Antes
de poner la llave, apoya la oreja en la puerta. No se escucha nada. Abre. Lleva
a la nena a su cuarto y la acuesta en la cuna con delicadeza. Por suerte no se
despierta. Recién entonces va a su dormitorio. Pedro duerme. Claro, tuvo una
noche agotadora, evalúa ella. Regresa al living, extrae del bolsillo la tarjeta en cuestión y
la guarda en su cartera. Precisará pruebas.
Está comiendo una ensalada cuando
Pedro aparece en la cocina. ¿Se puede saber dónde estabas? pregunta casi
en un grito. ¿Dónde estabas vos anoche? inquiere ella, abandonando el
tenedor sobre el plato. El rostro de él sufre una leve modificación que, sin
embargo, a ella no se le escapa. Ya te dije, una cena de trabajo. ¿En el
Crámer Plaza Hotel? Ahora sí no hay dudas de que él recibió el impacto. ¡Qué
tonterias decís! exclama, agresivo. ¿En la Suite Platino? ¿Así que ahora
te dedicás a revisar mis cosas? Ella intenta conservar la calma. Inspira
hondo. Sí, me dedico a revisarte además de robarte; fui a sacar dinero para
llevarle a Teresa, me cansé anoche de llamarte, y la tarjeta vino a mí; te pido
que no te rebajes a negarlo, las evidencias te inculpan. Él, que sigue de
pie frente a ella, se pasa la mano por
el rostro. Paz, no hagas un drama de esto, fue solo una noche, estoy
demasiado tensionado con el trabajo; los hombres a veces precisamos evadirnos;
vos sos mi vida; Ema y vos son mi vida; te prometo que no volverá a suceder. A
ella le sube una ira sorda desde el abdomen. Sería una lástima,
desaprovecharías el descuento dice, desconociéndose. Paz, no seas
vulgar, por favor. Ella esboza una sonrisa despectiva. Sentate
indica. Él obedece. No insultes mi inteligencia, Pedro; vos me engañás desde
principio del embarazo, quizá desde siempre, pero de antes no tengo pruebas; hace
meses que sos un fantasma en casa, casi no ves a tu hija. Él ladea la
cabeza. ¿Cómo creés que se costea el tren de vida que tenemos?, alguien
tiene que trabajar. Ella vuelve a sonreír. Sí, por eso es que comenzaré
a trabajar el año próximo. Con lo que vos puedas ganar… acota él,
despectivo. Estoy harta de que me menosprecies continuamente. Él le toma
ambas manos. No discutamos, mi amor, esto lo superaremos juntos. ¡No me
digas mi amor! exclama ella soltándose si fuera tu amor no estarías
enredado con otra mujer. Él sacude la cabeza. Vos no entendés nada replica
una cosa es el amor y otra la cama; y ya estoy cansado de que siempre me
rechaces. ¡Estoy puérpera, Pedro! Sí, y antes estabas embarazada. ¡Por qué vos
quisiste que tuviéramos un hijo enseguida! Basta, Paz; ya está, terminemos con
esta escena que no está a tu altura; servime un café que tengo que ir a comprar
lo que me encargó tu madre para esta noche. Ella no puede creer lo que
escucha. Está furiosa. Yo no voy a ir a lo de Juan Mateo informa. No
digas tonterías; es el primer fin de año de nuestra hija, cómo no celebrarlo
con la familia. Andá vos si querés y si querés llevala; alguna vez en la vida
podrías hacerte cargo de ella; ya ni un pañal le cambiás, no sabés ni lo que
come; yo no voy a ir a representar la pantomima de la pareja feliz. Él se
pasa las manos por el rostro. De acuerdo, esperaremos el año los tres acá
tranquilos, casi mejor para la nena; les diremos que no te sentís bien. Parece
que no me entendés, Pedro, yo no tengo nada que festejar con vos; andá a cenar
con ellos o con la señorita de Crámer; no estoy de humor para reunirme con
nadie. De repente otra decisión la atraviesa. Me voy a ir pasar unos
días a Rosario con la nena. ¡Si es que yo te autorizo! Ella se encoge de
hombros y se incorpora. Te aviso cuando consiga los pasajes. Mientras
sale de la cocina confirma dos cosas: que es una mujer valiente y que no lo
quiere.