Se levanta y prepara el desayuno. La nena duerme aún. Solo se despertó una vez a las tres. Pedro aparece en la cocina. Buenos días dice. Ella teme que saque a relucir el tema de Benjamín, que le reitere que no quiere que esté en contacto con la nena, pero no dice nada. Toma el café leyendo el diario. Hace comentarios sobre los titulares. No lo entiendo, piensa, soy incapaz de predecir sus estados anímicos. Quizás está de buen humor porque anoche tuvieron sexo. Tampoco se entiende a sí misma. La Paz empoderada que enfrentó a madre y marido terminó acostándose con él de puro miedo. Miedo a sí misma. Porque empezó un camino que no sabe cómo seguir. Que no se anima a seguir. Quisiera meterse en la cama y taparse la cabeza con el acolchado. Desaparecer. No tengo ninguna posibilidad, se dice, la nena depende de mí. Teresa aparece cuando aún están desayunando. ¿Quiere un café? ofrece ella. Pedro la mira. No, señora Paz, muchas gracias. Él se para y le da un beso. Después te llamo y te aviso a qué hora regreso dice. Cuando se queda sola insiste ¿de veras no quiere un café? Bueno, señora, si no es molestia dice tendiéndole una taza. Taza que ella llena. Quisiera preguntarle tantas cosas, pero solo comenta el lomo estaba riquísimo, mi hermano lo superalabó. Me alegro mucho, ¿qué quiere que le cocine hoy? Ella recuerda las listas que su madre efectuaba todos los domingos; buscaba recetas en las revistas que luego le daba a Rosaura. Benjamín tiene razón: su madre tuvo y tiene vocación de esposa. Una excelente compañera, anfitriona como hay pocas. Ella no tiene pasta. Recuerda la canción de Serrat: sin saber el oficio y sin vocación. El oficio podría aprenderlo, aún es muy joven. Su madre podría terminar de formarla. Sin embargo, la vocación es intransferible. Y ella, decididamente, no la tiene. Lo que a usted le parezca, Teresa contesta. Ayer su madre me encargó que hiciera lasagna de carne, espinaca y queso; dicen que salió muy rica; ¿le parece buena idea? ¿Cómo cuestionar una decisión de su madre, experta entre las expertas? De acuerdo contesta y está por preguntarle cuánto dinero precisa cuando desiste. Anóteme lo que necesita y voy a comprarlo yo. Una hora después regresa a la cocina. Recién le di de comer a la nena y ya está durmiendo; ¿me la mira mientras salgo? Porque necesita desesperadamente salir. Sola, salir. Vaya tranquila, señora, cualquier cosa la llamo al celular. Busca una bolsa, agarra la cartera y se dirige hacia la puerta. Ya en la calle, inspira hondo. Tiene ganas de correr. Necesidad. Se siente viva. Repentinamente muy viva. Va a Carrefour. Comprará todo allí, aunque su madre siempre le insiste con que la verdura es mala. Cara y mala. No podría importarle menos. Solo elige lo solicitado por Teresa. Ya hará una compra grande online el jueves, que tiene descuento. Muchas cosas le enseñó su madre, le sigue enseñando. De regreso hacia su casa pasa por un Havanna. El olor a café la atraviesa. Guiada por el aroma entra y se sienta. Un cortado y una medialuna de manteca pide. Lo toma leyendo el diario. Desde que nació Ema está muy desconectada de la actualidad. Su celular vibra. La nena se despertó, pero todavía está tranquila informa Teresa. Ella mira el ticket, deja el dinero sobre la mesa y sale. Está contenta. Mientras camina le sobreviene una gran necesidad de ver a la nena. De abrazarla. Apura el paso.
Encuentra a Teresa con la beba en brazos. Ella deja la bolsa, alza a la criatura y se dirige a su dormitorio. Se recuesta y apoya a la nena en sus piernas flexionadas. La chiquita responde a sus sonrisas e intenta balbucear. La maravillan los progresos diarios de su hija. Me reconoce, piensa, con Pedro no se ríe así. Con su madre sí, tiene que admitir, se deshace en sonrisas. ¿Más que conmigo? No, claro, con ella más porque es la mamá. ¿Estoy compitiendo con mi madre?, se plantea. Teresa golpea la puerta. Señora Paz, me olvidé de decirle que ni bien salió llamó la señora Graciana.
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