro con una sonrisa que ella califica de sardónica. Que coordine un grupo de jardín rodante para su hijito. La sonrisa se esfuma. Me imagino que le dijiste que no. A ella le da rabia. Te imaginás mal dice le contesté que tenía que pensarlo, porque quería pensarlo con vos, que para algo somos una pareja. Él se reclina sobre el respaldo de la silla. No le veo ningún sentido dice es más, en este momento, con la nena tan chiquita, me parece un disparate, ¿con qué necesidad? Tengo que hacer algo, Pedro, yo no estoy bien confiesa. Él le oprime una mano. ¿Qué te pasa? pregunta. Me siento vacía, sola. Pero estás con la nena. ¡Con la nena no puedo hablar! exclama ella y siente que las lágrimas acuden a sus ojos necesito trabajar, ya tengo veintitrés años y nunca fui capaz de ganar un peso. No lo precisás le aclara él. ¡Sí!, no soy una criatura; mi madre y vos siempre me han hecho sentir una niña inútil, decorativa pero inútil; tengo que crecer, Pedro, ya no doy más así. Él, ahora, le oprime ambas muñecas. Contame la propuesta pide. Tres veces por semana, a media mañana, cuatro chiquitos de dos años, rotando por sus casas, todas próximas. ¿Y cómo te trasladarás? Si voy con la nena, en taxi; si no, en colectivo, no se me van a caer los anillos; además tengo que aprender a manejar, de este año no pasa. Siente que va creciendo, casi diría que ganó uno centímetros ¿Y qué pensás hacer con la nena? pregunta Pedro. Le voy a preguntar a Teresa dice y a medida que habla sus ideas van tomando forma, consistencia si no acepta, Graciana me ofreció que me la cuide Aurora, su empleada, crió a Bruno. Vas a cambiar la plata dictamina él. Pedro, ya te expliqué que no es solo cuestión de dinero. Él cabecea. No estoy de acuerdo dice pero de ser, preferiría que se quedara en casa, imagínate sacarla cuando haya mal tiempo. Lo que dice Pedro es razonable, ella no lo había evaluado. Y la azora descubrir que su marido no se lo prohibió, de últimas es el padre. Gracias, Pedro dice. ¿Por qué? pregunta él sonriendo. Por apoyarme, creo que es la primera vez en la vida en que siento que me apoyás. A lo mejor tu madre puede darte una mano propone él. A lo mejor responde ella. A lo mejor.

 

Mamá, ¿podrás venir? pregunta ella necesito charlar con vos. Silencio. Si es sobre Benjamín desde ya te digo que no. No, es sobre mí. De acuerdo, esta tarde paso, ¿qué querés que te lleve? Ella va a decir nada cuando cambia de idea. Palmeritas pide de donde me trajiste la última vez; son mi debilidad. Debilidad. Fortaleza. Ella siempre parada en la primera intentando desplazarse hacia la segunda. Palmeritas tendrás informa su madre.

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Su madre llega, paquetito en mano. ¿Té o café? pregunta ella. contesta la madre ya son las cinco. Ella sonríe, sus ritos. ¿De qué te reís? De nada, mamá. ¿La nena? Duerme, duerme desde las dos; está haciendo tirones largos. Ya sentadas en el sillón del living la madre pregunta ¿qué querías decirme? Te tengo que pedir un favor arranca ella, palmerita en mano. Por supuesto. Necesito que Teresa venga tres veces por semana dice ella. ¿La nena te está dando mucho trabajo? No, no es eso; cada vez me arreglo mejor. ¿Entonces? Ella inspira hondo. Quiero empezar a trabajar dice de un tirón. La madre deposita la taza sobre la mesita baja. Arquea las cejas y pregunta ¿para qué? A ella le sobreviene un súbito cansancio, sin embargo, replica ¿cómo que para qué?; se supone que los seres adultos trabajan. Cuando lo precisan dictamina su madre y a menos que me haya perdido algo, tu marido puede mantenerte con holgura; cada vez tienen más trabajo, según me hace saber tu padre. Ahora es ella quien apoya la taza. No es por el dinero, mamá, aunque en el fondo sí; necesito ganar mi propio dinero para no sentirme una inútil. Pues yo nunca he trabajado, pero lejos estoy de sentirme una inútil afirma su madre con voz áspera. Esa voz que ella tanto conoce y que no augura acuerdos. Sin embargo, esta vez no cederá. No estoy hablando de vos, mamá, sino de mí; siempre diste por descontado que lo bueno para vos, por carácter transitivo, era bueno para mí; pero en realidad, lo que querías era que lo que yo hiciera te fuera funcional a vos. No trates de enredarme con palabras, Paz, solo intento averiguar a qué se debe esta súbita necesidad de ganar dinero. Ella cierra los ojos. De acuerdo dice, los abre y eleva el mentón ¿podés cederme a Teresa otro día?; de todos modos, aún no lo hablé con ella, no sé si aceptará; pero no quise pasar por encima tuyo, por eso esta charla; no te estoy pidiendo autorización, mamá, ya estoy grande, solo estoy pidiendo tu apoyo; si no, lo solucionaré de otra manera. Ella se escucha y desconfía de que las palabras sean suyas. Me animé, evalúa. Su madre la mira con dureza. Todavía no me contaste en qué vas a trabajar dice  al cabo de un buen rato. Ella repite la información. Graciana tenía que ser masculla la madre. Ella prefiere simular que no la escuchó, no quiere entrar en pelea. No le conviene, además, porque precisa a Teresa. ¿Qué opina Pedro de todo esto? A ella le llama la atención que madre y marido no se hayan comunicado ya. Pedro estuvo lento, piensa, pero solo dice no le gusta, pero respeta mi deseo; él es el principal interesado en resolver el tema con Teresa porque no quiere que tenga que trasladar a Ema. Su madre se saca y se pone los anillos. Está nerviosa, piensa ella, su aliado le falló. Como su mamá no responde ella agrega Graciana me ofreció que la lleve para que la cuide Aurora, su empleada. Su madre tamborilea el índice derecho sobre su frente. No sabe qué decirme, dictamina. No estoy de acuerdo reitera pero sacar a la nena y exponerla al contagio con otros chicos sería una inconsciencia dice y luego calla. ¿Entonces? Comentale a Teresa a ver qué opina. Gracias, mamá dice ella. Lo hago por Ema. Gracias en su nombre, entonces. Su madre hace un gesto despectivo y luego pide ¿me servís otro té?

 

Hola, mamá dice ella te quería contar que ya hablé con Teresa; quedamos en que vendrá a casa lunes, miércoles y viernes. Silencio. Ella juega con el cable del teléfono. ¿Te parece bien? Se me complica, pero qué otro remedio. Yo la preciso hasta las dos, a más tardar; a lo mejor puede ir esas tardes a tu casa. Ya me voy a arreglar. Silencio. ¿Cuándo comenzás? La semana próxima, hoy me saqué leche y se la ofrecí en mamadera por las dudas. Silencio. ¿Estás ahí? No, soy un fantasma replica su madre. Silencio. ¿Entonces todo en orden? Así parece. Silencio. Ella está por saludar cuando la madre agrega estuve pensando que los primeros días puedo ir para darle una mano a Teresa. A ella los ojos se le llenan de lágrimas. Se acuerda de Tincho, de Laura y de su madre. Carraspea. Muchas gracias, mamá, me quedaré más tranquila; a la nena le gusta estar con vos; te conocé bien. El que va a protestar es tu padre; está muy demandante últimamente, parece un chico. Ambas ríen. Antes de colgar ella repite gracias, mamá. Hablamos para combinar dice su madre. Mi mamá me cuida.

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Benja, tengo una gran noticia, ¿por qué no te venís? le anticipó a Benjamín. En un rato llegará. Paz se cambia la remera, se pinta los labios y se perfuma. Su hermano lo apreciará, siempre fue muy observador. Pasa por el cuarto de la nena y comprueba que sigue durmiendo. Va a la cocina y prepara la Volturno. Cuando escucha el timbre, enciende la hornalla y va a atender. Hola, hermanita la saluda Benja mientras la abraza. Luego se saca el abrigo y dice muero por un café. En eso estoy informa ella. Minutos después, sentados ante la mesa de la cocina, Benjamín dice soy todo oídos, ¿cuál es la noticia? Ella sonríe con picardía, inspira elevando los hombros y anuncia voy a empezar a trabajar. ¡Esa sí que es la noticia del año! exclama Benja, apoya la taza, se levanta y la abraza. Ella le cuenta. Él hace preguntas, requiere detalles. Excelente concluye. Nunca hubiera podido hacerlo sin tu empujón. Van por el segundo café cuando ella le pregunta ¿la llamaste a mamá? La expresión de Benjamín muta. Sí, pero me dijo que tenía unos días muy complicados; que me avisaba cuando pudiera; aún estoy esperando. A ella se le hace un agujero en el estómago. Está buscando un argumento para justificarla cuando decide que no, no hay justificación posible. Se limita a menear repetidamente la cabeza. Mamá no va a cambiar más dice su hermano estúpido yo, que aún me ilusiono con que me acepte. Ella no dice nada, sin embargo, toma una decisión. Esta no te la voy a dejar pasar, mamá, aunque te ofendas y no vengas a cuidar a la nena. Ella puede tolerar ser lastimada, pero el dolor de Benja supera sus propios límites. No te la voy a dejar pasar, se reitera.

