Seis
de la tarde. Luego de la discusión, Pedro salió dando un portazo y no volvió a
tener noticias suyas. Abre la heladera: todavía hay pavita y ensalada Belén. Se
pondrá la mesa linda, ya pensó. Y se arreglará. Soy merecedora, piensa. En esas
está cuando suena el timbre. Se le detiene la respiración. Porque ya sabe quién
es. Abre la puerta. ¿Cómo te sentís? pregunta la madre. Bien
responde ella. La mujer la mira extrañada. Me dijo Pedro que estabas con
temperatura. Pues te mintió. Su madre deja la cartera sobre el sillón y se
sienta. Decime vos la verdad entonces. Ella también se sienta. No estaba
en sus planes enfrentar a su madre en ese último día del año. Pedro me está
engañando informa. Paz querida, eso lo arreglaran entre ustedes, pero es
importante empezar el nuevo año junto a tu familia. Ella cierra un instante
los ojos buscando fuerzas. Cuando, al principio del embarazo, te hablé del
mail que había encontrado, me pediste que no me hiciera problema, que era
pasajero y luego me contaste que Pedro te había prometido que nunca más;
lamento comunicarte que no cumplió su promesa; a vos también te engañó. Su
madre menea la cabeza. Es cierto admite. No me interesa un matrimonio
que se rija por los usos y costumbres del siglo pasado, mamá; no creo que las
mujeres hayamos nacido para tolerar los desplantes de nuestros maridos; yo, al
menos, no voy a seguir tolerándolo. La madre endereza la espalda. El rostro
se le tensa. ¿Entonces? En principio me iré unos días a Rosario a la casa de
Benjamín, ya hablé con él; allí, con tranquilidad, decidiré los siguientes
pasos. Una familia no se tira por el aire ante la primera dificultad, Paz
querida; pensá en tu hijita. Ella se queda unos minutos en silencio. Pienso
en ella dice no quiero que
se críe con una madre infeliz. Su madre le oprime el brazo. Pedro es un
buen muchacho, inteligente, trabajador, tan pegado a nuestra familia. Yo soy tu
hija, mamá; espero que si llega el momento te pongas de mi lado no del de él;
precisaré apoyo. Y, aunque intenta evitarlas, las lágrimas comienzan a
rodar por sus mejillas. Su madre la abraza.
La baña a Ema y, en lugar de piyama,
le pone un vestidito. Ella se estrena la bombacha rosa que le regaló Laura para
Navidad. Pone en la mesa del comedor un mantel rojo y la vajilla de porcelana.
Cena con la nena dormida en el cochecito, a su lado. Los petardos de las doce
la despiertan. Ella la alza y la lleva al balcón. Jolgorio en la calle. Debiera
estar triste, piensa, mi pareja se está desbarrancando. Sin embargo, se siente
bien. Bien consigo misma. El teléfono suena. Benjamín, por supuesto. Fabián te
consiguió lugar en el auto de un amigo que sale para aquí mañana a media tarde,
¿estás de acuerdo? le informa su hermano. ¡Por supuesto!, ¡qué
celeridad! exclama ella. Anotá el teléfono así combinás con él, Martín
se llama. Doce y treinta suena nuevamente. Deja a la nena en el cochecito y
atiende. Quería desearte un excelente inicio de año la sorprende la voz
de Alejandro. La sorprende y le
acelera el pulso. Espero que el 2005 nos encuentre trabajando juntos,
no veo el momento de arrancar con la escuela prosigue él. Mañana me voy
a Rosario a la casa de mi hermano con la nena, a pasar unos días informa
ella cuando regrese me comunico y combinamos para planificar. Esperaré tu llamado dice él. Llegará
añade ella. Te dejo con los tuyos agrega él. Ella quisiera contarle
que está sola pero solo dice nos estamos viendo y corta. Alza a Ema y regresa al balcón. Un nuevo año la espera.
Al final Pedro le hizo un favor. Su infidelidad le dio las fuerzas a Paz para reaccionar.
ResponderBorrarGraciana es sabia...
BorrarUn comienzo esperanzador!
ResponderBorrarSe sacudió el tablero
Borrar