jueves, 4 de septiembre de 2025

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Ella sabe que su madre no debiera estar acá. Sin embargo, está. Cómo habría de no estar. En el catecismo le enseñaron que Dios era omnipresente, omnipotente y omnisciente. Cuando una compañera preguntó qué quería decir (ella tampoco entendía, pero jamás hubiera sido capaz de preguntar) explicaron que significaba que Dios estaba en todas partes, que sabía todo y que todo podía. Como mamá, pensó ella, aunque, por supuesto, no lo dijo. Tanto pensaba y tan poco decía. Pedro cometió el error de atender el teléfono. En realidad, ella cometió el error de dejarlo atender. Y antes de que ella pudiera llegar al living, él le estaba contando a su madre que había tenido una contracción. Una. Porque solo había sido una. Y su madre le ganó a la cuarta. Entró taconeando, como siempre, dando indicaciones. ¿Indicaciones? A ella le sonaron como órdenes. Ella supo en cuanto la vio que tenía que pedirle que se fuera. Porque, además, había llegado con un bolso. Pero Pedro ya le estaba alcanzando un café. Quedate tranquila dijo su madre pasé por esto cinco veces; sé bien de lo que se trata. Su madre siempre se adjudicó el poder de saber qué experimentaba su cuerpo. De suponerlo en realidad. De determinar cuando tenía sed, cuando hambre. Cuando frío, cuando calor. Inútil intentar oponerse. Hizo un ejercicio tan permanente y demoledor que, debe reconocerlo, ya no sabe cuándo tiene hambre. Come cuando lo indica el reloj. Consulta el pronóstico antes de vestirse. Tiene sexo cuando Pedro lo propone. Porto un cuerpo mudo, decide, un cuerpo que no me habla. Ella tampoco le habla a la madre. Pedro sí. Se propuso irse al dormitorio antes de que llegara otra contracción, sin embargo, esta la agarra de improviso. Intenta no dar señales, pero es ingenuo suponer que puede ocultársela a su madre. Le lee cada rictus, cada mínimo gesto. Quizá cortaron mal el cordón y le dejaron a su madre sus receptores sensoriales. Estoy pensando pavadas, se dice, pensando en mi mamá cuando está por nacer mi primer hijo. Debiera estar feliz. Está enojada. Enojada con su madre y con Pedro. Enojada consigo misma por no poder ponerles límites. Si por separado es difícil, juntos es imposible. Se potencian. Ya son más seguidas sentencia su madre habría que llamar a Salcedo. No, mamá se defiende ella, porque sí, siente que debe defenderse la partera me dijo que le avise a ella cuando sean cada diez minutos. Las parteras no son las que deciden sí decide su madre además, para qué esperar a último momento; en el parto de Juan Mateo venían espaciadas y de repente se aceleraron y casi no llego a la clínica. Voy a esperar insiste ella. Estuvo leyendo mucho. Aconsejan internarse lo más tarde posible para evitar maniobras innecesarias. Ella no quería a Salcedo, es el médico que los hizo nacer a ellos cinco. Pero su madre insistió tanto, le llenó tanto la cabeza con que les salvó la vida a las dos cuando nació ella que con Salcedo terminó. Es demasiado grande para su gusto. Está bien que eso le da mucha experiencia, como dice Pedro, sin embargo, ella hubiera querido un parto más natural, menos tradicional, pero… Otra contracción la aparta de sus pensamientos. Retiene la respiración al tiempo que crispa las manos. No son muy fuertes, todavía falta. Por suerte su madre, de gran charla con Pedro, no se dio cuenta. Me voy a dar una ducha informa. Sí, y después vamos al sanatorio indica su madre. No, mamá, ya te dije que todavía no. Su madre la mira, seria, y cabecea. Tiene lamparones en la cara la escucha decir mientras se aleja típico.  Deja la puerta del baño entornada y abre la ducha. Ya está bajo el agua cuando escucha la voz de su madre hay que llamar a Salcedo. El habría trocó en hay, detecta ella. Cierra la canilla para apurarse a frenar la acción cuando escucha ahora otra voz. Doctor Salcedo, habla Pedro Blaquier; Paz entró en trabajo de parto. Le sobreviene una ira profunda. Su madre, otra vez, se apoderó de su cuerpo. Me robará mi bebe, piensa, y el pavor la atraviesa. Siente frío. Abre la canilla. La ducha tibia la reconforta. Nunca más saldrá de allí. Es su única resistencia posible. Pariré a mi hijo bajo el agua, se dice. Pero sabe que no es cierto. No hay ninguna posibilidad de que eso sea cierto. No estoy contenta, diagnostica, va a nacer mi primer hijo y no estoy contenta. Y se siente tan culpable.

 


2 comentarios:

  1. Interesante propuesta de la relación entre hija y madre; más allá de lo que suceda con el esposo.

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    1. Sí, el eje principal de esta noevla será la relación entre estas dos mujeres.

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