Una
enfermera le toma la presión. Es jovencita, dulce. ¿Nena o varón?
pregunta. No quisimos saber contesta la madre mejor si es sorpresa.
Yo sí quería saber, piensa ella, pero no dice nada. La chica sale. Pedro y su
madre hablan. De política, de los Juanes. Hablan. Ella precisa silencio. Le pide
a Pedro con señas que aleje a su madre, pero él solo se encoge de hombros. El
tiempo sigue corriendo. De a poco las contracciones se van haciendo más fuertes
y más seguidas. Voy bien, se tranquiliza ella a sí misma, puedo aguantarlas.
Pero su madre dictamina esto es muy largo, al bebé no le va a hacer
bien y sale. Minutos después
regresa con la partera. En cuanto venga el anestesista te vamos a pasar un
suerito informa la mujer. Yo no quiero anestesia dice ella y capta
un cruce de miradas entre ambas mujeres. Veremos dice su madre. La mujer
sale, pero retorna un rato después. Se te salió la vía informa te
dije que no te movieras. La inserta nuevamente. Con violencia porque le
duele. Y le inyecta algo. ¿Qué me pusieron? pregunta. Nadie le contesta.
Casi al instante las contracciones mutan. Como si una máquina se hubiera
apoderado de sus entrañas. La primera la sacude. Cuando llega la segunda
aprieta los labios para no gritar. Media hora después la partera le hace otro
tacto. Ya seis centímetros, ahora sí que se largó. Los tactos se
suceden, intolerables en medio de las feroces contracciones. Cuando poco
después le informan que está con ocho el dolor es tan fuerte que teme estallar.
¡No aguanto más! exclama entre sollozos. ¿Viste?, te quisiste hacer
la fuerte comenta la madre yo
te avisé. Voy a buscar al anestesista informa la partera. Me
rendí, piensa ella, perdóname, hijo, me rendí. Diez minutos después la hacen
acostar de lado y siente una aguja que se introduce en su médula. En otros diez
minutos las piernas dejan de pertenecerle. Ahora sí que su madre se apoderó de
ella. No lo siente. Perdí el contacto con mi hijo, piensa. Pedro le toma la
mano ¿viste que era mejor?, se te fue el dolor. Por suerte hacen salir a
su madre. Solo una persona indicaron. Le pica todo el cuerpo y
está mareada. Muy mareada. Le avisa a la partera. El doctor Sandoval ya
viene. Un rato después el hombre, impecable delantal blanco, le toma la
presión. Está hipotensa dictamina. La partera, mientras tanto, evalúa
los latidos del bebé. Bajó mucho la frecuencia cardíaca informa. Ella se
siente morir. ¡Es la anestesia!, ¡sáquenmela! grita. Tranquilícese,
Paz, ya vamos para sala de partos; me cambio y la veo allí. Ella lo mira a Pedro:
está pálido. La trasladan a una camilla y la conducen por un pasillo infinito.
Unas puertas dobles se abren. Pedro queda del otro lado. Se cierran. La
acuestan y le ponen una tela que le bloquea la visual de su abdomen. Pregunta
por qué. Vas a cesárea informa la partera. ¡No quiero! exclama
ella. ¿Preferís que se muera tu bebé? le pregunta la mujer. Mi cuerpo ya
está muerto, evalúa ella. Intenta mover las piernas. Inútil. Cierra los ojos.
Escucha ruidos metálicos. Conversaciones apagadas. Como si tuviera la cabeza
adentro de un cubo con agua. No siente dolor porque no siente nada. No se
siente. Ni a ella ni a su hijo. ¡Ya está! exclama Sandoval es una
nena. Una nena. A ella le parecía que sería una nena. Pedro lo lamentará,
piensa y abre los ojos. ¿Por qué no
llora? pregunta ¿está bien? Tranquila, Paz, el neonatólogo ya la
está aspirando. ¿Tranquila? Intenta incorporarse. ¡Dejénmela ver!
grita. Sédenla indica Salcedo. Antes de que pueda reaccionar, el
anestesista le pone una máscara. Intenta resistirse, pero cae. Cae en un pozo.
Infinitamente cae. Presión.
Asfixia. Destellos. Frío. Ruido. Vértigo.
.
Cuánta violencia y falta de respeto, me indigna!!!!
ResponderBorrarTan habitual la violencia obstétrica
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