Viernes a la tarde, está demolida. Laura acaba de llamarla para ver si va a la plaza. Estaba por decirle que no cuando miró a través de la ventana. Con ese día, un pecado tener a la nena encerrada. Está eligiendo ropita para Ema cuando suena nuevamente el teléfono. Atiende descontando que es Laura. La sorprende escucharlo a Benjamín. Luego de interiorizarse de cómo fue su semana laboral Benja informa me llamó mamá. Ella siente que sus sentidos se exacerban. La mente girando a mil revoluciones por minuto. ¿Qué decir?, ¿qué contar?, ¿qué callar? ¿Habrá un vos hablaste con mamá? Seguramente demora demasiado porque Benja la urge ¿no vas a comentarme nada? Estoy sorprendida dice, porque es cierto, no le dio para nada la impresión de que su madre fuera a proponer un encuentro. Y como se instala el silencio ella se ve obligada a preguntar ¿quedaron en algo? Me dijo que la próxima vez que vaya a Buenos Aires le avise con tiempo así arregla sus obligaciones para que tomemos un café. Es una buena noticia dice ella. Por el momento diría que es una noticia, ya veremos cuál es su motivación; mamá no da puntada sin hilo. Ella recuerda a su madre llorando y le da lástima. Confío en que pueda haber un acercamiento dice, porque empieza a abrigar la esperanza de que algo se haya movido en el interior de su madre. Hay que ver si a mí me interesa; he sufrido demasiados desplantes y destratos desde que soy niño. Ella muere por contarle la historia de su abuelo, pero calla. Paz, las promesas siempre se cumplen le ha enseñado su madre desde pequeña. Corta satisfecha. Los melones se van acomodando en el camino dijo su padre tantas veces. Y todavía no puede creer que haya sido ella quien contribuyó a acomodarlos. Quizás esté muy equivocada, sin embargo, confío, decide. Qué tarde se hizo. Sigue eligiendo la ropa. Sí, le pondrá el enterito salmón. A Ema le queda hermoso ese color. Bah, todo le queda bien. Porque mi hijita es preciosa dice en voz alta.
Sentadas en el banco de plaza, charlan. Laura le cuenta cómo transcurrieron sus primeras semanas laborales. Grande es la sorpresa de la mujer cuando ella le cuenta del jardín rodante. ¡Te recontrafelicito! exclama. Ella se siente orgullosa. Se mide con la que, menos de un mes atrás, escuchaba a su amiga planificar el retorno al trabajo sintiéndose hueca, vacía. Inútil. Bueno poder compartir con alguien que está en la misma comenta Laura. A ella la emociona esa palabra: compartir. Parece ajena a su vida. Emoción que se incrementa cuando, al despedirse, Laura dice te extrañé. Ella dice yo también. Lo dice y no es una fórmula de buena educación. Es cierto.
Lo que nunca, se sienta frente a la computadora. ¿Cuánto hace que no revisa su correo? Antes se escribía con Benjamín, pero ahora prefiere el teléfono, entre la nena y el trabajo, siempre está ocupada. Abre el Hotmail. Por suerte aún se acuerda de la contraseña. Un mensaje del Instituto ofreciendo un curso sobre Observación de Lactantes. Tengo una propia, piensa. Otro de hace unos días, de una dirección que desconoce: Mundo mínimo. Lo abre. Hola, Paz. Soy Alejandro Chagas, quiero creer que te acordarás de mí. Conseguí tu mail a través del Instituto, perdóname el atrevimiento. Espero que estés muy bien. Te cuento que, finalmente, estoy concretando mi proyecto de escuelita propia. Muy entusiasmado. Arrancaría el año próximo. Ya resolví lo edilicio y lo burocrático y ahora estoy abocado a la formación de mi equipo. Inmediatamente pensé en vos. Estoy necesitando docentes para las salas de dos y tres años. Cuatro y cinco están cubiertas. Magdalena Quirós y Valeria Leiva. ¿Te acordás de ellas? Me gustaría que nos encontráramos así te cuento mi proyecto educativo. Está centrado en la educación a través del arte. Ojalá te interese mi propuesta. Un beso. Alejandro. ¿Puede ser que un movimiento interno provoque tamaña onda expansiva? Si el mensaje le hubiera llegado hace dos meses habría descartado la propuesta por imposible. Ridícula. Ahora no le parece tan absurda. El corazón le late fuerte. Demasiado, Paz, se dice. Demasiado.
Mañana tengo la última clase de Psicología. Alejandro, el profesor, es muy joven, no creo que llegue a los treinta. Uno de los pocos profesores varones. En el Profesorado, como en el secundario, casi todos los docentes son mujeres. Me encantan las clases de Alejandro. Profundas, ágiles, amenas. Siempre me interesó la cabeza, por dentro y por fuera. Todavía me duele no haber hecho medicina. En fin. Voy a releer lo que explicó el jueves pasado. Les hace preguntas a todos, pero, más, creo a mí. Será porque siempre estudio. Qué lástima que ya no lo voy a ver. Lástima porque me gusta tanto. Su materia.
Cuando terminó la clase, Alejandro me preguntó si quería ir a tomar un café. Me quedé desconcertada. Esperamos que todos se retiraran y fuimos a una confitería que queda a un par de cuadras. Estuvimos charlando de la materia, me contó de su proyecto de poner un jardín de infantes, le conté de la propuesta de Santillana, la profesora de Didáctica. Hasta que me miró a los ojos y me dijo que yo le gustaba mucho. Me quedé muda, aterrada. El corazón me latía a mil. ¿No me vas a decir nada?, me preguntó. A lo único que atiné fue a levantar mi mano y mostrarle la alianza. ¿Tan joven?, preguntó. Me dio vergüenza. No es de casamiento, es de compromiso, le expliqué. Entonces todavía estás a tiempo, dijo sonriendo. Me tengo que ir, es tarde, me excusé. Buscó un papel, escribió su número y me lo tendió. Prometeme que al menos lo vas a pensar, me pidió. Yo me paré. ¿Te puedo acompañar?, preguntó. Mejor no, dije y salí. Salí con el corazón desbocado. Tan agitada que me tomé un taxi. Aquí estoy. Me miro la mano. ¿Un anillo o una esposa? ¿Qué es lo que puedo pensar? Las participaciones ya están encargadas. No, no estoy a tiempo. Ya paso mi tiempo. En la esquina, por favor, le pido al chofer. Porque a lo mejor mamá está en la ventana y no le gusta que tome taxis sola. Mientras busco la llave pienso que Alejandro me eligió, que le gusté. Sonrío a solas. Sonrío, pero después los ojos se me llenan de lágrimas. Ni yo me entiendo. ¿Cómo te fue?, pregunta mamá. Lo más bien. Tenés los ojos colorados, ¿te pasa algo? Me entró una basurita, contesto y me dirijo a mi cuarto.
Se siente bien sentirse elegida pero me quedo con “la onda expansiva”. A veces no somos conscientes de cómo un pequeño cambio puede modificarlo todo!
ResponderBorrarAsí es. Transfórmate y transformarás
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