viernes, 19 de septiembre de 2025

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Una enfermera le toma la presión. Es jovencita, dulce. ¿Nena o varón? pregunta. No quisimos saber contesta la madre mejor si es sorpresa. Yo sí quería saber, piensa ella, pero no dice nada. La chica sale. Pedro y su madre hablan. De política, de los Juanes. Hablan. Ella precisa silencio. Le pide a Pedro con señas que aleje a su madre, pero él solo se encoge de hombros. El tiempo sigue corriendo. De a poco las contracciones se van haciendo más fuertes y más seguidas. Voy bien, se tranquiliza ella a sí misma, puedo aguantarlas. Pero su madre dictamina esto es muy largo, al bebé no le va a hacer bien y sale.  Minutos después regresa con la partera. En cuanto venga el anestesista te vamos a pasar un suerito informa la mujer. Yo no quiero anestesia dice ella y capta un cruce de miradas entre ambas mujeres. Veremos dice su madre. La mujer sale, pero retorna un rato después. Se te salió la vía informa te dije que no te movieras. La inserta nuevamente. Con violencia porque le duele. Y le inyecta algo. ¿Qué me pusieron? pregunta. Nadie le contesta. Casi al instante las contracciones mutan. Como si una máquina se hubiera apoderado de sus entrañas. La primera la sacude. Cuando llega la segunda aprieta los labios para no gritar. Media hora después la partera le hace otro tacto. Ya seis centímetros, ahora sí que se largó. Los tactos se suceden, intolerables en medio de las feroces contracciones. Cuando poco después le informan que está con ocho el dolor es tan fuerte que teme estallar. ¡No aguanto más! exclama entre sollozos. ¿Viste?, te quisiste hacer la fuerte  comenta la madre yo te avisé. Voy a buscar al anestesista informa la partera. Me rendí, piensa ella, perdóname, hijo, me rendí. Diez minutos después la hacen acostar de lado y siente una aguja que se introduce en su médula. En otros diez minutos las piernas dejan de pertenecerle. Ahora sí que su madre se apoderó de ella. No lo siente. Perdí el contacto con mi hijo, piensa. Pedro le toma la mano ¿viste que era mejor?, se te fue el dolor. Por suerte hacen salir a su madre. Solo una persona indicaron. Le pica todo el cuerpo y está mareada. Muy mareada. Le avisa a la partera. El doctor Sandoval ya viene. Un rato después el hombre, impecable delantal blanco, le toma la presión. Está hipotensa dictamina. La partera, mientras tanto, evalúa los latidos del bebé. Bajó mucho la frecuencia cardíaca informa. Ella se siente morir. ¡Es la anestesia!, ¡sáquenmela! grita. Tranquilícese, Paz, ya vamos para sala de partos; me cambio y la veo allí. Ella lo mira a Pedro: está pálido. La trasladan a una camilla y la conducen por un pasillo infinito. Unas puertas dobles se abren. Pedro queda del otro lado. Se cierran. La acuestan y le ponen una tela que le bloquea la visual de su abdomen. Pregunta por qué. Vas a cesárea informa la partera. ¡No quiero! exclama ella. ¿Preferís que se muera tu bebé? le pregunta la mujer. Mi cuerpo ya está muerto, evalúa ella. Intenta mover las piernas. Inútil. Cierra los ojos. Escucha ruidos metálicos. Conversaciones apagadas. Como si tuviera la cabeza adentro de un cubo con agua. No siente dolor porque no siente nada. No se siente. Ni a ella ni a su hijo. ¡Ya está! exclama Sandoval es una nena. Una nena. A ella le parecía que sería una nena. Pedro lo lamentará, piensa y abre los ojos.  ¿Por qué no llora? pregunta ¿está bien? Tranquila, Paz, el neonatólogo ya la está aspirando. ¿Tranquila? Intenta incorporarse. ¡Dejénmela ver! grita. Sédenla indica Salcedo. Antes de que pueda reaccionar, el anestesista le pone una máscara. Intenta resistirse, pero cae. Cae en un pozo. Infinitamente cae. Presión. Asfixia. Destellos. Frío. Ruido. Vértigo.

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