Afortunadamente
se fueron temprano. Ema acudió en su auxilio y comenzó a berrear. No hubo
manera de tranquilizarla. Quizá la beba percibía su propia inquietud. La cena
se desarmó aún antes del café. Tiempo más que suficiente. Creé que nunca habló
tanto en su vida. Sacaba un tema tras otro para impedir que la tensión,
agazapada desde el inicio, cobrara protagonismo en el más mínimo resquicio de
silencio. Recién cuando vio que su padre, Pedro y Fabián se encontraban en una
charla sobre los juegos olímpicos de Atenas, se dispuso a levantar los platos
para traer el postre. Benja se incorporó para asistirla. Su madre también, pero
ella le frenó el gesto. Estate atenta a la nena le dio como excusa. ¿Cómo
estás? le preguntó a su hermano ya en la cocina. Que estemos ya es mucho
fue su respuesta. Sí, de eso se había tratado la cena: de estar. Porque no se
tocó ningún tema personal, no hubo preguntas al respecto. Sí sobre el trabajo.
Porque claro, Benjamín y Fabián eran solo dos socios exitosos. Y a su madre el
éxito la conmovía. Cuando, bandejas en mano, emprendían el regreso al comedor, Benja
le dijo gracias, Paz. ¿Gracias por qué? Todo es obra tuya, hermanita.
Sí, tenía en claro que era su obra. Y también su responsabilidad que ni
Benjamín ni Fabián salieran heridos. En medio de los postres Ema hizo presencia
y llegó, por fin, la liberación. Así está ahora, agotada. Emocionalmente
agotada mientras pone en la cuna con exquisito cuidado a esa beba que le costó
tanto dormir. Estuvo bien la cena dice ella en el momento de acostarse La
pavita, deliciosa es el comentario de Pedro. A ella le da rabia entonces
pregunta ¿qué te pareció Fabián? Agradable, discreto son sus únicas
palabras antes de apagar la luz. Ella evalúa que le faltó agregar por suerte
no se le nota pero calla. ¿Qué hago yo aquí durmiendo con este hombre?, es
su último pensamiento antes de caer rendida.
Pedro la llama para avisarle que se
le complicó y que no lo espere para cenar. ¿Viste lo de Cromañón? le
pregunta antes de cortar. Ante su
negativa, él agrega vos vivís en Narnia. Ella, con Ema en brazos, se
sienta frente al televisor. Le toma unos segundos relacionar las terribles
imágenes que se deslizan bajo sus ojos con la entrada del recital. Sí, Teresa
le dijo que su hija era fanática de Callejeros. Baja el volumen y busca su
celular. Después de varios intentos logra ser atendida. Estoy viajando hacia
capital, señora, desesperada; me tomé un remis; mi hija no tiene celular pero
una de las amigas sí; llamo y no me atiende informa una voz de Teresa
desconocida para ella. Avíseme, por
favor, y dígame en qué puedo ayudarla, si necesita dinero, cuente con ello ofrece.
Se desploma en el sillón. El corazón le galopa. Ella le dio el dinero para
la entrada. ¿De esto también es responsable? Lo llama a Pedro para contarle,
pero no la atiende. Estará en una reunión. Llama entonces a su madre. Eso
pasa por permitirle a adolescentes ir a esos lugares; sin cabeza la madre y la
hija. Ella le corta, indignada. Su madre vuelve a llamar. Perdoname, me
puse nerviosa, sabés cómo la aprecio a Teresa. Pero a ella no le alcanza.
Llama a Benjamín que todavía no se fue a Rosario. ¿Puedo ayudar en algo?
ofrece ¿querés que vaya para allá? No es ella quien necesita ser
asistida sino esa pobre mujer. Llama de nuevo a Pedro sin resultado. Quizá
Teresa precise dinero. O el auto. Sube el volumen del televisor. Va cambiando
de canales. Desgarrador. La vida es demasiado frágil para vivirla adormilada.
Una obligación intentar ser feliz.
Por primera vez, no la baña a Ema. No
tiene fuerzas. La amamanta y la acuesta. Regresa al televisor. Allí la encontrará
Pedro, dormida, cuando regrese de madrugada. Ya 31.
A veces “estar” ya es suficiente…
ResponderBorrarY todo parece nada al lado de la finitud de la vida…
Acá el solo estar es una enormidad. Y sí, la percepci+on de la muerte redimensiona todo
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