 

En cuanto su hermano se va, Paz llama a su madre. ¿Te podrás dar una vuelta? le sugiere. Cuando un par de horas después escucha el timbre, el corazón se le agita. ¿Se animará? Están tomando un café cuando pregunta ¿hablaste con Benjamín? Ella percibe el leve gesto de fastidio de su madre. Porque sí, ella tiene un catálogo de gestos, expresiones, interjecciones que tanto le dicen. A buen entendedor… Sí contesta su madre mientras busca o simula buscar algo en su cartera. ¿Se encontraron?, sé que Benja tenía ganas de verte. Al final no responde su mamá no coincidimos con los horarios. Claro, en tu apretada agenda no encontraste ni un huequito para ver a tu hijo; no me imagino, dentro de unos años, a Ema pidiéndome una cita y yo negándosela. ¡Me dijiste que querías verme y vine al instante! Ella sonríe. Voy a ser cruel, se dice y luego da la estocada pero yo nos soy gay. No empecemos, Paz, o me voy. Ella, sorprendida de sí misma, la agarra de la muñeca. No, hoy vas a escucharme. Su madre se desprende del contacto. No puedo entender tu actitud, mamá, estamos en 2004 no en el 1800; en los Países Bajos y en Bélgica ya permiten casarse a los homosexuales. ¡A mí que me importa!, estamos en Argentina. Veo que al menos reconocés que ese es el motivo por el cual no querés ver a tu hijo, solés poner tantas excusas… ¡No es que no quiero verlo, no puedo, vos no me entendés! grita la madre levantándose. Ella va a detenerla cuando se arrepiente. Hice lo que pude, intenta disculparse. El corazón le retumba, las manos le sudan. Ema se despertó con los gritos. Ella se encamina al cuarto. Su madre, hacia la puerta de salida.

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Los días volaron. Releyó libros, planificó actividades, compró algunos materiales. Se sacó leche que puso en el congelador. Ya lunes, se despierta antes que la nena. Está desayunando cuando escucha entrar a Teresa. Buenos días, señora Paz. Ella se siente incómoda con tanta formalidad. ¿Un cafecito, Teresa? Me cambio y vengo. Minutos después la mujer regresa con su impecable uniforme. Siéntese. Mientras beben ella le da las últimas indicaciones. ¿Vendrá la señora Rosario? Creo que no, le surgieron imprevistos contesta ella porque no volvió a tener noticias de su madre desde la discusión. Pedro estuvo bien, le deseo suerte antes de irse. Aunque no se ofreció a llevarla. Hoy por suerte es en lo de Graciana, fundamental arrancar en lugar conocido. Por ser el primer día las cinco mamás se quedarán, al menos por un rato. Aunque eso la pone peor. Se sentirá observada. A las ocho y media despierta a la nena, e intenta amamantarla. Sin demasiada suerte porque había mamado a eso de las siete, cuando se fue Pedro. La cambia y se la entrega a Teresa. Se siente culpable. Mi hija acaba de cumplir tres meses y ya la dejo, se reta. La criatura responde con sonrisas a las palabras de la mujer. Ella agarra las cosas y se va. Cualquier cosa me llama, Teresa. Le da un beso a la chiquita y sale. Suerte, señora Paz es lo último que escucha.

 

Todo salió mejor de lo esperado. ¿Será que no espero mucho de mí?, piensa. Los chiquitos se le acercaron enseguida. Logré atraerlos, evalúa. Las mamás se apartaron en cuanto vieron que no eran necesarias. Ella las escuchaba charlar mientras compartían un café, sin embargo, los nenes no acudieron al cobijo materno. Bruno se le pegó como un abrojo. Fueron solo dos horitas para empezar. Dos horas que pasaron volando. No pensé en Ema, descubre con cierta culpa. Ni bien terminó la llamó a Teresa. Todo en orden, la mamadera no había sido necesaria. Graciana la felicitó. Ella nunca terminará de agradecerle esta oportunidad. Ahora está en un taxi rumbo a su casa. No quiso tomar el colectivo para llegar más pronto. Ya en el auto experimenta una fuerte necesidad de abrazar a su hija. Una suerte de hueco en su interior. ¿En su matriz? Baja del taxi y se apresura hacia su casa. Le cuesta abrir la puerta. La de abajo y la de arriba. Está ansiosa. ¿Habrá pasado algo? Ni bien entra divisa a su madre con la chiquita en brazos. ¡Viniste! exclama. La madre la mira con una semisonrisa. ¿Por qué te sorprende?, te dije que vendría y yo cumplo mis promesas; parece que no me conocieras. Ella se limita a menear la cabeza, a darle un beso a su madre y a recuperar a su hija. ¿Le alcanzo un café, señora Paz? la convida Teresa. Ella descubre que sí, que tiene muchas ganas de tomar algo caliente. ¿Otro para usted, señora Rosario? Ella le ofrece el pecho a Ema que se prende. No le di nada parece disculparse su madre. Minutos después, la beba satisfecha, ambas mujeres comparten un café. ¿Me puedo retirar, señora Paz? pregunta Teresa. Ella está acostando a la nena cuando suena el teléfono. Atendé, mamá, por favor pide. Ni bien entra al living su madre le tiende el tubo. Es Benjamín informa. Ella toma el tubo que le ofrecen. ¿Cómo te fue? le pregunta su hermano. ¡Te acordaste! ¡Cómo no me iba a acordar!, día importante para vos. Ella le da el parte y se despide diciendo saludos a Fabián. Se sienta en el sofá, junto a su madre. Benja siempre está cuando lo necesito comenta. Silencio. Es un tesoro de persona agrega. Silencio. Está muy cansada; además del esfuerzo físico fueron muchas emociones. Quisiera tirarse a dormir un rato, sin embargo, decide volver a la carga. Mamá, ¿por qué no intentás conversar con Benjamín? ¡No empecemos! exclama su madre parece que no tuvieras otro tema. Hace más de diez años que necesito hablar de ese tema con vos; a la adolescente que fui también le costó procesarlo, pero siempre antepuse mi amor por él al ruido de lo que la sociedad opinara. Silencio. ¡Decime algo! insiste ella. La madre se tapa la cara con ambas manos. Mamá, ¡por favor! ¡Dejame en paz!, ¡vos no me entendés! grita su madre. ¡Si querés que te entienda explicame! La madre se descubre y amaga con incorporarse. Ella la retiene tomándola de la muñeca. La mujer cae sobre el almohadón como un saco de arpillera roto, califica ella. Nuevamente se tapa el rostro. Solloza. A ella le da mucha lástima, nunca vio a su madre así, pero decide que no abandonará su presa. ¡Explicame! ordena. Como los sollozos se intensifican ella, ya asustada, va a la cocina y regresa con un vaso de agua. Tomá, mamá ofrece. La mujer bebe. De a poco se va tranquilizando. Ella decide que ya es suficiente, la liberará, cuando su madre, los ojos cerrados, comienza a hablar. Yo era una nena, unos ocho años; mamá se quedó en el taxi y me pidió que fuera a buscar a papá al estudio; era una planta baja, yo abrí la puerta, ya había ido muchas veces; en el hall no había nadie, entonces fui al despacho de papá, porque había varias oficinas; a través de la puerta entreabierta lo vi a mi padre besándose con Alberto, el socio, besándose en la boca; salí sin hacer ruido; no sabía qué hacer; entonces salí y cerré despacito la puerta de calle; no podía irme porque mamá me hubiera preguntado qué había pasado; entonces decidí tocar el timbre; enseguida vino Alberto a abrir; Agustín, te busca Rosarito, gritó; papá salió con su portafolios, me dio un beso y se subió conmigo al taxi después nos fuimos a cenar a un restaurante porque era el aniversario de mis padres, me acuerdo bien; yo era hija única, siempre estábamos juntos los tres; yo lo adoraba a mi papá; pero a partir de ese día me empezó a dar mucho asco; sí, asco, es lo que me daba; ya no quería que me besara ni me abrazara; ya no quería que me besara nadie. Ella contiene la respiración, no quiere que su madre se detenga. Pero, finalmente, regresa el silencio. ¿Se le contaste a tu mamá? pregunta ella. ¡No!, nunca se lo conté a nadie, vos sos la primera en saberlo; para colmo Alberto venía mucho a casa, lo invitaban a todas las reuniones; yo siempre los espiaba, pesqué gestos, miradas, palabras; otra vez los descubrí besándose en el jardín; no sé cómo mamá no se daba cuenta de nada. Ella se queda reflexionando. ¿De veras pensás que no se daba cuenta? La madre la mira con cara de sorpresa. ¿Por qué lo decís? Me imagino y le cuesta tanto decirlo que no sería el mejor de los amantes, fíjate que tuvieron una sola hija… ¡Ay, Paz!, ¡qué cosas decís! Digo las cosas que hay que decir; seguramente tu madre hizo la vista gorda, cómo afrontar la sociedad del momento. Es la primera vez que pienso que mamá podría saberlo, siempre creí que yo era la responsable del secreto.  Paz mira a su madre: tiene la cara hinchada, la pintura corrida. Y vos hacés con Benja lo mismo que aprendiste de chiquita: tapar, ocultar. De pronto un escalofrío le recorre la columna. ¿Benja también te da asco? La madre mena la cabeza. Asco no, pero no tolero estar con él; me da una terrible angustia. Mamá, vos tendrías que hacer una terapia sugiere ella. Eso no es para mí; cada uno arregla sus problemas en la intimidad. ¡Pero vos no pudiste arreglar tus problemas y el que paga el pato es el pobre Benja!; ¿alguna vez hablaste con papá de la sexualidad de tu padre? ¡Ya te dije que no! ¿Y él no se dio cuenta? A mi padre no se le notaba. ¿Y a Benja sí? Yo al menos se lo noté desde los seis, siete años; yo tenía un lazo especial con Benjamín, desde bebé; siempre fue bello y muy dulce, vos bien lo conocés; cuando empecé a observar que le gustaba jugar con vos a las muñecas me desesperé; esto no puede estar pasándome a mí, pensaba; bastante con un padre, ahora un hijo; rezaba todas las noches para que se le pasara, aún sigo haciéndolo, no lo puedo soportar. El llanto regresa. También las manos cubriendo el rostro. Ella la deja llorar. Cuando su madre se calma le dice Benja merece que le cuentes la historia; quizás así pueda entenderte. ¡Prometeme que no se lo vas a contar a nadie! ¡Basta de secretos, mamá!, no fue la homosexualidad de tu padre lo que arruinó tu infancia, sino los secretos, el silencio, la simulación; admití de una vez por todas, frente al mundo, que tu hijo es gay; ese hijo que sigue siendo bello y dulce; y, por si fuera poco, inteligente, trabajador, valiente, buena persona; ¡te lo estás perdiendo!, ¡Benja es una joya! El teléfono vuelve a sonar. Pedro ahora. Cuando regresa de atender su madre fue al baño. Regresa con el rostro compuesto y la cartera colgada. Me voy informa. Ella la acompaña hasta la puerta. La madre la besa y dice gracias, hija, me saqué un peso de encima. Gracias a vos por cuidar a Ema. El miércoles regreso informa su madre es un gusto para mí. Y sale.

