lunes, 29 de septiembre de 2025

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Le costó una discusión con Pedro, pero finalmente consiguió “echar” a su madre. Él insistió en alcanzarla con el coche. Ella, con tal de liberarse de su mamá, lo convenció de que se arreglaba sola. Ya me vas a rogar que vuelva fue lo último que dijo su madre mientras se retiraba. Por fin está ahora, por primera vez, a solas con su hija. Se levanta con dificultad y se acerca al moisés. Sorteando las indicaciones, su madre la dejó boca abajo. Así los crié yo había dicho después de cinco hijos y ocho nietos nadie me va a enseñar cómo se acuesta a un bebé. En esta posición solo puede verle el perfil. La cabecita redonda. Ella no quería pelarla, pero, excusas mediante, le entregaron a su beba pelada. Con aritos para colmo. Son los que usaste vos explicó su madre orgullosa. Dónde estaba yo, piensa, hija, no supe defenderte. No pudo tampoco defenderse. Demasiados frentes. Le da miedo verla boca abajo. Los libros insisten con el tema, mayor riesgo de muerte súbita. El corazón se le acelera. Entonces la gira. Con torpeza, evidentemente, porque la nena se larga a llorar. La alza. La beba redobla el llanto y se arquea. Ella intenta aproximarla a su cuerpo, cuerpo que se ha convertido en una tabla. Rígido, tenso. No sé, piensa, mamá tiene razón, no voy a poder criarla. No sé dice en voz alta hijita, no sé. Como si se aferrara a un salvavidas oprime a su hija y comienza a caminar. Repite no sé, no sé entre sollozos. Cuando recupera la lucidez está sentada en el sillón del living, con la nena enterrada en su cuerpo. Asustada la despega. La beba la mira, ya no llora. Ella se entreabre el camisón y le ofrece el pecho. La nena se prende. Succiona con fruición. Escucha la llave en la cerradura. Ya volví informa Pedro. La nena se sobresalta. Suelta el pezón y llora. Damela ordena Pedro no sé por qué le dijiste a tu madre que se fuera. Ella obedece. La nena se calma. Ella, vencida, cierra los ojos. La nena también está en su contra. Mi madre, mi marido y mi hija en contra de mis deseos, piensa.

 

Me desperté muy temprano porque hoy nos vamos de excursión a la granja. Ayer la maestra nos contó todos los animales que vamos a ver y para qué sirve cada uno, casi todos son para comer. Cuando llego a la cocina mamá me dice que la abuela está enferma y que vamos a ir a verla. Yo le digo que tengo que ir a la excursión. Mamá me dice que la abuela es más importante porque no se siente bien, está sola y necesita compañía. Las lágrimas me corren por la cara. Esta nena es tan sensible, le comenta mamá a Rosaura, está triste por la abuelita. Pero no es verdad, estoy triste porque no puedo ir a la excursión. Mamá agarra el teléfono y disca y me llama, tapa el tubo con la mano y me dice despacito: contale a la abuela que estás triste porque ella está enferma, pero que estás contenta porque la vamos a ir a visitar. Agarro el tubo y digo: abuela estoy contenta porque estás enferma, pero estoy triste porque te vamos a ir a visitar. Entonces mamá me lo saca y me grita: ¡torpe!, vos siempre tan torpe. Ahora lloro mucho más. A lo mejor mamá tiene razón y estoy triste por la abuela. Rosaura me aprieta el hombro y me seca la cara con el repasador. ¿Qué es este griterío?, pregunta papá que recién entra a la cocina. Mamá me mira y levanta las cejas. Es Paz que se está portando mal. Qué raro, Paz, me dice papá, vos que sos tan buenita, y me acaricia la cabeza. Vos siempre apañándola, dice mamá. Papá se encoge de hombros. Me sirve un café, Rosaura, por favor, pide. Sí, señor, ya lo tengo preparado, contesta Rosaura tendiéndole una taza. Yo ya no sé cómo soy ni cómo estoy. Por suerte las lágrimas me pararon.

 

Mamá entra al cuarto y yo tengo la mano adentro del pantalón del piyama. ¿Qué hacés?, me pregunta. Yo saco rápido la mano y me quedo callada. ¿Adelante o atrás?, me pregunta. Sigo callada. Entonces me huele la mano. Adelante, dice. La cara se me pone caliente y no sé qué hacer. Seguro es porque te picaba, ¿no?, ¿sabés qué vamos a hacer?, te voy hacer un baño de asiento. Me lleva al baño llena el bidet y me obliga a sentarme. ¡Ay!, grito porque está muy caliente. Ella echa un líquido en el agua y ahora me arde, me arde mucho. ¡Ay!, vuelvo a gritar y aunque trato de salir ella  me sostiene por los hombros. Después de un rato me saca y me seca. Ya está, dice, no te va a volver a picar. Yo creía que me tocaba porque me gustaba pero mamá tiene razón seguro que era porque me picaba. Ahora me arde pero no me pica. Qué suerte porque si no me pica y mamá dijo que nunca más me va a picar no me voy a tener que tocar más.  

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