lunes, 22 de septiembre de 2025

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Despierta en su habitación. Ahora sí siente el cuerpo. Le duele todo. Se lleva las manos al abdomen. Al rozar las vendas recuerda. Abre los ojos. Su madre está sentada a su lado. Hola, hija la saluda. ¿La nena? pregunta ella con infinito temor. La están controlando informa su madre. ¿Está bien? Así parece. ¿Pedro? Haciendo trámites. Necesito ver a mi hija reclama. Después le pido a la enfermera, ¡Ya! La madre se incorpora y le toma la mano. Está en la incubadora. ¿Por qué? Demoró unos minutos en respirar, la están controlando; no te preocupes, vos también estuviste en incubadora cinco días y nada te pasó. Ella, pese a los tirones de la herida, se sienta en la cama. Tengo que verla, me necesita. La mujer la empuja suavemente para recostarla. Lo que necesita es que te recuperes, es una recién nacida, no se da cuenta de nada; no distingue quien la alimenta ni quien la alza. Ella recuerda todo lo que leyó. Cierra los ojos un instante. Infinita soledad. Sí que la precisa. ¡Sí que me precisa! exclama. A mí no me dejaron cargarte hasta que te dieron el alta y aquí estás la mujer sonríe al agregar sobreviviste. ¡Llamalo a Pedro! insiste ella tengo que verla. Te dije que está ocupado. Paz busca el botón y lo oprime. No seas chiquilina, Paz la reta su madre. Minutos después aparece una enfermera. Tengo que ver a mi hija reclama ella. Voy a consultar responde la mujer. Minutos después regresa con una silla de ruedas. Si serás terca, necesitás descansar. Ella hace caso omiso al comentario y, ayudada por la enfermera, se ubica en la silla. Voy con ustedes informa su madre. Ella quisiera impedirlo, pero cómo. Cierra los ojos.

 

Frente al vidrio observa a su hija en la incubadora. Llora y agita brazos y piernas. Dos percepciones contradictorias la atraviesan. Su beba está bien. Su beba sufre. La ve y se desdobla. Ella fue esa que está ahí. Hambre. Dolor. Miedo. Soledad. Tiene hambre traduce ella a ambas la quiero amamantar. No tiene fuerzas todavía para succionar dice la nurse y, a través, de la abertura le ofrece a la beba una mamadera. Ella cierra los ojos. Un líquido tibio atravesándola. El dolor se apacigua. ¿Me amamantaste? le pregunta a su madre. No pude contesta cuando saliste de la incubadora yo ya no tenía leche. El dolor se apacigua. El desamparo, no. Quiero tocarla pide. Tenemos que regresar a la habitación informa la enfermera. Todavía no se resiste ella. Es la hora del antibiótico dictamina la mujer. Por favor insiste. Si será terca dice su madre. La enfermera menea la cabeza. Ella se deja conducir.

 

Ya en la habitación continúa con los ojos cerrados para que su madre no le hable. Todo salió mal desde el principio. Vino demasiado pronto. Le rompieron bolsa. Le inyectaron oxitocina. Las contracciones se hicieron tan fuerte que le pusieron la peridural. Le dio una reacción alérgica. A ella le bajo la presión y a la nena los latidos. Cesárea de urgencia. La nena no lloró. A la nena la llevaron a la incubadora y a ella la durmieron. Recuerda todas las advertencias que leyó. No supe defenderme, piensa, Abre los ojos. Un encanto Salcedo, ¿viste? dice la madre siempre tan profesional; les salvó la vida a las dos; ya le pedí a tu padre que le traiga una botella de whisky, escocés, por supuesto, ¿querés tomar un poco de agua?, dijo la enfermera que ya podés. Ella niega con la cabeza.

 

 

El dolor es cada vez más intenso. Ella rechazó los calmantes porque leyó que se transmiten en la leche. Confía en que mañana la dejarán poner la nena al pecho. Le trajeron la cena, pero ella no la tocó. Sus padres y Pedro charlan. Ella quiere que dejen de hablar. Que se vayan. Todavía no pudo estar a solas con su marido. Con el padre de mi hija, piensa. Estoy muerto dice Pedro. ¿Querés que me quede yo? ofrece su madre. Pedro la mira. ¿Te parece, Paz? pregunta tu mamá está más canchera. Ella no lo puede creer. Y como no existen las palabras para decir lo que siente, calla. Por suerte traje una muda comenta su madre, señalando su gran cartera mujer prevenida vale por dos y mirando la bandeja llena agrega cena ya tengo. Ojalá cuides a tu hija como tu madre siempre te cuidó a vos sentencia su padre. Ojalá que no, piensa ella, pero, por supuesto, no dice nada.

 

Pese a su insistencia, recién le permiten tocar a su hija al segundo día. Alzarla al tercero. A esa beba que no para de llorar. Los médicos le dicen que la chiquita está bien. Cómo medir con instrumentos las emociones. Su beba no está bien. Está desesperada. Ambas están desesperadas. No logra tranquilizarla. No sabe cómo. No hablan el mismo idioma, aunque en realidad lo hablan. La beba grita su propio grito. Grita lo que ella no se atreve a gritar.

 

Día número cinco, y ¿casualmente? también fueron cinco días para ella, la beba sale de la incubadora y se la dejan, dentro de la cunita, en el cuarto. Llora. Ella se levanta como puede y la alza. La beba sigue llorando. Agita manos y piernas, la carita colorada. Ella se sienta en el sillón. Le ofrece el pecho. La nena redobla sus gritos. No me conoce, piensa ella. Intenta mecerla, pero su propio cuerpo no funciona. Se le ha puesto rígido, duro. La beba se arquea. Me rechaza, piensa ella. Me rechaza porque soy mi madre; ella soy yo rechazando a lo que de mi madre hay en mí. Se siente enloquecer.

 

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