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Tengo que hacer un trabajo para la escuela sobre los abuelos. Le pregunto a papá y me cuenta que su mamá era concertista de piano y que su papá era diplomático y me explica que por eso vivieron en muchos países. A esos abuelos casi nunca los veo porque ahora están en España.  Me cuenta y me da las fotos que me pidieron. En cuanto mamá llega de la peluquería le pregunto. Me dice que está ocupada, pero yo le digo que tengo que entregar el trabajo mañana. Eso pasa por dejar todo para último momento, dice. Yo empiezo a explicarle que ayer ella tuvo reunión con sus compañeras, pero no me hace caso y se mete en su cuarto. Cuando sale le explico que solo son un par de preguntas. Con cara de fastidio, accede. Me cuenta que su papá era abogado y que su mamá nunca trabajó pero que se ocupaba de actividades benéficas, así me dice. Eso ya lo sé porque la abuela siempre me cuenta del Patronato de la Infancia. Al abuelo no lo conocí, se murió antes de que yo naciera. ¿Me das fotos?, le pido. Estoy ocupada, dice. Yo le explico que las necesito. Entonces va al escritorio y busca fotos que tiene en una caja y me da una de la abuela cuando era joven. Muy linda era mi abuela con un trajecito a media pierna y un gran sombrero. Se llama capelina, me aclara mamá. ¿Y del abuelo? Del abuelo no tengo, me contesta. ¿Ni una? Agita la cabeza. Qué raro, le digo, ¿por qué? Porque no tengo, me responde y como yo insisto dice fuerte: ¡basta de incordiar, Paz! Y sale. Espero que la maestra igual me apruebe el trabajo.

 

 Notables los juegos de la mente. Los recuerdos están en su escondite esperando que una palabra, un sonido, un olor, les abran la puerta para que puedan escapar. Se plantea, ahora, cómo nunca le llamó la atención que no hubiera fotos de su abuelo materno en la casa. Si muchos portarretratos de los otros tres abuelos. Su madre nunca le contaba cosas de su infancia. Lo poco que sabe fue a través de la abuela, porque no tiene tíos, su madre hija única. Pobre mamá, piensa, qué carga para una nena tamaño secreto. ¿Cuántas otras cosas desconozco sobre ella?, se plantea. Recuerda el llanto de su madre y se siente culpable, un nudo en el estómago. Hasta que el rostro de su hermano ocupa su pantalla interna. Pobre Benja, piensa ahora y se plantea si le transmitirá lo que su madre acaba de confesarle. ¡Prometeme que no se lo vas a contar a nadie! le pidió su madre y ella no puede traicionarla. Tiempo al tiempo, se dice y se acuerda de que tiene que comprar cartulina para la actividad prevista para el viernes. Será en la casa de Pancho. Nuevo ámbito, nuevo desafío. Por suerte la mamá le cae muy bien. Es la más simpática. Y Panchito, comestible.

 

Transcurrió la primera semana. Expectativas ampliamente superadas. Pudo con los nenes, pudo con las madres. Ema solo el miércoles requirió mamadera. Le contó Teresa que le costó que la agarrara. Un par de chupadas y luego dio vuelta la cara. Pero enseguida se quedó dormida. En brazos de la señora Rosario le comentó Teresa cuando está ella la nena no quiere saber nada conmigo. Es cierto. La nena sigue mucho a su abuela. Antes a ella le daba rabia. ¿O celos? Ahora es un alivio. Una tranquilidad. Su madre la cuida bien, de eso no tiene dudas. 

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Viernes a la tarde, está demolida. Laura acaba de llamarla para ver si va a la plaza. Estaba por decirle que no cuando miró a través de la ventana. Con ese día, un pecado tener a la nena encerrada. Está eligiendo ropita para Ema cuando suena nuevamente el teléfono. Atiende descontando que es Laura. La sorprende escucharlo a Benjamín. Luego de interiorizarse de cómo fue su semana laboral Benja informa me llamó mamá. Ella siente que sus sentidos se exacerban. La mente girando a mil revoluciones por minuto. ¿Qué decir?, ¿qué contar?, ¿qué callar? ¿Habrá un vos hablaste con mamá? Seguramente demora demasiado porque Benja la urge ¿no vas a comentarme nada? Estoy sorprendida dice, porque es cierto, no le dio para nada la impresión de que su madre fuera a proponer un encuentro. Y como se instala el silencio ella se ve obligada a preguntar ¿quedaron en algo? Me dijo que la próxima vez que vaya a Buenos Aires le avise con tiempo así arregla sus obligaciones para que tomemos un café. Es una buena noticia dice ella. Por el momento diría que es una noticia, ya veremos cuál es su motivación; mamá no da puntada sin hilo. Ella recuerda a su madre llorando y le da lástima. Confío en que pueda haber un acercamiento dice, porque empieza a abrigar la esperanza de que algo se haya movido en el interior de su madre. Hay que ver si a mí me interesa; he sufrido demasiados desplantes y destratos desde que soy niño. Ella muere por contarle la historia de su abuelo, pero calla. Paz, las promesas siempre se cumplen le ha enseñado su madre desde pequeña. Corta satisfecha. Los melones se van acomodando en el camino dijo su padre tantas veces. Y todavía no puede creer que haya sido ella quien contribuyó a acomodarlos. Quizás esté muy equivocada, sin embargo, confío, decide. Qué tarde se hizo. Sigue eligiendo la ropa. Sí, le pondrá el enterito salmón. A Ema le queda hermoso ese color. Bah, todo le queda bien. Porque mi hijita es preciosa dice en voz alta.

 

Sentadas en el banco de plaza, charlan. Laura le cuenta cómo transcurrieron sus primeras semanas laborales. Grande es la sorpresa de la mujer cuando ella le cuenta del jardín rodante. ¡Te recontrafelicito! exclama. Ella se siente orgullosa. Se mide con la que, menos de un mes atrás, escuchaba a su amiga planificar el retorno al trabajo sintiéndose hueca, vacía. Inútil. Bueno poder compartir con alguien que está en la misma comenta Laura. A ella la emociona esa palabra: compartir. Parece ajena a su vida. Emoción que se incrementa cuando, al despedirse, Laura dice te extrañé. Ella dice yo también. Lo dice y no es una fórmula de buena educación. Es cierto.

 

Lo que nunca, se sienta frente a la computadora. ¿Cuánto hace que no revisa su correo? Antes se escribía con Benjamín, pero ahora prefiere el teléfono, entre la nena y el trabajo, siempre está ocupada. Abre el Hotmail. Por suerte aún se acuerda de la contraseña. Un mensaje del Instituto ofreciendo un curso sobre Observación de Lactantes. Tengo una propia, piensa. Otro de hace unos días, de una dirección que desconoce: Mundo mínimo. Lo abre. Hola, Paz. Soy Alejandro Chagas, quiero creer que te acordarás de mí. Conseguí tu mail a través del Instituto, perdóname el atrevimiento. Espero que estés muy bien. Te cuento que, finalmente, estoy concretando mi proyecto de escuelita propia. Muy entusiasmado. Arrancaría el año próximo. Ya resolví lo edilicio y lo burocrático y ahora estoy abocado a la formación de mi equipo. Inmediatamente pensé en vos. Estoy necesitando docentes para las salas de dos y tres años. Cuatro y cinco están cubiertas. Magdalena Quirós y Valeria Leiva. ¿Te acordás de ellas? Me gustaría que nos encontráramos así te cuento mi proyecto educativo. Está centrado en la educación a través del arte. Ojalá te interese mi propuesta. Un beso. Alejandro. ¿Puede ser que un movimiento interno provoque tamaña onda expansiva? Si el mensaje le hubiera llegado hace dos meses habría descartado la propuesta por imposible. Ridícula. Ahora no le parece tan absurda. El corazón le late fuerte. Demasiado, Paz, se dice. Demasiado.

