miércoles, 5 de noviembre de 2025

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Las compuertas de su memoria están abiertas. Como si viera su vida proyectada contra la pared. Recuerda las filmaciones que le mostraba su abuelo. Borrosas, temblequeantes. Sin orden cronológico. Fragmentos al azar. Embarullados. También recuerda Cinema Paradiso. Las escenas de los besos pegadas con torpeza. Así va asomándose a su vida. Pero ella escucha más de lo que ve. Cuando estaba embarazada leyó que el oído se desarrolla antes que la vista. Ya en el sexto mes de gestación. Quizás está acompañando el proceso de su hijita. Ella también todavía escucha mejor de lo que ve. Quizá su hijita escuchó desde adentro lo que ella tenía almacenado y al erupcionar lo trajo consigo a la luz. Como si recién ahora cobrara vida propia. Al gestar a su hija se gestó. Al parirla se parió. ¿Estaré loca?, piensa, a lo mejor mamá y Pedro tienen razón y me estoy volviendo loca. Potente la necesidad de echarse en la cama, con su hija sobre el pecho, piel a piel, absorbiendo la cascada de información. Como cuando recién nos despertamos, y, los párpados fuertemente apretados, intentamos retener las escenas de los sueños para que no se escapen. La necesita a su hija para recobrarse. Su pequeño talismán.

 

Mientras prepara el desayuno recuerda su sueño. Soñó con un poroto. Un poroto en un vaso con un secante. La germinación de la escuela. Un poroto al que le salían raíces y luego pequeñas hojitas. Brotaba. Y sin verse lo supo: ella era el poroto. Pedro entra a la cocina. Entonces ella, sin pensarlo, dice no iré mañana a lo de mi hermano. Pedro la mira y levanta las cejas. ¿Por qué? pregunta. Ya te lo expliqué. Como quieras, es tu familia. Ella piensa que parece más familia de él que de ella. Entonces dice podés ir vos. Pedro agita la cabeza. Tengo una reunión a las siete; la iba a suspender para acompañarte. Ella se pregunta con quién se reunirá. Solo un instante porque está muy sorprendida por haberse negado. Mamá se va a poner furiosa, piensa. Involuntariamente, sonríe.

 

Allí va ella, paseando a su hija en cochecito por Cabildo. Está orgullosa. Varias mujeres se detienen a mirar a la beba. La vistió de punta en blanco. Esa frase tan de su mamá. A ella siempre la tenía de punta en blanco.

 

Estamos yendo al cumpleaños de Mariela en el Club Gimnasia y Esgrima. Ella nos contó que iba a haber actividades deportivas, así  dijo. Yo le comenté a mamá, pero igual me puso el vestido rosa que me llega a media pierna, que tiene un cuello enorme con bordados, y que está lleno de volados. Y los zapatos blancos con tiritas. Me peinó con un gran moño en la cabeza. Estás preciosa, me dijo, de punta en blanco.  Compró una muñeca para que le lleve de regalo, aunque me parece que Mariela ya mucho no juega. Me bajo del auto. Veo que las chicas están todas con short y remera. Le doy el paquete a Mariela y me dice qué linda pero enseguida la deja. Mamá se va. Yo quisiera irme con ella. Se arman dos equipos. Las capitanas van eligiendo para el suyo y yo quedo para el final. El primer desafío es subirse a un árbol. Yo trato pero el vestido se me enreda y casi me caigo. Después hay que hacer vueltas carnero en una colchoneta. Yo digo que me duele la panza porque si hago la vuelta se me va a ver la bombacha, digo que me duele porque un poco sí que me duele. La mamá dice que va a llamar a la mía. Al rato aparece mamá. Mirá que sos mantequita, me dice, tanto te dolía. Mientras volvemos en el auto me reta. Con todo el trabajo que me tomé en traerte, dice, y la plata que gasté en el regalo. Y tiene razón. Lo peor es que se me rompió el vestido. Todavía no se dio cuenta. No me quiero bajar del auto. La panza cada vez me duele más. Eso que no quise comer nada. Mamá tiene razón: soy una mantequita. Como Benja, pienso.

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