miércoles, 19 de noviembre de 2025

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La nena se despierta en el camino y comienza a llorar. Intenta calmarla, pero no lo logra. La alza. Como por arte de magia los berridos cesan. Su madre y Pedro dirían que es una malcriada. Es cansador empujar el carrito con una sola mano, mañana mismo se comprará un fular. Llega agotada con la nena dormida. Extremando los cuidados la acuesta en su cuna. Suena el teléfono. Va a atender corriendo, seguro que es su madre, lo único que falta es que se la despierte. Hola dice Graciana y su sorpresa es mayúscula. Luego de saludos y preguntas de rutina su cuñada comenta me extrañó que no fueran al cumpleaños de Luján, estaba esperando poder ver a la nena. Ella piensa que si tantas ganas tenía, bien podría haber venido a visitarla. Quizá sus pensamientos son transparentes porque Graciana acota me dijo Juan Bautista que tu madre le había comentado que estabas muy abrumada y que preferías no recibir visitas todavía, que ya nos avisaría; a mí no me pasó, los primeros tiempos de Bruno estaba tan aburrida que moría por hablar con cualquier adulto; todavía me pasa, la maternidad no es sencilla. Ella se queda pasmada. Cómo suponer que Graciana no forma parte de la legión de madres perfectas integrada por Luján y Micaela. Su madre no para de alabarlas. De Graciana habla poco, es cierto. ¿La oveja negra de la familia? Me encantaría verte, Graciana dice y hecha un impulso agrega estoy muy sola.

 

Pedro llega recién a las ocho. Ella ya bañó a la nena. Ha descubierto que se arregla perfectamente sola. No lo necesito, piensa, pero luego se corrige: no lo necesito para eso. Porque también ha descubierto, ya lo sabía, claro, sin embargo, ha descubierto lo inconmensurable de su magnitud, que sí precisa que la mantenga. Soy una mantenida, se dice. Le sobreviene una vergüenza infinita. Puede culpar a su mamá, pero ni así logra absolverse. Benja tiene la misma madre y logró escurrirse de sus redes. Está muy rico el pollo comenta Pedro. Ella debiera contarle que lo hizo Teresa, pero su madre alguna vez le dijo que no es necesario que el marido sepa de quién es el mérito. Sí, está muy rico aunque ella no tenga apetito. ¿Cómo fue tu día? le pregunta Pedro. Ella debiera contarle que estuvo con Laura y que habló con Graciana, pero solo dice tranquilo, la nena se portó muy bien. Porque eso sí que es cierto.

 

Le abre a Teresa con intenciones de refugiarse en su habitación lo más pronto posible. Siempre se siente incómoda ante ella. La mujer viene desde Laferrere. Un viaje interminable. Dos veces por semana a su casa y tres a lo de su madre. Se la recomendó ella, obvio. Casi diría que se la impuso. Teresa es impecable, pero a ella no le gusta la tenencia compartida. No podría interesarle menos recoger chismes sobre la casa paterna, sin embargo, juraría que su madre somete a la pobre mujer a un exhaustivo interrogatorio. Muchas veces ordena antes de que llegue para evitar el juicio materno. Perdone, señora, que me demoré; el 180 se descompuso y nos bajaron, tuvimos que esperar otro y cuando llegué a la parada del 44 justo se iba uno. Pobre mujer, vuelve a pensar, mientras tanto yo acá quejándome de mi aburrimiento. Cuatro hijos y un marido que aparece cuando quiere. Todo eso lo sabe a través de su madre porque ella evita las conversaciones. Le da vergüenza. Vergüenza su inactividad, su abulia. Soy una mantenida, reformula. Esa mujer sin estudios es capaz de mantener a sus cuatro hijos y ella ni siquiera se lo propone por considerarlo imposible. Está por acostarse otro rato cuando desanda el reciente camino y se dirige a la cocina. Teresa ya se puso el uniforme, precisa indicación de su madre, y está barriendo. Ella carga la Volturno y la pone al fuego. Cuando escucha hervir el agua pregunta ¿quiere un café, Teresa? Los ojos de la mujer se abren como platos. No se moleste, señora Paz. Ella llena dos tazas y las coloca sobre la mesa. Muchas gracias, señora, luego lo tomo. Siéntese un rato, estará agotada con tanto viaje. Ambas se sientan. Ella se para y regresa con la azucarera y unas galletitas.  ¿Quiere leche? No, muchas gracias. Como el silencio es tan incómodo Paz pregunta ¿cuántos años tiene su hijo más chiquito? El rostro de la mujer se afloja y por fin sonríe recién cumplió dos. ¿Quién se lo cuida? Mi hija mayor que ya tiene catorce. ¿No va a la escuela? Sí, a la tarde; le da el almuerzo al nene y después lo deja en lo de una vecina; mis otros dos hijos van a doble jornada; cuando vuelvo de trabajar los recojo a todos, pobres, a veces me demoro, pero la portera es buenísima, hasta les da la leche si llego tarde. ¿Cuántos años tienen? Ocho y seis. Ella no sabe qué decirle. Historias del conurbano, diría Pedro. Puede irse media hora antes, a mí no me hace la diferencia, pero a sus chiquitos no les debe gustar esperar. Gracias, señora, me vendría muy bien; descuéntemelo del sueldo, por supuesto. Ahora es ella la sorprendida. De ninguna manera dice, se levanta y está agarrando las tazas cuando Teresa dice deje, no más. ¿Le puedo pedir un favor? Lo que la señora mande.  Ella, con infinita vergüenza, los ojos en el piso, pide no le cuente a mi madre lo del horario y gira sin esperar la respuesta. Cómo soportar su mirada.

 

6 comentarios:

  1. Por favor, la madre, la madre, cuanto mal puede hacer una madre dominante, metidas y castradora.

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  2. Celebro el “darse cuenta” a cada paso!

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  3. Qué noble es Paz!! Lástima que en cada acción aparece la figuracada materna en su mente, con el mandato o la desaprobación.

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    1. No ha tenido contacto con la vida real. Sí, es noble. Le falta tenerse confianza

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