 

Mañana tengo la última clase de Psicología. Alejandro, el profesor, es muy joven, no creo que llegue a los treinta. Uno de los pocos profesores varones. En el Profesorado, como en el secundario, casi todos los docentes son mujeres. Me encantan las clases de Alejandro. Profundas, ágiles, amenas. Siempre me interesó la cabeza, por dentro y por fuera. Todavía me duele no haber hecho medicina. En fin.  Voy a releer lo que explicó el jueves pasado. Les hace preguntas a todos, pero, más, creo a mí. Será porque siempre estudio. Qué lástima que ya no lo voy a ver. Lástima porque me gusta tanto. Su materia.

 

Cuando terminó la clase, Alejandro me preguntó si quería ir a tomar un café. Me quedé desconcertada. Esperamos que todos se retiraran y fuimos a una confitería que queda a un par de cuadras. Estuvimos charlando de la materia, me contó de su proyecto de poner un jardín de infantes, le conté de la propuesta de Santillana, la profesora de Didáctica. Hasta que me miró a los ojos y me dijo que yo le gustaba mucho. Me quedé muda, aterrada. El corazón me latía a mil. ¿No me vas a decir nada?, me preguntó. A lo único que atiné fue a levantar mi mano y mostrarle la alianza. ¿Tan joven?, preguntó. Me dio vergüenza. No es de casamiento, es de compromiso, le expliqué. Entonces todavía estás a tiempo, dijo sonriendo. Me tengo que ir, es tarde, me excusé. Buscó un papel, escribió su número y me lo tendió. Prometeme que al menos lo vas a pensar, me pidió. Yo me paré. ¿Te puedo acompañar?, preguntó. Mejor no, dije y salí. Salí con el corazón desbocado. Tan agitada que me tomé un taxi. Aquí estoy. Me miro la mano. ¿Un anillo o una esposa? ¿Qué es lo que puedo pensar? Las participaciones ya están encargadas. No, no estoy a tiempo. Ya paso mi tiempo. En la esquina, por favor, le pido al chofer. Porque a lo mejor mamá está en la ventana y no le gusta que tome taxis sola. Mientras busco la llave pienso que Alejandro me eligió, que le gusté. Sonrío a solas. Sonrío, pero después los ojos se me llenan de lágrimas. Ni yo me entiendo. ¿Cómo te fue?, pregunta mamá. Lo más bien. Tenés los ojos colorados, ¿te pasa algo? Me entró una basurita, contesto y me dirijo a mi cuarto.

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En cuanto abre la puerta, Benjamín entra y la abraza. Fuerte la abraza. ¡Qué sorpresa! exclama ella ¿no te encontrabas hoy con mamá? Porque sí, ayer su hermano la notificó de la cita. Su madre, ni una palabra. De allí vengo informa su hermano servime un café, por favor. Ella mira el reloj: falta más de una hora para el habitual retorno de Pedro. Aunque últimamente suele demorarse. Va hacia la cocina. ¿Ema? pregunta Benjamín. Duerme, cuando la veas no la vas a reconocer; ya se ríe con ruido, agarra todo, gira en la cuna; el otro día casi se me cae de la cama, es super movediza. Mientras ella trajina con la cafetera él informa voy a verla. Ni se te ocurra despertarla, con ella en el medio es imposible charlar. Es cierto, ¡está enorme! comenta él al regresar y cada día más linda, sale a su tío. Obvio lo festeja ella a lindo nadie te gana. Vos casi me empatás jaranea él. Ya sentados ella reclama contame, contame todo, con lujo de detalles. Nos encontramos en el Havanna de la otra cuadra de casa, de su casa, bah, pero en ningún momento propuso que me acercara a saludar a papá; creo que no le había contado que nos íbamos a ver. A mí tampoco me comentó nada. Él se encoge de hombros. Así es nuestra madre dice. ¿Y? Comenzó preguntándome por mi trabajo, no tenía la menor idea; se la veía interesada; me preguntó varias veces si estaba satisfecho, no pudo menos que comprobar lo que la arquitectura representa para mí; estaba sorprendida con mis logros. ¿Y cómo siguió? Hablando sobre papá; está preocupada, lo ve muy venido a menos. A mí nunca me comenta nada dice ella, sorprendida. Él vuelve a encogerse de hombros. ¿Y después de papá? Después miró el reloj y dijo que se le hacía tarde. Ella experimenta una fuerte desilusión, pero comenta al menos se rompió el hielo. En el momento de despedirse me agarró las dos manos y me dijo que estaba contenta de que nos hubiéramos encontrado, que ya volveríamos a hacerlo Benjamín la mira ¿sabés, Paz, cuánto hacía que mamá no me tocaba? A ella se le hace un nudo en la garganta. Remedando, sin darse cuenta, el gesto de su madre, Paz oprime ambas muñecas de su hermano. Los ojos de Benja se llenan de lágrimas.

 

Está parada frente al placard abierto. Duda. ¿Casual o ejecutiva? Tiene tanta ropa y tan poca posibilidad de usarla. Ni bien se casaron eran frecuentes las reuniones “laborales”. Ella iba a la peluquería, se maquillaba, se ponía un trajecito o alguna otra vestimenta formal, se calzaba su sonrisa de esposa, tan aprendida de su madre, y allí iba. A aburrirse infinitamente mientras los hombres hablaban de clientes y las mujeres de empleadas domésticas. Las salidas fueron disminuyendo. Considera, recién ahora, que a lo mejor a Pedro ya no le parecía tan decorativa una esposa embarazada. Desde que nació la nena no fueron a ningún lado. Ni siquiera visitas familiares. Es cierto que ella se resistió a ir al cumpleaños de Luján, pero quizás hubieran podido ir a comer afuera algún día llevando a la nena. Me siento ahogada, determina. Agradece que Laura y Graciana se hayan convertido en sus interlocutoras. Aunque ahora a Laura la ve menos. Las dos están más ocupadas. Ojalá Benjamín se mudara a Buenos Aires. Su vida sería distinta. Quizá, sus consejos mediante, su vida hubiera sido diferente. Su cabeza siempre volando. Regresa al placard. Ya recuperó la línea, solo le quedaron un par de kilos que mal no le vienen. Se mira ante el espejo en ropa interior. Se mira y se gusta. Está más… no encuentra la palabra… más redonda, más turgente. Más mujer. Más hembra, se corrige, con vergüenza. Las caderas un poco más anchas, los pechos colmados. Seguramente a su madre le gustaba más antes. Más elegante. La gente distinguida es delgada. Su madre, pese a sus casi sesenta, conserva una figura envidiable. Otra vez se distrajo con pavadas y el tiempo corre. Se decide por un pantalón negro de pana y una blusa de seda color peltre. Se mira en el espejo y desabrocha dos botones. Asoman sus senos. Dudó si ir al encuentro sola o con Ema. ¿Su hija como escudo protector?  Pero es una entrevista laboral, no corresponde. Va al baño. Se maquilla y se perfuma. Dolce-Gabbana, Light Blue, su sello. Pasa por el cuarto de la nena. Duerme, por suerte. Le roza la cabecita. Le da a Teresa las últimas instrucciones y sale. Arregladita como para ir de boda como canta Serrat.

