miércoles, 15 de octubre de 2025

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Pedro está saliendo del dormitorio cuando, ya en la puerta, gira y dice hoy llegaré después de cena, ¿por qué no le pedís a tu madre que venga a ayudarte con el baño de la nena? Ya veré contesta ella andá tranquilo.

 

Entro al escritorio. Pedro se olvidó la computadora encendida. La voy a apagar cuando me doy cuenta de que quedó abierto el hotmail. El último mensaje es de una tal Rosana. Sin siquiera tomar la decisión, lo abro. Te espero a las tres en el hotel,  ya desvestida. Me siento. Lo releo. No hay espacio para dudas. De a poco acuden a mi mente escenas a las que no presté atención pero que, evidentemente se grabaron en mí. Salir al balcón con el teléfono, llegadas tarde. Incongruencias varias. ¿Qué debería sentir?, ¿angustia?, ¿rabia?  Desconcierto, parálisis. Me acuesto en el sillón y cierro los ojos. Me pongo las manos sobre el abdomen. Necesito pensar con claridad. Me sobreviene un cansancio infinito. Me envuelve, se me trepa, me sofoca. Me cuesta respirar. Así me quedo hasta que suena el timbre. Me incorporo y acudo a atender. Tras la puerta abierta, mamá. Verla me quiebra. Sollozo. Parada frente a ella sollozo. Como si el llanto se hubiera alimentado y crecido en la espera. ¿Qué te pasa, hija?, pregunta mientras me agarra del brazo. Me dejo conducir, llorando, hasta el sillón. Ambas nos sentamos. Entonces, como puedo, entre ahogos, le cuento. Trata de tranquilizarte, me dice mientras me pasa la mano por el cabello, le va a hacer mal al bebé; no hagas un mundo de nada; los hombres son así, es normal, les cuesta sobrellevar los embarazos, ¿viste?, vos te sentís mal desde el principio, quizá se sintió rechazado; no te preocupes, es solo sexo, él te adora; te sugiero que no le digas nada, cuanta más importancia le des más trascendencia tomará; ya se le va a pasar, si sabré yo con cinco hijos…; no te preocupes, yo hablaré con él. Yo intento oponerme. Confía en mí, dice apretándome el brazo, seré prudente, ya sabés que nosotros nos entendemos bien. Vaya si se entienden bien, pienso. Ellos se entienden, pero no me entienden. Nunca me entendieron. Tampoco los entiendo. ¿Me entiendo yo? Te voy a preparar un té, andá a lavarte la cara, me indica mamá, traje masitas. Obedezco. Camino al baño giro y le digo: gracias, mamá. Ya sabés que siempre estoy para aconsejarte. Recuerdo el cuadrito colgado en mi cuarto: Ascolta i consigli della mamma tua. Siempre los escuchó. Aunque no está muy segura de que fueran beneficiosos. Pedro…

 

Escucho la puerta. El corazón se me aloca. ¿Le diré algo? Descubro a Pedro detrás de un gran ramo de rosas. ¿Se me pasó una fecha?, le pregunto. No, quise recordarte cuánto te quiero. Me dejo abrazar.

 

Suena el timbre. Me acerco a abrir. Hola, dice mamá tendiéndome un paquete. Lo abro. Un enterito mínimo. Quizá puedas usarlo para sacarlo del sanatorio, comenta. Me tiende ahora, otro. Prepara un café, traje masitas de Steinhauser, informa mientras se dirige a la cocina. ¿Y estas rosas?, pregunta al ver el ramo en el florero. Pedro, respondo, hago una pausa y pregunto: ¿hablaste con él? Quedate tranquila, me confirmó que no era nada,  le hice prometer que nunca más, y si me lo prometió a mí… Soy nada, pienso, no existo, mi hijo se avergonzará de mí. ¿Te gusta el color?, pregunta mamá, para mí que va a ser varón.

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