miércoles, 12 de noviembre de 2025

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Cuando llega, agitada porque casi corrió la última cuadra, Laura ya está. Le hace señas desde lejos. Ella sonríe. Alguien me espera, piensa. Se dirige caminando despacio, tratando de regularizar la respiración. Tincho está en el cochecito, qué raro, el otro día lo tenía en un fular. Ella leyó bastante al respecto, se va a comprar uno ahora que empieza a salir con la nena y que ya sostiene la cabecita. ¿Cómo está Ema? le pregunta la mujer y a ella le extraña que haya recordado el nombre. Seguro que los Juanes no. Benja sí, claro. ¿Y? Perdón se disculpa ella me distraje. Porque últimamente se la pasa pensando, recordando. Anoche durmió bastante bien, pero hoy se despertó a las seis así que desde esa hora estoy en pie; ¿y Tincho? Laura le cuenta y así, durante casi una hora, van compartiendo sus experiencias. Cuando Pedro y su madre le preguntan ella ¿miente? Al menos intenta no trasmitirles su agotamiento, su tristeza. Sus miedos. Sus falencias. Se da cuenta de que no confían en ella. La madre insiste en que hay que llevar a la nena a pesar a la farmacia, porque, alimentada a pecho, seguramente no está engordando lo suficiente. Ella se resiste, pero está segura de que el día menos pensado, cuando ella se distraiga, se la robará y la llevará. ¿Vos la ves flaquita? le pregunta a su amiga. Sí, aunque es absurdo por lo reciente, así lo siente. Yo la veo perfecta, ¿quién precisa un bebé rechoncho a fuerza de mamaderas?; después se tienen que pasar la vida haciendo dietas. Charlan al respecto. Laura leyó los mismos libros que ella. Ríen al comprobarlo. Cuando la leí a la Gutman me tranquilicé le cuenta Laura ahí entendí la supuesta locura de algunos puerperios. El de los puerperios no lo conseguí comenta ella. Mañana te lo traigo, ya lo terminé, me lo regaló mi mamá cuando nació el nene. ¡¿Tu mamá?! pregunta ella con infinita sorpresa. Sorpresa que se traslada a los ojos de la otra. Sí, ¿por qué? Mi mamá es de otra generación, antidiluviana, nos crió con mucho rigor, critica todo lo que yo hago, tanto que a veces logra confundirme, me hace dudar. Laura la mira con intensidad. Qué difícil dice no sé cómo hubiera hecho para criar a Tincho sin el apoyo de mi mamá. Se queda unos segundos en silencio y luego pregunta ¿siempre fue dura con vos tu mamá? Entonces ella empieza a contarle. Y sigue hablando hasta que ve que se acerca un hombre. Es Eduardo, mi marido dice Laura y después mirándolo informa ella es Paz. El muchacho, porque es muy joven, la besa. Laura me habló de vos dice. ¿Nos vemos mañana? pregunta su amiga incorporándose y besándola. Dale contesta ella ya arreglaremos la hora. Ema comienza a moverse en el cochecito. La amamantaré aquí, decide ella. Porque no tiene nada que ocultar. Está cansada de ocultarse. Alza a la criatura y se desabrocha la camisa.

 

Al regresar a su casa la recibe Pedro. ¿Dónde andabas? le pregunta te llame al celular y no contestabas. Hola dice deja el morral sobre el sillón y busca el teléfono. Sí, lo tenía silenciado comprueba a veces la nena se sobresalta cuando lo escucha. ¿De dónde venís? inquiere él, en mal tono. Del parque. No me gusta que estés sola en la calle con la nena. A ella le da rabia. Mucha rabia. No estaba sola dice, desafiante. ¿Se puede saber con quién estabas? Con una amiga. ¿Con una amiga?, ¿vos con una amiga? pregunta con una sonrisa que ella califica de despectiva. Sí. ¿Cuál? Laura. ¿Y quién se supone que es Laura? La conocí en la plaza contesta al tiempo que percibe que su seguridad va mermando. O sea que vos expones a mi hija al contacto con una persona que hace un minuto y medio que conocés; no quiero que vayas más sola a la plaza, lo único que falta es que nos roben la criatura. Ella no puede creer lo que escucha. Duda un instante. ¿Lo confronta? Todavía no estoy preparada, piensa. Y piensa también que mañana irá al parque. Tendrá que arreglar la hora.

 

Cuando entra al dormitorio, Pedro ya está acostado. Ella apaga la luz y se mete en la cama. Él se le arrima de inmediato. Ella percibe como se cuerpo se retrae como tocado por corriente eléctrica. Pedro se aproxima de nuevo. Ella dice no tengo ganas. El corazón le late fuerte, teme que él lo escuche. Ella cierra los ojos anticipándose al ruido de él al levantarse hacia el sillón del living. Pero no. Pedro gira hacia su lado, le da la espalda y se acomoda las cobijas. Ella intenta no mover ni un músculo. De a poco los latidos se le regularizan. Me animé, piensa.

 

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