Escucho un ruido. ¿Son sollozos? Me asomo al pasillo. Vienen del cuarto de Benja. Me acerco. Pongo la oreja en la puerta. Sí, son sollozos. Golpeo. El llanto se interrumpe. Soy Paz, digo. Pasá. Benja está tirado sobre la cama, boca abajo. Me siento a su lado. ¿Qué te pasa, Benja?, le pregunto y apoyo la mano sobre la cabeza de mi hermano. Mi único hermano, pienso, los Juanes son otra cosa. Cuando logra tranquilizarse Benja me cuenta que mamá encontró un cuaderno donde él escribe lo que piensa. Un diario, digo. Ponele, porque a los varones no nos regalan diarios con llavecita y yo soy tan boludo que escribí que me gustaba Guillermo y que me parecía que yo también le gustaba a él; pero que no me animaba a decírselo aunque a él tampoco le conocíamos novias; escribí también que necesitaba hablarlo con alguien pero que me daba mucha vergüenza, que estaba pensando en contártelo a vos; todo eso había escrito; ni bien volví de la escuela mamá entro en mi cuarto sin golpear siquiera, enarbolando el cuaderno, hecha una furia, ya la conocés cuando se pone así; entró y cerró la puerta; delante de mí fue arrancando las hojas y rompiéndolas mientras decía “esto que creés que pensás no es así, estás confundido, te curarás cuando tengas tu primera novia”, no paraba de hablar, la conocés, me dijo que si lo que siento fuera cierto, que no lo es, porque si no ella que es mi madre lo sabría, si fuera cierto estaría mal, muy mal, y yo sería un monstruo, así dijo, y que en esta familia no hay monstruos; “eso no es cierto, ¿te queda claro?”, me insistía, y me ordenó que no se me pasara por la cabeza hablar con vos de “lo que no es verdad”; me contó que había estado pensando que mi escuela no es suficiente para mí, que soy demasiado inteligente para lo que me enseñan y que ya estuvo averiguando y que después de las vacaciones de invierno me cambiará de escuela y, como ya solo falta una semana, no tiene sentido que siga yendo porque, además, tengo que empezar a prepararme para un examen general que me tomarán; le pedí, le rogué que no me cambiara de colegio; “Inútil, Benjamín, ya pagué la matrícula”, me dijo y salió; después escuché que hablaba por teléfono y luego la puerta de calle; estoy perdido, Paz, perdido. Yo le acaricio el cabello. No sé cómo ayudarlo y pienso que ojalá que mamá tenga razón y se le pase, porque si no se le pasa va a sufrir mucho. No está bien lo que le está haciendo mamá a Benja, pero lo hace porque lo ama. Benja es bueno, tan bueno. Mamá dice que no está bien lo que Benja siente, pero, ¿a quién le hace mal?, ¿a mamá?, ¿al honor de la familia? A lo mejor cambiás, le digo para consolarlo, pero Benja me contesta: yo no quiero cambiar, Paz, soy así, y de nuevo está llorando. Yo lo sigo acariciando y le digo que todo estará bien. Pero él y yo sabemos que no es cierto. Porque si mamá dice que está mal no habrá salida para mi hermano adorado. Pobrecito mi Benja.
Que te hagan dudar de lo que sentís y de lo que te gusta es demasiado. Luego de adultos no sabemos lo que queremos, no conectamos con nuestro deseo porque hemos desconectado hace años en la infancia como forma de sobrevivir. Gracias Yima por estas historias de vida que con su caminar reflejan el nuestro y nos atraviesan motivando nos a pensarnos y sentirnos
ResponderBorrarLindo saber de vos. Lo peor es hacernos dudar de nuestras percepciones. Ahí centro el foco de esta novela. daños irreparables
BorrarCuántos chicos y no tan chicos sufrieron exactamente lo mismo! Qué tremendo estar entre lo que se siente y la persona que se supone más te quiere en el mundo!
ResponderBorrarBien por este primer límite de Paz! Aunque siga necesitando que alguien la valide…
Este muchacho tuve coraje papa validarse a sí mismo y zafar de su madre. Paz no. Todavía no...
BorrarPensar que en estos tiempos todavía hay padres que actúan como esta madre.
ResponderBorrarMás de lo que pensamos.
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