lunes, 13 de octubre de 2025

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Paz Blaquier escucha y detecta que en este ámbito su propio apellido no existe. ¿Solo en este ámbito?, ¿ella existe? Vamos, Paz la urge Pedro, apretándole el brazo. Impaciencia en su voz. Ella se incorpora con la beba en brazos. Dámela exige su madre. Ella no quería que viniera pero Pedro insistió y ella sabe que es inútil oponerse a los dos. Entrega a la nena y entra al consultorio. Salcedo, luego de los saludos de rigor, le indica que vaya a cambiarse. Ella obedece. Mientras se pone la bata escucha que los hombres cuchichean. Ríen. Se acuesta en la camilla, en la salita adjunta. El doctor entra y Pedro tras él. Posición ginecológica. Es humillante, piensa, no quiero que me vea así, no hay motivo para que me vea así. No hay motivos pero él entró. Supervisa, decide ella. Salcedo la revisa. La cicatriz está perfecta y los genitales como si nada hubiera pasado, ventaja de la cesárea. Los hombres se retiran y ella se viste. Ya sentada frente al escritorio, el obstetra escribe en su ficha. Alta completa dictamina. ¿O sea? pregunta Pedro. Ya pueden reanudar la vida sexual contesta el hombre sonriendo. ¡Era hora! exclama Pedro. Paz siente que los ojos se le llenan de lágrimas. Se los restriega.  Cuando salen la madre pregunta. ¿Qué les dijo Salcedo? A ella le da fastidio ese “les”. Es ella la que parió. Fue una cesárea pero igual parí, se dice. Vía libre contesta Pedro. La madre le giña un ojo. Quisiera matarlos, piensa ella, quiero matarlos. Se apresura a recuperar a la nena. Dejala indica la madre está dormida. Ella la desestima e intenta agarrarla. Tu madre tiene razón dictamina Pedro salgamos. Paz percibe la mirada de la secretaria y se avergüenza. Entonces se dirige a la puerta, sale y avanza rápido por el pasillo hacia el ascensor. Ellos detrás. Los escucha charlar, reír. Vuelven a amenazar las lágrimas. Aprieta los puños, tanto que se clava las uñas. Le duele. Le duele pero así logra contener el llanto. Cómo explicarlo.

 

La madre insiste en bañar a Ema y ella está demasiado cansada para oponerse. Pedro, luego de que la nena se haya quedado dormida, invita a su suegra a cenar. No puedo, me esperan en la casa de Juan Mateo. Por suerte, piensa ella y se dirige al baño mientras Pedro baja a abrirle. Se da una larga ducha y se pone el camisón. Pasa por el cuarto de la nena. Duerme. Le roza la carita y sale, dejando la puerta abierta. Va hacia su dormitorio y se acuesta. El velador encendido. Dormita cuando escucha el ruido de la puerta del cuarto de la nena cerrándose. Pedro entra con solo una toalla alrededor de la cintura. La deja caer antes de meterse en la cama. La oprime desde atrás. Ella percibe su erección. Estoy fundida dice sin mirarlo. No te preocupes aclara él con la calentura que tengo no me va a llevar más de cinco minutos. Ella quisiera oponerse. Ella debiera oponerse. Es mi cuerpo, piensa. Pero Pedro ya la giró hacia él y, sin preámbulos, la penetra. A ella le duele todo. Me duele el alma, decide, pero lo deja hacer mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas. La nena comienza a llorar. Ella intenta incorporarse, pero él la traba con las rodillas e intensifica su ritmo. Los alaridos de la beba. Él acaba y la libera. Ella se pone el camisón y corre hacia el cuarto de su hija. La alza. La carita colorada de tanto llorar. La respiración acongojada. Ella se sienta y le ofrece el pecho. La nena se prende al instante.  Ahora es ella quien solloza. Logra dormir a la nena y va al baño. Precisa ducharse. Cuando regresa a la cama, él la abraza. Ya estamos juntos como antes dice. Pero ella sabe que nada volverá a ser como antes.

 

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  La despierta el llanto de Ema. Llanto que se apacigua en cuanto ella se aproxima a la cuna. Llanto que troca en sonrisas cuando ella la ...