El tiempo parece haberse salido de la órbita. De la suya, al menos. Los días se extinguen en pocas horas, las semanas vuelan. Ema ya cumplió cinco meses, intenta sentarse. Se acerca el fin de año. Todavía le parece increíble tener proyectos para el 2005. Cruza mails con Alejandro casi a diario y la semana pasada fue a conocer la escuela. El viernes tiene el último encuentro del jardín rodante. Qué notable, los chiquitos comenzarán el año próximo la “educación formal” y ella iniciará un trabajo también formal. Alejandro le adelantó que será un empleo en blanco. Graciana quedó muy interesada con la propuesta de Mundo Mínimo. Le encantaría para Bruno, aunque le queda bastante lejos. Está visitando otros jardines y evaluando. Ella trabó un lazo muy fuerte con ese nene. Ojalá que se incorpore a la escuelita, piensa. Aunque no estaría en su sala, claro. Pronto cumplirá tres años. Así como Benja es “mi” hermano, Bruno es “mi” sobrino, evalúa. La relación con Pedro está tensa. Seguramente él confía en que terminará convenciéndola y rechazará el trabajo. Ella no le habla al respecto, ni él le pregunta. Como si lo hubieran puesto en el freezer. En el freezer están. Han tenido sexo solo un puñado de veces. Él ha disminuido sus acercamientos y ella cada tanto accede. Porque el cuerpo le pide, además. Aunque no es el cuerpo de Pedro lo que le pide. Se siente activada. En todo sentido. Vuelta a la vida. Charlan lo estrictamente necesario, de la nena casi siempre. Aunque Pedro le hace morisquetas y da indicaciones, se ocupa poco y nada. Ella no le contó que fue a conocer la escuela. Con Ema, fue. Quería que Alejandro la conociera. ¿Quería lucirla? ¿Cómo mamá me lucía a mí?, se plantea. Se lo plantea y se reta. A su madre no necesitó comunicarle sus planes porque Pedro, obvio, la puso sobre aviso. Frenó las diatribas y le dijo que lo estaba evaluando, que ya le comunicaría su decisión. Decisión que tomó pero que aún no anunció fehacientemente ni a madre ni a marido. Está esperando que pasen las fiestas. No sabe por qué, pero se fijó ese hito. Tengamos las fiestas en paz prescribe el dicho. Los únicos con los que comparte su proyecto son Benjamín, Laura y Graciana. Su trío de apoyo. La divina trinidad.
¿Sabés que va a hacer Benjamín para Navidad? la sorprende su madre. Ella se queda de una pieza. Ya no recuerda cuánto hace que no comparten una fiesta con su hermano. ¿Pensás invitarlo? No soy yo la anfitriona es su respuesta. Es cierto, la reunión será en lo de Juan Cruz. Una complicación trasladarse a Nordelta pero su casa es la más grande y este año lograron combinar para reunirse todos. Todos menos Benja, claro. Diez adultos y ocho niños, contándola a Ema. El parque es precioso y, si lloviera, tiene un quincho monumental. ¿Para qué preguntás, entonces? la provoca ella. Su madre hace un gesto despectivo con el hombro. Pasa Nochebuena en casa de los padres de Fabián informa ella. ¿Y el 25? La mirada de su madre se pierde en el ventanal. A ella le cae la ficha. Hablaste con Pedro afirma. La mirada sigue prendida en la copa de los árboles. ¿Qué lazo misterioso existe entre su madre y su marido? ¿El hilo rojo? El 25 Benja viene a cenar a casa y luego se corrige vienen. Vaya si le costó una discusión con Pedro. Su hermano le había contado que viajaba porque tenían el casamiento de una prima de Fabián el 26. A ella le salió del alma vengan el 25 a cenar. Su marido puso el grito en el cielo cuando se lo comentó. Es mi casa también, por si te olvidaste dijo de mala manera. A ella le surgieron las agallas. Si te molesta que vengan, iremos a cenar afuera nosotros tres, y Ema, por supuesto. La discusión quedó allí pero un par de días después Pedro dijo invitalo si querés, es tu hermano. Paz no termina de sorprenderse cuando comprueba que, cuando ella se pone firme, Pedro retrocede. Sin abandonar la observación del follaje su madre propone si te parece, tu padre y yo podríamos sumarnos y luego, ya mirándola, agrega así te doy una mano con la nena. Ella experimenta una emoción profunda. Se sabe responsable del acercamiento entre su madre y su hermano. Cuando de veras quiero, puedo, se dice. ¿Ya pensaste que vas a preparar? pregunta su madre yo puedo encargar una pavita en La Esmeralda; me puedo encargar de todo si querés ofrece. A ella no podría importarle menos la comida. Aún no puedo creer que logré juntarlos, piensa.