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Se baja del taxi y cruza. Lo descubre junto al ventanal de la confitería. Tiene el pelo bastante largo. Campera de jean. Parece más joven, piensa, más descontracturado. Más joven que yo, evalúa y se avergüenza de sus tacos altos y su atuendo formal. Me hubiera puesto un jean, se lamenta. Él está leyendo, no la ve acercarse. Ya está junto a la mesa cuando él levanta la vista. Se incorpora sonriendo. Entraste como un hada dice no te escuche. Una vez que están frente a sendas tazas de café, Alejandro le señala la alianza y pregunta ¿ya te casaste? Ella percibe que se sonroja al contestar sí, y ya tengo una beba de cuatro meses. Él cabecea. Tu tiempo no es el de los otros dice. No te entiendo. Llevás al menos un lustro de adelanto con respecto a la media. Sigo sin entenderte. ¿Cuántos años tenés?, seguro menos de veinticinco. Veintitrés confirma ella. A esa edad la mayor parte de las chicas está pensando a dónde irá a bailar y vos ya estás cargada de responsabilidades. ¿Y eso está mal? pregunta ella con mal tono, porque está fastidiada. Él agita la cabeza sonriendo. Rencor del perdedor dice. ¿Cómo? Dejémoslo así y volvamos a lo nuestro; si estás aquí la mira sonriendo con intención es solo porque te interesa la propuesta laboral. Sí contesta ella, aliviada de que él abandone el tema personal creo que llegó la hora de que desarrolle mi profesión. ¿Nunca hiciste nada? A ella la alivia poder decirle armé un grupito rodante aunque miente porque en realidad Graciana es la responsable son cinco chiquitos de dos años, funciona muy bien, estoy contenta. Es importante que ya tengas resuelto el tema de tu beba, me afligió cuando lo mencionaste. Sí, se queda con una señora en casa y mi madre supervisa por el momento. Él le habla largamente sobre la escuela en formación, cuál será la orientación, cuáles sus proyectos, sus objetivos. Reacondicioné una casa antigua, quedó hermosa, tiene un patio grande cubierto y un pequeño jardín; cuando quieras y puedas te invito a conocerla; ¿dónde vivís? En Belgrano. Perfecto, queda en Colegiales, Conesa y Jorge Newbery; necesito maestras para sala de dos y de tres a la mañana y de dos a la tarde; vos dirás qué es lo que más te interesa. Prefiero los más chiquitos dice ella te pido que me des un tiempito para ver cómo me acomodo mejor, si mañana o tarde, tengo que conversarlo con mi empleada. Y con mi madre, piensa pero no lo dice. Obvio, estamos hablando del próximo marzo; aunque, por supuesto, tendrías que empezar a trabajar en febrero para organizar todo él hace una pausa todavía no hablamos de honorarios agrega. Ella se apura en decir eso es lo de menos. Él agita con energía la cabeza no, no es lo de menos, Paz, esto es un trabajo. Ella recuerda las palabras de Benjamín. ¡Le da tanta vergüenza! Creerá que soy una señora gorda buscando entretenerse, piensa. ¿Y no soy eso?, se plantea. Quiero decir que ese no será el problema porque doy por sentado que me ofrecerás el salario que corresponda. ¡Te salvaste como un gato! exclama él sonriendo. Ella hace un gesto de desconcierto. Sos demasiado seria, Paz le explica él pero no te preocupes, trabajando conmigo te contagiarás la irreverencia. Ella no tiene más remedio que reír. Así me gusta dice él para trabajar con niños se precisa frescura, alegría hace una pausa, la mira y agrega y en el fondo yo sigo siendo un niño. Estoy en peligro, piensa ella. Lo piensa, pero sonríe. Con ganas, sonríe.

 

Cuando regresa, comprueba, sorprendida, que Pedro está en su casa. ¿De dónde venís? le pregunta. Su madre le enseñó que no se miente, adjudicarse el mérito de haber cocinado es una excepción, por lo que deja sus cosas sobre la mesita y dice después te cuento, ahora voy a ver a la nena. Porque sí, le contará, qué remedio le queda. Se dirige hacia el dormitorio de Ema. Duerme. Puede prescindir de mí, piensa mezclándose la decepción con el alivio. Pedro la siguió. ¿Y? pregunta. Esperá que la despido a Teresa dice. Ya solos ella propone ¿preparo un café? ¿Tan grave es? inquiere él. Ella reflexiona. Grave, no; importante. Los dos ya sentados, más dilaciones imposibles, Paz informa de un tirón me reuní con un exprofesor que me propuso un trabajo. ¿Por qué no me comentaste que te ibas a encontrar con él? ¿Por qué no se lo contó? Se queda reflexionando. Suponía que te ibas a oponer y yo necesitaba acudir al encuentro con el mejor estado de ánimo posible se sincera. Él se queda callado. Luego de un largo e insostenible silencio ella le transmite la propuesta. ¿Qué resolviste? le pregunta Pedro y a ella le sorprende que él le esté adjudicando la capacidad de decidir. Voy a tomar el trabajo afirma. ¿Sin siquiera consultarme qué opino? Puedo suponerlo dice ella bajando la mirada. Y no te importa. Sí me importa; me encantaría que me apoyaras, que impulsaras mi proyecto. No puedo promover algo que considero negativo para mi hija. Nuestra hija aclara ella. Parece que vos no pensaras en su bienestar; soy yo el único que puedo defenderla. Ella siente una opresión entre las costillas. La flecha dio en el blanco. El llanto de la nena viene en su auxilio. Después la seguimos dice y se incorpora.

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El tiempo parece haberse salido de la órbita. De la suya, al menos. Los días se extinguen en pocas horas, las semanas vuelan. Ema ya cumplió cinco meses, intenta sentarse. Se acerca el fin de año. Todavía le parece increíble tener proyectos para el 2005. Cruza mails con Alejandro casi a diario y la semana pasada fue a conocer la escuela. El viernes tiene el último encuentro del jardín rodante. Qué notable, los chiquitos comenzarán el año próximo la “educación formal” y ella iniciará un trabajo también formal. Alejandro le adelantó que será un empleo en blanco. Graciana quedó muy interesada con la propuesta de Mundo Mínimo. Le encantaría para Bruno, aunque le queda bastante lejos. Está visitando otros jardines y evaluando. Ella trabó un lazo muy fuerte con ese nene. Ojalá que se incorpore a la escuelita, piensa. Aunque no estaría en su sala, claro. Pronto cumplirá tres años. Así como Benja es “mi” hermano, Bruno es “mi” sobrino, evalúa. La relación con Pedro está tensa. Seguramente él confía en que terminará convenciéndola y rechazará el trabajo. Ella no le habla al respecto, ni él le pregunta. Como si lo hubieran puesto en el freezer. En el freezer están. Han tenido sexo solo un puñado de veces. Él ha disminuido sus acercamientos y ella cada tanto accede. Porque el cuerpo le pide, además. Aunque no es el cuerpo de Pedro lo que le pide. Se siente activada. En todo sentido. Vuelta a la vida. Charlan lo estrictamente necesario, de la nena casi siempre. Aunque Pedro le hace morisquetas y da indicaciones, se ocupa poco y nada.  Ella no le contó que fue a conocer la escuela. Con Ema, fue. Quería que Alejandro la conociera. ¿Quería lucirla? ¿Cómo mamá me lucía a mí?, se plantea. Se lo plantea y se reta. A su madre no necesitó comunicarle sus planes porque Pedro, obvio, la puso sobre aviso. Frenó las diatribas y le dijo que lo estaba evaluando, que ya le comunicaría su decisión. Decisión que tomó pero que aún no anunció fehacientemente ni a madre ni a marido. Está esperando que pasen las fiestas. No sabe por qué, pero se fijó ese hito. Tengamos las fiestas en paz prescribe el dicho. Los únicos con los que comparte su proyecto son Benjamín, Laura y Graciana. Su trío de apoyo. La divina trinidad.

 

¿Sabés que va a hacer Benjamín para Navidad? la sorprende su madre. Ella se queda de una pieza. Ya no recuerda cuánto hace que no comparten una fiesta con su hermano. ¿Pensás invitarlo? No soy yo la anfitriona es su respuesta. Es cierto, la reunión será en lo de Juan Cruz. Una complicación trasladarse a Nordelta pero su casa es la más grande y este año lograron combinar para reunirse todos. Todos menos Benja, claro. Diez adultos y ocho niños, contándola a Ema. El parque es precioso y, si lloviera, tiene un quincho monumental. ¿Para qué preguntás, entonces? la provoca ella. Su madre hace un gesto despectivo con el hombro. Pasa Nochebuena en casa de los padres de Fabián informa ella. ¿Y el 25? La mirada de su madre se pierde en el ventanal. A ella le cae la ficha. Hablaste con Pedro afirma. La mirada sigue prendida en la copa de los árboles. ¿Qué lazo misterioso existe entre su madre y su marido? ¿El hilo rojo? El 25 Benja viene a cenar a casa y luego se corrige vienen. Vaya si le costó una discusión con Pedro. Su hermano le había contado que viajaba porque tenían el casamiento de una prima de Fabián el 26. A ella le salió del alma vengan el 25 a cenar. Su marido puso el grito en el cielo cuando se lo comentó. Es mi casa también, por si te olvidaste dijo de mala manera. A ella le surgieron las agallas. Si te molesta que vengan, iremos a cenar afuera nosotros tres, y Ema, por supuesto. La discusión quedó allí pero un par de días después Pedro dijo invitalo si querés, es tu hermano. Paz no termina de sorprenderse cuando comprueba que, cuando ella se pone firme, Pedro retrocede. Sin abandonar la observación del follaje su madre propone si te parece, tu padre y yo podríamos sumarnos y luego, ya mirándola, agrega así te doy una mano con la nena. Ella experimenta una emoción profunda. Se sabe responsable del acercamiento entre su madre y su hermano. Cuando de veras quiero, puedo, se dice.  ¿Ya pensaste que vas a preparar? pregunta su madre yo puedo encargar una pavita en La Esmeralda; me puedo encargar de todo si querés ofrece. A ella no podría importarle menos la comida. Aún no puedo creer que logré juntarlos, piensa.

