miércoles, 3 de diciembre de 2025

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Esta lasagna está espectacular comenta Pedro se parece a la de tu madre. Ella debiera decirle que sí, que le dio la receta, que alguna vez la prepararon juntas, sin embargo, está harta de fingir. Claro informa si la que cocina en ambas casas es Teresa. Él hace un gesto de sorpresa, pero luego agrega lo importante es saber dirigir al personal. A ella la impacta la frase. ¿Tengo personal? Absurdo pensarse patrona cuando toda la vida actuó bajo indicaciones. Recuerda el día del parto. ¿Indicaciones? Órdenes. Siempre actuó según se esperaba de ella. A veces las instrucciones eran claras y precisas. Sin embargo, también estaban las otras, en tanto sutiles, mucho más peligrosas. Su falso albedrío. Y como se siente tan avergonzada de sí misma informa hoy llamó Graciana; mañana a la tarde iremos a su casa. Me tranquiliza que vayas con tu madre. ¿Por qué lo suponés? Porque dijiste iremos. Me refería a Ema y a mí. Pedile a tu madre que te acompañe, no me gusta que andes sola por la calle con la nena, menos aún que te tomes un taxi; no sé cómo te vas a arreglar con beba y cochecito. Ella percibe cómo va creciendo en ella la irritación. No soy inútil dice cualquier mujer se las arregla para trasladarse con sus hijos. Él sonríe. Raro sonríe, califica ella. Además, quiero hablar con Graciana a solas. Él se endereza en la silla. ¿Se puede saber de qué? ¡De lo que me dé la gana! Pedro arruga la servilleta y se incorpora. Estoy intentando tener paciencia, Paz, pero ya me cansa tu impertinencia; parecés una adolescente pendenciera. A ella se le devela el misterio: está empezando a vivir su adolescencia. Intentando tener vida propia, rebelándose contra los límites. Esa adolescencia que nunca transitó, siempre plegada a los deseos de los otros. Leyó hace poco que la adolescencia es como un segundo nacimiento. Sí. Precisó que naciera su hija para renacer con ella. Mientras él se aleja ella le pregunta ¿vas a tomar café? Él, camino al dormitorio, no le contesta.

 

Duda ante el armarito abierto, pero finalmente se decide por el vestidito que le regaló Graciana. Ella se pondrá el jean negro, ya se lo probó y, aunque un poco ajustado, le entra. Y la blusa gris perla que le trajo su madre de Miami. Prepara el bolso. Ante el primer quejido de la nena la amamanta. Ema ya succiona bien. Casi siempre bien. No demora tanto. La cambia y la viste. La deja en la cuna mientras ella se arregla. Hasta se pinta los labios. La alza, la pone en el cochecito y cuelga el bolso de la manija. Agarra el abrigo y la cartera. Sale. Ya en la calle, duda. ¿Dónde le convendrá esperar un taxi? Se dirige hacia Cabildo cuando ve a uno. Lo para. Tendrá que poner en práctica lo que ejercitó varias veces a la mañana. Deja el bolso en el piso y, con la cartera colgada del cuello, alza a Ema e intenta plegar el cochecito. No lo logra. La palanca no responde. Transpira. La nena comienza a llorar. Una señora que pasa a su lado acude en su auxilio. Entre las dos logran meter el carrito en el auto. Se sienta. Busca el chupete en el bolso y logra calmar a la beba y darle las instrucciones al chofer. Calculó que hasta Vicente López tendría unos buenos quince minutos. Pero el tránsito está infernal. Mira el reloj. Busca el celular y le avisa a Graciana que está demorada. No te preocupes, con los chicos es difícil calcular los tiempos. La nena se queda dormida en el trayecto. Ella está nerviosa imaginando cómo se va a arreglar para descender. Me hubiera quedado en casa, piensa, demasiado estrés. Cuando se acercan llama de  nuevo. Estoy llegando, ¿podrías ayudarme? Soy una idiota, piensa. Inútil. Ya salgo es la respuesta. El auto se detiene. Ella paga. Graciana no está. Pone la mano en la manija, nerviosa. Baja con Ema cargada. Está evaluando qué hacer cuando aparece su cuñada. Dame a la beba indica. Ella, con infinito alivio la entrega y logra agarrar cartera, bolsa y carrito. Pedro tenía razón, determina, de nuevo transpirada, demasiado para mí. Es infernal salir con bebés, ¿viste? comenta Graciana mientras avanzan ni quiero acordarme. La mujer anónima, su cuñada: solidaridad femenina. A lo mejor no estoy tan sola, piensa.

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