Es como un grano del que no cesa de drenar pus. Un recuerdo encadena a otro. Drenan pero no curan. Un antibiótico, piensa, qué absurdo preciso un antibiótico contra mi madre. En cuanto lo piensa brota la culpa además del pus. Mamá nunca me pegó, se dice, mamá nunca me gritó. Mamá me cuidó, siempre me cuidó mucho. Sin embargo, no logra aplacar el malestar que le sube de las vísceras, que la sacude. Insiste. Mamá siempre quiso lo mejor para mí. Lo que mamá creía que era mejor para mí, se rectifica. Lo que mamá creía mejor. Lo que mamá creía mejor para ella. Si le hicieran un juicio podría alegar que su mamá no le dejó comer helado de chocolate. Pero no, ni siquiera se lo prohibió. La aconsejó. Y cada vez que va a la heladería sigue pidiendo de frutilla y limón. Porque son más refrescantes. Sobre todo, en verano.
Pedro llega del trabajo de malhumor, saluda a su cuñado desde la puerta y se dirige al dormitorio. Enseguida Benjamín se incorpora y aduce que se tiene que ir. Ella se dispone a bajar a abrirle, pero justo Ema se larga a llorar. Pedro regresa e insiste en acompañarlo él. Muy inoportuna, Ema, le dice ella a la beba mientras la mece, yo quería estar con tu tío, aunque fuera un ratito más. Pedro nunca lo quiso a Benja, piensa Paz. A los Juanes, sí, con ellos se entiende. Sobre todo con Juan Cruz, los dos trabajan en el estudio de su padre. Tal para cual, piensa. Pero no lo pienso bien, piensa. Siempre fue Juan Cruz el que más la molestó. Sos tan chiquita que te van a confundir con una hormiga y te van a pisar le decía. Tantas veces se sintió una hormiga. Se siente una hormiga. Las hormigas no tienen hijos, piensa, solo cuidan huevos, larvas. Sin embargo, acá tiene ella a su hija, mamando sin demasiada convicción, pero taladrándola con la mirada. ¿Qué buscan esos ojitos?, ¿qué no logro darte? Pedro no regresa solo. Hola, hija la saluda su madre, como si nada, poniéndole la mano sobre la cabeza. Ella de pequeña adoraba que su madre le acariciara el cabello, casi el único gesto de cariño que le dedicaba. La beba aleja los labios del pezón. Su madre abandona el sillón de enfrente en que se ubicó y se acerca, los brazos extendidos. ¿Puedo? pregunta con una sonrisa. Paz se la tiende. Quizá soy muy dura con ella, piensa mientras escucha las palabras dulces que su madre le dirige a la nena. ¿A mí me habrá hablado así? Dicen que las mujeres suelen ser mejores abuelas que madres. Debiera poder confiar en ella, se recrimina. Se deja caer sobre el respaldo del sillón. ¿Se habrá encontrado con Benja?, piensa, se hablan poco y nada. Cierra los ojos. Está agotada.
Se despierta. Mira, instintivamente, el reloj. Las siete. Durmió más de una hora. Escucha voces desde el baño. Hacia allí se dirige. La puerta está abierta. Ema está dentro de su bañera, sostenida por su madre. Le sube desde el abdomen una profunda indignación. ¿Qué estás haciendo? pregunta con brusquedad. Dándole un baño contesta su madre con una sonrisa yo siempre los bañaba a las siete, lloviera o tronara; es fundamental generar hábitos. ¿Vos nos bañabas? pregunta ella, ausente la figura de su madre de sus recuerdos. La empleada de turno o yo es la respuesta lo importante es que la tarea esté hecha, no quien la haga. ¿Pedro? Le dije que se recostara un rato, ustedes están muy cansados, van a necesitar alguien que les dé una mano con Ema; tengo el teléfono de una niñera de suma confianza, la ayudó a Luján con las nenas. La sensación de una pesa depositada sobre su cabeza. No puedo con esto piensa, no puedo con mi madre y con mi hija. La beba protesta. Alcanzame la toalla ordena su madre. Ella piensa que debiera rescatar a su hija, alzarla. Pero no tiene fuerzas. Le tiende el toallón con capucha a su madre y sale del baño.
Alcanzar la toalla o tirar la toalla? Se huele a resignación.
ResponderBorrarTal cual: tirar la toalla
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ResponderBorrarNo solo le roba la maternidad, le está robando la vida esa señora.
ResponderBorrar"Aconsejar" cuando cuenta del gusto de helado. Ni siquiera eso pudo elegir desde su niñez.
ResponderBorrarLo peor es que la convence de que sí eligió
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