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Es la primera vez que organiza una cena navideña en su casa. El sábado Pedro la llevó a Alparamis. Compró arbolito, adornos varios, centro de mesa, mantel y servilletas navideñas. Cuando niña le daba mucha ilusión participar de los preparativos, ayudar a su madre. A Benja también le entusiasmaba. Se peleaban por poner las bombitas de colores en el árbol. La emociona pensar que en un par de años Ema también disfrutará haciéndolo. Ahora está colgando guirnaldas y campanitas ella sola. Pedro muy atareado en el estudio estas semanas. Recién se pone a pensar en cuánto trabajo para Luján organizar la reunión, con las cuatro nenas, además. Casi siempre Nochebuena es en su casa. Todo impecable. ¿Cómo se sentirá su cuñada?, ¿estará sobrecargada?, ¿será feliz? Más de diez años compartidos con ella sin compartir nada en realidad. Siempre callada, siempre sonriente. Su madre la presenta como el prototipo de todo lo que está bien. Ahora que Ema está más grandecita, a lo mejor podrían combinar algún programa. Está parada arriba de la escalerita poniendo la estrella en la punta del árbol, cuando suena su celular. Baja con cuidado. Quería desearte felices fiestas dice Alejandro esta noche viajo a Bahía Blanca a reunirme con mi familia. Ella quisiera decirle te voy a extrañar pero no corresponde, porque, además no suelen encontrarse. Entonces, educadamente, se limita a decirle excelentes fiestas para vos y los tuyos. Silencio. Silencio que él rompe diciendo nos vemos pronto. Ella debiera recordarle que él le ha dicho que recién en febrero comenzarían a planificar las actividades, sin embargo pide llamame cuando regreses y corta. Con el corazón agitado corta.

 

Teresa insistió en venir el 24 a la mañana para ayudarla, pero ella no lo permitió. Pesadilla trasladarse en esa fecha. Además del aguinaldo, le pagó un extra por la dedicación con que cuidó a la nena. Mil gracias, señora Paz, para mí fue un gusto; le compraré la entrada para el recital a mi hija, me tiene loca, todas las amigas van. ¿Y cómo regresará después? preguntó ella preocupada, tamaño viaje a la noche. Se quedan a dormir en lo de la abuela de una que vive en Once. La semana pasada le dejó el peceto hervido y cortado en el freezer e instrucciones para preparar la salsa, salsa que ella ya hizo. Solo le resta armar dos ensaladas. Benjamín se encargará del helado. Ella compró cerezas. Ahora está poniendo la mesa como aprendió a hacerlo a la vera de su madre. Se aparta y observa su ¿producto? Satisfecha, solo corrige la posición de los posacubiertos, desplazándolos levemente hacia la derecha. La cena de nochebuena transcurrió en relativa armonía. Con tantos niños dando vuelta más no se pudo pedir. Bruno hizo un berrinche a la hora de abrir los regalos. Su madre le comento en voz baja es que Graciana no sabe ponerle límites a lo que ella contestó es una criatura, mamá, no un soldadito como éramos nosotros. Su madre le lanzó una mirada de fuego a la que ella hizo caso omiso. Ema pasó de brazo en brazo y fue vehementemente alabada. Su presentación en sociedad. El vestidito blanco de punto smock, los zapatitos de badana, las medias con puntilla. Una muñequita. La hizo quedar muy bien porque se portó de diez. Ella se tuvo que levantar de la mesa solo una vez para amamantarla y luego consiguió que se durmiera en el cochecito. Por primera vez ella miró con atención a cada uno de sus sobrinos. Charló bastante con las nenas de Luján. Bah, de Juan Cruz que, ella lo estuvo obervando, se dedicó a conversar con su padre, con Pedro y con Juan Mateo y no ayudó en lo más mínimo a Luján que, entre supervisar a las nenas y ocuparse de la comida, no paró un instante. Su madre la ayudó mucho, tiene que reconocer. Ella, ahora, está cansada antes de empezar y sus invitados solo son cuatro. No sabe cómo ubicarlos. Su madre siempre ponía tarjetitas frente a cada plato. Ella ya las compró pero no encuentra manera de evitar tensiones. Finalmente, decide que cada uno se ubique a su antojo. La responsabilidad de las incomodidades no será de ella que sí se ubicará en la cabecera más próxima a la puerta para poder atender con más prontitud a la nena. Está nerviosa. Muy nerviosa. Descuenta que su padre y Fabián estarán distendidos. Confía en que Pedro conservará perfil bajo. Dios la ayude con su madre y su hermano. Tengamos las fiestas en paz. Paz y paz. Aunque ella ya está cansada de inmolarse para evitar conflictos.

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Afortunadamente se fueron temprano. Ema acudió en su auxilio y comenzó a berrear. No hubo manera de tranquilizarla. Quizá la beba percibía su propia inquietud. La cena se desarmó aún antes del café. Tiempo más que suficiente. Creé que nunca habló tanto en su vida. Sacaba un tema tras otro para impedir que la tensión, agazapada desde el inicio, cobrara protagonismo en el más mínimo resquicio de silencio. Recién cuando vio que su padre, Pedro y Fabián se encontraban en una charla sobre los juegos olímpicos de Atenas, se dispuso a levantar los platos para traer el postre. Benja se incorporó para asistirla. Su madre también, pero ella le frenó el gesto. Estate atenta a la nena le dio como excusa. ¿Cómo estás? le preguntó a su hermano ya en la cocina. Que estemos ya es mucho fue su respuesta. Sí, de eso se había tratado la cena: de estar. Porque no se tocó ningún tema personal, no hubo preguntas al respecto. Sí sobre el trabajo. Porque claro, Benjamín y Fabián eran solo dos socios exitosos. Y a su madre el éxito la conmovía. Cuando, bandejas en mano, emprendían el regreso al comedor, Benja le dijo gracias, Paz. ¿Gracias por qué? Todo es obra tuya, hermanita. Sí, tenía en claro que era su obra. Y también su responsabilidad que ni Benjamín ni Fabián salieran heridos. En medio de los postres Ema hizo presencia y llegó, por fin, la liberación. Así está ahora, agotada. Emocionalmente agotada mientras pone en la cuna con exquisito cuidado a esa beba que le costó tanto dormir. Estuvo bien la cena dice ella en el momento de acostarse La pavita, deliciosa es el comentario de Pedro. A ella le da rabia entonces pregunta ¿qué te pareció Fabián? Agradable, discreto son sus únicas palabras antes de apagar la luz. Ella evalúa que le faltó agregar por suerte no se le nota pero calla. ¿Qué hago yo aquí durmiendo con este hombre?, es su último pensamiento antes de caer rendida.

 

Pedro la llama para avisarle que se le complicó y que no lo espere para cenar. ¿Viste lo de Cromañón? le pregunta antes de cortar.  Ante su negativa, él agrega vos vivís en Narnia. Ella, con Ema en brazos, se sienta frente al televisor. Le toma unos segundos relacionar las terribles imágenes que se deslizan bajo sus ojos con la entrada del recital. Sí, Teresa le dijo que su hija era fanática de Callejeros. Baja el volumen y busca su celular. Después de varios intentos logra ser atendida. Estoy viajando hacia capital, señora, desesperada; me tomé un remis; mi hija no tiene celular pero una de las amigas sí; llamo y no me atiende informa una voz de Teresa desconocida para ella.  Avíseme, por favor, y dígame en qué puedo ayudarla, si necesita dinero, cuente con ello ofrece. Se desploma en el sillón. El corazón le galopa. Ella le dio el dinero para la entrada. ¿De esto también es responsable? Lo llama a Pedro para contarle, pero no la atiende. Estará en una reunión. Llama entonces a su madre. Eso pasa por permitirle a adolescentes ir a esos lugares; sin cabeza la madre y la hija. Ella le corta, indignada. Su madre vuelve a llamar. Perdoname, me puse nerviosa, sabés cómo la aprecio a Teresa. Pero a ella no le alcanza. Llama a Benjamín que todavía no se fue a Rosario. ¿Puedo ayudar en algo? ofrece ¿querés que vaya para allá? No es ella quien necesita ser asistida sino esa pobre mujer. Llama de nuevo a Pedro sin resultado. Quizá Teresa precise dinero. O el auto. Sube el volumen del televisor. Va cambiando de canales. Desgarrador. La vida es demasiado frágil para vivirla adormilada. Una obligación intentar ser feliz.

 

Por primera vez, no la baña a Ema. No tiene fuerzas. La amamanta y la acuesta. Regresa al televisor. Allí la encontrará Pedro, dormida, cuando regrese de madrugada. Ya 31. 

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Se despierta sobresaltada. El televisor está apagado. Solo una pequeña lámpara encendida. Alarmada va al cuarto de la nena. Duerme. Se dirige a su dormitorio y se acuesta. Recién entonces descubre a Pedro. Duerme también. No lo escuchó regresar. Cierra los ojos. Pero el sueño no llega.  Cromañón, Teresa, Benjamín, su madre. Pedro. La pescará el amanecer dando vueltas en la cama.

