Frente al vidrio observa a su hija en la incubadora. Llora y agita brazos y piernas. Dos percepciones contradictorias la atraviesan. Su beba está bien. Su beba sufre. La ve y se desdobla. Ella fue esa que está ahí. Hambre. Dolor. Miedo. Soledad. Tiene hambre traduce ella a ambas la quiero amamantar. No tiene fuerzas todavía para succionar dice la nurse y, a través, de la abertura le ofrece a la beba una mamadera. Ella cierra los ojos. Un líquido tibio atravesándola. El dolor se apacigua. ¿Me amamantaste? le pregunta a su madre. No pude contesta cuando saliste de la incubadora yo ya no tenía leche. El dolor se apacigua. El desamparo, no. Quiero tocarla pide. Tenemos que regresar a la habitación informa la enfermera. Todavía no se resiste ella. Es la hora del antibiótico dictamina la mujer. Por favor insiste. Si será terca dice su madre. La enfermera menea la cabeza. Ella se deja conducir.
Ya en la habitación continúa con los ojos cerrados para que su madre no le hable. Todo salió mal desde el principio. Vino demasiado pronto. Le rompieron bolsa. Le inyectaron oxitocina. Las contracciones se hicieron tan fuerte que le pusieron la peridural. Le dio una reacción alérgica. A ella le bajo la presión y a la nena los latidos. Cesárea de urgencia. La nena no lloró. A la nena la llevaron a la incubadora y a ella la durmieron. Recuerda todas las advertencias que leyó. No supe defenderme, piensa, Abre los ojos. Un encanto Salcedo, ¿viste? dice la madre siempre tan profesional; les salvó la vida a las dos; ya le pedí a tu padre que le traiga una botella de whisky, escocés, por supuesto, ¿querés tomar un poco de agua?, dijo la enfermera que ya podés. Ella niega con la cabeza.
El dolor es cada vez más intenso. Ella rechazó los calmantes porque leyó que se transmiten en la leche. Confía en que mañana la dejarán poner la nena al pecho. Le trajeron la cena, pero ella no la tocó. Sus padres y Pedro charlan. Ella quiere que dejen de hablar. Que se vayan. Todavía no pudo estar a solas con su marido. Con el padre de mi hija, piensa. Estoy muerto dice Pedro. ¿Querés que me quede yo? ofrece su madre. Pedro la mira. ¿Te parece, Paz? pregunta tu mamá está más canchera. Ella no lo puede creer. Y como no existen las palabras para decir lo que siente, calla. Por suerte traje una muda comenta su madre, señalando su gran cartera mujer prevenida vale por dos y mirando la bandeja llena agrega cena ya tengo. Ojalá cuides a tu hija como tu madre siempre te cuidó a vos sentencia su padre. Ojalá que no, piensa ella, pero, por supuesto, no dice nada.
Pese a su insistencia, recién le permiten tocar a su hija al segundo día. Alzarla al tercero. A esa beba que no para de llorar. Los médicos le dicen que la chiquita está bien. Cómo medir con instrumentos las emociones. Su beba no está bien. Está desesperada. Ambas están desesperadas. No logra tranquilizarla. No sabe cómo. No hablan el mismo idioma, aunque en realidad lo hablan. La beba grita su propio grito. Grita lo que ella no se atreve a gritar.
Día número cinco, y ¿casualmente? también fueron cinco días para ella, la beba sale de la incubadora y se la dejan, dentro de la cunita, en el cuarto. Llora. Ella se levanta como puede y la alza. La beba sigue llorando. Agita manos y piernas, la carita colorada. Ella se sienta en el sillón. Le ofrece el pecho. La nena redobla sus gritos. No me conoce, piensa ella. Intenta mecerla, pero su propio cuerpo no funciona. Se le ha puesto rígido, duro. La beba se arquea. Me rechaza, piensa ella. Me rechaza porque soy mi madre; ella soy yo rechazando a lo que de mi madre hay en mí. Se siente enloquecer.
Uf me ahoga! Quiero pensar que aprenderá a poner límites!
ResponderBorrarLa novela intentará seguirla en ese proceso. Tiene 23 años
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