viernes, 7 de noviembre de 2025

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Se sienta en un banco de plaza. Un día precioso. Corre la capota del cochecito para que el sol no le moleste a la nena. Una mujer joven, con un bebé en brazos se sienta a su lado y le pregunta ¿la primera? Ella asiente. El mío también dice la mujer. Ella se inclina a mirar a la criatura. ¿Cómo lo llevás? pregunta la mujer. Ella se queda desconcertada. ¿Cómo lo lleva?, ¿cómo se lleva? Es difícil contesta y las lágrimas acuden a sus ojos. ¡Muy!, cuando se pone a llorar y no lo puedo calmar siento que me vuelvo loca. Y hablan y hablan. Media hora después Ema se despierta, fastidiosa. Me voy dice ella con el movimiento se calma. ¿Nos encontramos otro día? propone la mujer, Laura se llama. Ella asiente, entusiasmada. Intercambian sus números telefónicos. Camina de regreso a su casa. Voy más liviana, piensa. Y sonríe a solas. Tanto precisa una amiga.

 

¿Querés venir a almorzar a casa? le pregunto a Leticia a la salida del colegio porque tenemos que hacer un trabajo práctico de historia. No, no puedo, contesta ella sin mirarme. ¿Por qué?, recién escuché que le preguntabas a Lupe si podías ir con ella. Leticia sigue sin mirarme. ¿Por qué no podés?, insisto. Y como no me contesta le pregunto: ¿o no querés trabajar conmigo? No, no es eso, Paz, vos sos genial trabajando. ¿Entonces? No me gusta ir a comer a tu casa, dice. ¿Por qué? Tu mamá se la pasa mirándome, preguntándome, me pongo nerviosa, me doy cuenta de que se fija en como agarro los cubiertos, que además siempre hay mil, no sé, me hace sentir mal; pero no es con vos, Paz, si querés vení a comer vos a casa. No puedo, contesto. Ahora todo se da vuelta porque ella me pregunta: ¿por qué? ¿Le miento o le digo la verdad?, pienso. ¿Y? A mi mamá no le gusta que vaya a otras casas. ¿Viste?, yo tengo razón; a tu mamá no le gusta nadie, nadie le parece bastante para vos; chau, Paz, me voy porque ahí viene el bondi. Y se va corriendo. Me quedo parada en la esquina. Sola.

 

¿Por qué no viniste ayer al cine?, me pregunta Lupe ni bien llego a la escuela, te estuvimos esperando, entramos cuando la película ya estaba empezada. No entiendo nada. ¿Qué cine?, pregunto. ¿Cómo qué cine? En el General Paz, te sacamos entrada para Matilda, como habíamos quedado. ¡Pero si quedaron en confirmarme!, exclamo. Yo misma te llamé; me atendió tu mamá que me dijo que te iba a avisar, me explica, enojada. No me avisó, le digo y no puedo creerlo, me moría por ver esa película y, sobre todo, salir con las chicas; la primera vez que me invitaban. Problema tuyo, me dice Lupe levantando los hombros, le debés la entrada a Marisa, ella las compró. Avisale que mañana le traigo el dinero. Decile vos, problema tuyo. Sí, el problema, claramente, es mío.

 

Apurate que se enfría el pollo, me dice mamá en cuanto escucha la puerta. Me lavo las manos y me dirijo al comedor. Me siento. Solo está Juan Mateo, que le está contando a mamá de la facultad. Cuando hace una pausa le pregunto a mamá: ¿por qué no me avisaste que ayer llamó Lupe? Ella baja los cubiertos. Me olvidé, dice. ¡Me habían comprado la entrada, me estuvieron esperando! Mamá menea la cabeza. Estas cosas pasan por arreglar todo a último momento. ¿Por qué no me avisaste?, insisto, la rabia anudándome la garganta. Ya te dije, me olvidé; además, no es momento apropiado llamar un domingo a la hora de la siesta, me despertó. ¡Me perdí Matilda! Bueno, Paz, no hagas escándalo; la podés ver en otro momento, si querés el sábado te acompaño. Quisiera decirle que no quiero ir con ella, que el programa era con las chicas, pero no digo nada porque si hablo me voy a poner a llorar y encima Juan Mateo me va a cargar. Alcanzame el plato, pide mamá. Obedezco. Me sirve una pechuga. Pero a mí se me fue el hambre.

 

Pedro llega cuando ella está bañando a la nena. ¿Por qué no me esperaste? pregunta. Estaba fastidiosa y el agua siempre la relaja. No me gusta que la bañes sola dice él. Algo se enciende en ella. ¿No confiás en mí? Cuatro manos son mejor que dos replica él. No se la voy a dejar pasar, decide ella. Soy la madre, Pedro, está todo el día bajo mi responsabilidad, te aseguro que puedo con ella, si hay alguien que la conoce y la entiende soy yo. La sorpresa en los ojos de él se acopla con su propia sorpresa por haberse atrevido a responderle. Alcanzame la toalla le ¿ordena? Él obedece. Envuelve a su hija y la oprime contra sí. Está orgullosa. Orgullosa de sí misma.

 

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