 

En cuanto se despierta, la llama a Teresa. Recién a la tercera vez la atiende. Está viva, gracias a Dios está viva, vi tantos chicos muertos, señora Paz; estamos en el hospital, le están dando oxígeno pero está bien, me dijeron que en una horas le darán el alta. Un alivio inmenso le afloja los músculos. ¿Precisa algo? No, gracias, señora. ¿Seguro? Silencio. ¿Cómo van a trasladarse hasta Laferrere? Como siempre, por suerte la derivaron al Pirovano. ¿Por qué no se toma un remis? La plata que tenía la gasté para venir. Ni un instante de duda. Yo le alcanzaré el dinero informa. No se moleste, señora. La llamo de nuevo cuando esté cerca dice y corta. Corta con el corazón galopando. ¿Cómo va a hacer? Está en camisón. Entra de puntillas al dormitorio y busca su cartera. Regresa al living y revisa su billetera. No, no es suficiente. Tiene dos problemas: conseguir el dinero y ver qué hace con Ema. ¿Pedro o su madre? Mira el reloj: recién son las seis. Va a la cocina y se prepara un café. Tiene el cerebro atascado, precisa pensar. Lo está tomando cuando escucha a Ema. La va a buscar. Se sienta en la mecedora del cuarto de la beba y la amamanta. Luego la cambia y la viste, mientras la nena la premia con sonrisas y gorjeos. Pero ella no está de humor.  Puedo ir con la nena, se dice. Recuerda la frase de Graciana: ¡Se toma un taxi!, tener una hija no la convierte en una discapacitada. Le resta conseguir el dinero. Deja a la nena en la cuna y se dirige a su cuarto. El discreto ronquido de Pedro. En él todo es educado, piensa. Si lo despierta se pondrá de mal humor. Ve colgado en el perchero el saco. Lo agarra con precaución. Sale en puntas de pie. Lleva su presa al living. Busca la billetera. Sí, tiene mucho dinero, por supuesto. Toma unos cuantos billetes y está devolviendo la billetera al bolsillo cuando algo roza su mano. Instintivamente lo saca.  Es una tarjeta de color rosa. Crámer Plaza Hotel. 50% de descuento en su próxima visita, Suite Platino. Validez de un mes.  30/12/2004. El corazón se le detiene. Regresa la tarjeta a su lugar y se deja caer en el sillón. Ahora no tengo tiempo para pensar en esto, se dice. Se viste y carga a su hija y la mochilita con sus cosas. Está por dejarle una nota a Pedro, pero se arrepiente. Que cuando se despierte descubra solo que no están.

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Por suerte consigue pronto un taxi. ¿Cuánto demoraremos hasta el Pirovano? pregunta. Unos quince minutos. Llama entonces a Teresa y quedan en encontrarse en la esquina de Roque Pérez. Cuando están a pocas cuadras, el tránsito se atranca. Derivaron a muchos chicos para acá le informa el taxista. Cuando llegan Teresa ya está. Espéreme un segundo, por favor le pide ella al chofer. Baja. La mujer se aproxima. Ella, con Ema cargada, la abraza como puede. Esto es una tragedia dice la mujer. ¿Cómo está Karina? pregunta ella. Mejor por suerte, cuando la encontré no respiraba. Ya luego me contará bien, ahora regrese con su hija dice Paz mientras le entrega el dinero. Es mucho más que lo necesario para un remis. Le devolveré lo que me sobre, señora y el resto me lo descuenta de mi sueldo. Olvídese, Teresa, úselo para armar una buena cena esta noche y brindar porque tiene a su hija viva. La mujer la abraza de nuevo. Nunca me olvidaré de esto, señora Paz, le aseguro que cuidaré a su hija como si fuera mía. El taxista le toca la bocina porque a su vez se la tocan a él. Ella sube al auto. ¿Adónde vamos?  Recién entonces ella recuerda la tarjeta. ¿Adónde ir?, ¿qué hacer? Aún no lo sabe. Por el momento siga por Monroe dice entonces mientras busca su celular.

 

¿Qué pasó? le pregunta Graciana, aún en piyama, mientras toma a Ema de sus brazos. Antes de empezar a hablar preciso un café. Graciana le devuelve la nena y ambas se dirigen a la cocina. Bruno aún duerme, por fortuna explica su cuñada. Perdoname que te desperté. Supongo que tenías motivos valederos. Graciana dispone trozos de pan dulce en unos platitos y sirve el café. Te escucho dice. Entonces Paz le cuenta. ¿Qué pensás hacer? pregunta Graciana cuando ella, por fin, calla. No sé, por eso vine. Graciana se toma unos cuantos segundos antes de preguntar ¿lo querés? Ella recuerda a Benjamín. Claro, eso es lo único realmente importante. No lo sé. ¿No lo sabés o preferís pensar que no lo sabés?; reformulo, ¿querés seguir llevando la vida que llevás? ¡No!, eso seguro que no. ¿Qué quisieras cambiar? ¡Todo! Graciana permanece un buen rato en silencio antes de decir entonces quizás este hallazgo sea una oportunidad.

 

Adulterio, contesta papá y yo no sé qué es eso, pero suena a grave. Si se separaran todos los matrimonios infieles ya no existirían parejas, dice mamá. No es solo eso, Rosario, hace mucho tiempo que se llevan mal; vamos a aducir al adulterio, pero hace años que ella quiere separarse, no lo hizo por lo económico, así que la infidelidad le vino como anillo al dedo.

 

Bruno aparece en la cocina. Descalzo, en piyama. En cuanto la ve se le tira en los brazos. ¡Tía! exclama. Minutos después aparece Juan Bautista, también en piyama. ¡Qué sorpresa! dice. Ella le cuenta de Teresa y Cromañón mientras Graciana le sirve un café. Estoy hasta la coronilla de pan dulce exclama él, apartando el plato que su mujer le ofrece. Lo lamento, hay que consumirlo dice Graciana con una sonrisa encantadora acercándoselo nuevamente porque está noche se renovará el stock. Inútil oponerse a tus mandatos dice él riendo mientras, resignado, mastica. Ella repara en que es la primera vez que ve moverse a la pareja en la intimidad. Se aman, piensa, se percibe en cada gesto. Suena su celular. Pedro. Apaga el aparato. ¿Me tenés a la nena? le pide a Graciana. Dámela a mí ofrece Juan Bautista tendiéndole los brazos. Va hasta el baño y se moja la cara. Necesita estar lúcida. Pensar. Tengamos las fiestas en paz se había propuesto. ¿Con qué cara podría sentarse junto a Pedro esta noche en la casa de Juan Mateo? No iré, decide. Comprueba, aliviada, que ya tomó la primera decisión.

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Antes de poner la llave, apoya la oreja en la puerta. No se escucha nada. Abre. Lleva a la nena a su cuarto y la acuesta en la cuna con delicadeza. Por suerte no se despierta. Recién entonces va a su dormitorio. Pedro duerme. Claro, tuvo una noche agotadora, evalúa ella. Regresa al living,  extrae del bolsillo la tarjeta en cuestión y la guarda en su cartera. Precisará pruebas.

 

Está comiendo una ensalada cuando Pedro aparece en la cocina. ¿Se puede saber dónde estabas? pregunta casi en un grito. ¿Dónde estabas vos anoche? inquiere ella, abandonando el tenedor sobre el plato. El rostro de él sufre una leve modificación que, sin embargo, a ella no se le escapa. Ya te dije, una cena de trabajo. ¿En el Crámer Plaza Hotel? Ahora sí no hay dudas de que él recibió el impacto. ¡Qué tonterias decís! exclama, agresivo. ¿En la Suite Platino? ¿Así que ahora te dedicás a revisar mis cosas? Ella intenta conservar la calma. Inspira hondo. Sí, me dedico a revisarte además de robarte; fui a sacar dinero para llevarle a Teresa, me cansé anoche de llamarte, y la tarjeta vino a mí; te pido que no te rebajes a negarlo, las evidencias te inculpan. Él, que sigue de pie frente a ella,  se pasa la mano por el rostro. Paz, no hagas un drama de esto, fue solo una noche, estoy demasiado tensionado con el trabajo; los hombres a veces precisamos evadirnos; vos sos mi vida; Ema y vos son mi vida; te prometo que no volverá a suceder. A ella le sube una ira sorda desde el abdomen. Sería una lástima, desaprovecharías el descuento dice, desconociéndose. Paz, no seas vulgar, por favor. Ella esboza una sonrisa despectiva. Sentate indica. Él obedece. No insultes mi inteligencia, Pedro; vos me engañás desde principio del embarazo, quizá desde siempre, pero de antes no tengo pruebas; hace meses que sos un fantasma en casa, casi no ves a tu hija. Él ladea la cabeza. ¿Cómo creés que se costea el tren de vida que tenemos?, alguien tiene que trabajar. Ella vuelve a sonreír. Sí, por eso es que comenzaré a trabajar el año próximo. Con lo que vos puedas ganar… acota él, despectivo. Estoy harta de que me menosprecies continuamente. Él le toma ambas manos. No discutamos, mi amor, esto lo superaremos juntos. ¡No me digas mi amor! exclama ella soltándose si fuera tu amor no estarías enredado con otra mujer. Él sacude la cabeza. Vos no entendés nada replica una cosa es el amor y otra la cama; y ya estoy cansado de que siempre me rechaces. ¡Estoy puérpera, Pedro! Sí, y antes estabas embarazada. ¡Por qué vos quisiste que tuviéramos un hijo enseguida! Basta, Paz; ya está, terminemos con esta escena que no está a tu altura; servime un café que tengo que ir a comprar lo que me encargó tu madre para esta noche. Ella no puede creer lo que escucha. Está furiosa. Yo no voy a ir a lo de Juan Mateo informa. No digas tonterías; es el primer fin de año de nuestra hija, cómo no celebrarlo con la familia. Andá vos si querés y si querés llevala; alguna vez en la vida podrías hacerte cargo de ella; ya ni un pañal le cambiás, no sabés ni lo que come; yo no voy a ir a representar la pantomima de la pareja feliz. Él se pasa las manos por el rostro. De acuerdo, esperaremos el año los tres acá tranquilos, casi mejor para la nena; les diremos que no te sentís bien. Parece que no me entendés, Pedro, yo no tengo nada que festejar con vos; andá a cenar con ellos o con la señorita de Crámer; no estoy de humor para reunirme con nadie. De repente otra decisión la atraviesa. Me voy a ir pasar unos días a Rosario con la nena. ¡Si es que yo te autorizo! Ella se encoge de hombros y se incorpora. Te aviso cuando consiga los pasajes. Mientras sale de la cocina confirma dos cosas: que es una mujer valiente y que no lo quiere.

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Seis de la tarde. Luego de la discusión, Pedro salió dando un portazo y no volvió a tener noticias suyas. Abre la heladera: todavía hay pavita y ensalada Belén. Se pondrá la mesa linda, ya pensó. Y se arreglará. Soy merecedora, piensa. En esas está cuando suena el timbre. Se le detiene la respiración. Porque ya sabe quién es. Abre la puerta. ¿Cómo te sentís? pregunta la madre. Bien responde ella. La mujer la mira extrañada. Me dijo Pedro que estabas con temperatura. Pues te mintió. Su madre deja la cartera sobre el sillón y se sienta. Decime vos la verdad entonces. Ella también se sienta. No estaba en sus planes enfrentar a su madre en ese último día del año. Pedro me está engañando informa. Paz querida, eso lo arreglaran entre ustedes, pero es importante empezar el nuevo año junto a tu familia. Ella cierra un instante los ojos buscando fuerzas. Cuando, al principio del embarazo, te hablé del mail que había encontrado, me pediste que no me hiciera problema, que era pasajero y luego me contaste que Pedro te había prometido que nunca más; lamento comunicarte que no cumplió su promesa; a vos también te engañó. Su madre menea la cabeza. Es cierto admite. No me interesa un matrimonio que se rija por los usos y costumbres del siglo pasado, mamá; no creo que las mujeres hayamos nacido para tolerar los desplantes de nuestros maridos; yo, al menos, no voy a seguir tolerándolo. La madre endereza la espalda. El rostro se le tensa. ¿Entonces? En principio me iré unos días a Rosario a la casa de Benjamín, ya hablé con él; allí, con tranquilidad, decidiré los siguientes pasos. Una familia no se tira por el aire ante la primera dificultad, Paz querida; pensá en tu hijita. Ella se queda unos minutos en silencio. Pienso en ella dice no quiero que se críe con una madre infeliz. Su madre le oprime el brazo. Pedro es un buen muchacho, inteligente, trabajador, tan pegado a nuestra familia. Yo soy tu hija, mamá; espero que si llega el momento te pongas de mi lado no del de él; precisaré apoyo. Y, aunque intenta evitarlas, las lágrimas comienzan a rodar por sus mejillas. Su madre la abraza.

 

La baña a Ema y, en lugar de piyama, le pone un vestidito. Ella se estrena la bombacha rosa que le regaló Laura para Navidad. Pone en la mesa del comedor un mantel rojo y la vajilla de porcelana. Cena con la nena dormida en el cochecito, a su lado. Los petardos de las doce la despiertan. Ella la alza y la lleva al balcón. Jolgorio en la calle. Debiera estar triste, piensa, mi pareja se está desbarrancando. Sin embargo, se siente bien. Bien consigo misma. El teléfono suena. Benjamín, por supuesto. Fabián te consiguió lugar en el auto de un amigo que sale para aquí mañana a media tarde, ¿estás de acuerdo? le informa su hermano. ¡Por supuesto!, ¡qué celeridad! exclama ella. Anotá el teléfono así combinás con él, Martín se llama. Doce y treinta suena nuevamente. Deja a la nena en el cochecito y atiende. Quería desearte un excelente inicio de año la sorprende la voz de Alejandro.  La sorprende y le acelera el pulso. Espero que el 2005 nos encuentre trabajando juntos, no veo el momento de arrancar con la escuela prosigue él. Mañana me voy a Rosario a la casa de mi hermano con la nena, a pasar unos días informa ella cuando regrese me comunico y combinamos para planificar.  Esperaré tu llamado dice él. Llegará añade ella. Te dejo con los tuyos agrega él. Ella quisiera contarle que está sola pero solo dice nos estamos viendo y corta. Alza a Ema y regresa al balcón. Un nuevo año la espera. 

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La despierta el llanto de Ema. Llanto que se apacigua en cuanto ella se aproxima a la cuna. Llanto que troca en sonrisas cuando ella la alza. Sonrisas y gorjeos. Ya no le urge comer. Lo que precisa es contacto, compañía, evalúa, como yo. Camino a la cocina comprueba que Pedro tampoco durmió en el sillón. Menos mal, piensa. Se prepara el desayuno. Recién después amamanta a la nena. Su cabeza girando a infinita velocidad. Quedó con Martín en que pasará a buscarla alrededor de las tres. Repasa mentalmente todo lo que deberá llevar. Es la primera vez que se traslada con su hijita por más de unas horas. Tantas cosas precisa. Cochecito, asiento para el auto, ropa, cosméticos, pañales, medicamentos por las dudas, ¿termómetro? Para ella solo llevará lo imprescindible: piyama, remeras, un jean, bermudas, ropa interior, un abrigo. Le dijo Benja que Fabián le consiguió una cuna ya en desuso de su sobrino. Tendrá que llevar sabanitas también. Y una mantilla, claro. Y algunos juguetes. Pone a la nena en su hamaquita y se dispone a armar la valija. La está bajando del estante superior del placard cuando suena el teléfono. El corazón se le aloca. ¿Será Pedro? Atiende con los ojos cerrados. ¿Cómo estás? le pregunta su madre. Armando el equipaje responde ella y le transmite sus planes. ¿Estás segura? Sí, mamá, preciso aire. ¿Pedro? No vino a dormir, ¿vos supiste algo de él? No, ni llamó para desearnos feliz año. Tiene cola de paja comenta ella. Espero que tu hermano te ayude a recuperar la cordura dice su madre. Espero que me ayude a recuperar mi autoestima; ya te expliqué, mamá, no estoy dispuesta a que Pedro me siga humillando. Silencio. Llamame en cuanto llegues pide su madre y avísame si precisás algo, lo que sea, a la hora que sea. Gracias, mamá. Las voy a extrañar, vuelvan pronto. A ella le dan ganas de llorar, por eso se apresura a cortar. Está cerrando el bolso cuando la puerta de calle se abre. Qué mala suerte, piensa. Pedro se aproxima. Veo que va en serio lo del viaje dice. replica ella esto no es una broma. ¿Cómo viajás? Me pasa a buscar un amigo de Fabián, vamos en auto. Viaje largo para la nena comenta él. Ella quisiera decirle que mejor se hubiera preocupado antes por el bienestar de su hijita, pero calla. ¿Debiera preguntarle dónde pasó la noche? No quiero desperdiciar fuerzas, evalúa. Se siente agotada aun antes de arrancar. Él se acerca y la toma de ambos brazos. Paz, todavía estás a tiempo, quedate. Ella se desprende del contacto. Preciso irme informa ya charlaremos a mi regreso. Puedo ir a buscarlas cuando me digas ofrece él. Si querés andá a despedirte de la nena propone ella en un rato nos pasarán a buscar. Pedro regresa con la nena alzada. A ella se le parte el corazón. Es su papá, piensa, y yo lo quiero tanto a mi papá. El portero eléctrico suena. Ella recupera a Ema y la sienta en el cochecito. Empieza a juntar los bártulos. Yo te ayudo ofrece él levantando la valija. Bajan en el ascensor en silencio. En la puerta está Martín. Por suerte pude estacionar justo acá dice luego de las presentaciones. Pedro instala el asientito en el auto y Martín carga el equipaje en el baúl. Ella sienta a la nena en su butaca. Nos vamos informa. Pedro la besa cerca de los labios. Paz, todavía estás a tiempo repite. Ella menea la cabeza y se ubica junto a la nena. Te aviso al llegar dice y cierra la puerta. Martín enciende el motor. Pedro levanta la mano y la agita. Ella remeda el gesto. El auto arranca.

 

El paisaje se desliza por la ventanilla como imágenes de un caleidoscopio. Ema duerme. Suena Chopin en la radio del auto. Su padre siempre escuchaba ese concierto. El sol se va poniendo. Está terminando el primer día del año, piensa. Desde el abdomen le sube en espiral una columna de aire tibio. Está por empezar el primer día de mi nueva vida, decide.

 

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 


 



4 comentarios:

  1. Uffff!!!! Cuántas emociones propias y ajenas me atravesaron leyendo las primeras tres entradas.
    Dios nos libre de ser omnipresentes como madres y qué tremendo es ser tan poco dueñas
    De nuestros cuerpos en situaciones médicas en general. Por suerte, de a poco, algo va cambiando….
    Hermoso Yima!!! Espero esta vez poder seguirlo sin atrasarme

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    1. La medicina no siempre suele ser respetuosa. tampoco en el campo obstétrico, ni hablar con personas d pocos recursos. Tan peligrosas estas madres introyectadas. Que desde el supuesto amor, arrasan con sus hijos.

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  2. Imposible no quedar un poco conmovida, ya que mi puerperio fue muy traumático.

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    1. Los puerperios suelen ser más difíciles de lo que las mujeres se atreven a admitir

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  La despierta el llanto de Ema. Llanto que se apacigua en cuanto ella se aproxima a la cuna. Llanto que troca en sonrisas cuando ella la ...