miércoles, 10 de diciembre de 2025

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Está sentada en el piso del escritorio de Graciana, Ema en sus brazos. Su cuñada repartiéndose entre Bruno y ellas. Las tazas de café sobre una mesita baja cercana. Ella mide la situación con el té en su casa, con vajilla de porcelana. Graciana no termina de sorprenderla. Espontánea, informal, alegre. Ve sobre la biblioteca fotos de su cuñada en trajecitos varios de excelente corte y tacos altísimos. Muchos diplomas sobre la pared.  No le cierra que su hermano la haya elegido. Que mamá lo haya permitido, piensa. Quizá Juan Bautista, como Benjamín, logró construir una personalidad propia. Tantas cosas en las que nunca reparó. Juan Cruz y Juan Mateo, abogados ambos. Ambos arrancaron sus carreras en el despacho de su padre. Ese despacho al que luego se sumó Pedro. Su papá, luego de la diabetes y la gran pérdida de la visión, se fue retirando, dejando casi todo en manos de ellos tres. Juan Bautista eligió la economía. Tampoco es hippie, se dice a sí misma. Pero de alguna manera evitó quedar bajo la égida de sus padres. Tal vez eso le concedió los grados de libertad necesarios para elegir a su esposa. Bruno se le acerca, otra vez, ahora con un autito. ¿Jugá, tía? pregunta. Le gusta que la llamen tía. Las hijas de Luján le dicen Paz. Ella la acostumbrará a Ema a que incorpore ese sustantivo a su léxico. Tío, tía. A su madre sí le dicen abuela. Abuela Remedios, las más grandes. ¿Cómo la llamará Ema? ¡Tía! protesta el nene ante su distracción. Ella agarra el coche que se le ofrece y lo desliza sobre el piso. Tanto que estudió sobre cómo jugar con los niños, cómo entretenerlos, cómo educarlos, cómo instruirlos. Con Ema está aprendiendo cómo criarla, tan distinto. Dejá a la tía Paz tranquila le dice Graciana. No me molesta lo defiende ella. Lo voy a llevar un rato con Aurora informa su cuñada así nos deja charlar. Ella aprovecha para acostar la beba, ya dormida, en el cochecito. ¿Viste lo demandante que es Bruno? comenta Graciana necesita estímulo permanente; sigo intentando armar el grupito rodante; ya tengo cuatro chicos, quizá cinco, todos de la zona; tenía apalabrada a una maestra, pero ayer me dijo que le ofrecieron una licencia en un jardín y se bajó del proyecto; con lo que me costó conseguir a los pibes, me quiero matar; por supuesto que hay muchas maestras, pero yo solo dejaría a Bruno con alguien de absoluta confianza. De pronto se interrumpe, hace un gesto extraño y propone ¿no te interesa? ¿Qué? pregunta ella porque no le sigue el hilo. ¡Coordinar el grupo!, ¡no sé cómo no se me ocurrió antes! Ella se queda anonadada. ¿Y? insiste su cuñada ante su silencio. Nunca lo hice, Graciana, no tengo experiencia. No tenés experiencia, pero sí una formación de cuatro años que sé aprobaste con honores; ya veo que Bruno enganchó bien con vos, eso que él no es fácil, preguntáselo a mi mamá que siempre se queja. El rostro de Graciana se colorea. Neuronas en sinapsis, piensa ella. Suponete que me animara dice luego de un buen rato ¿qué hago con Ema? ¡Se la dejás a Aurora!, es mágica con los bebés; crió a Bruno desde los tres meses, cuando empecé a trabajar; ¿qué tiempo tiene Ema? La semana que viene cumplirá tres. ¡Excelente!, ¡ya está lista!, además le podés dejar mamaderas con tu leche; en principio serían tres veces por semana, dos o tres horitas de acuerdo con cómo reaccionen los chicos; todos tienen alrededor de dos años. Esta mujer es una topadora, piensa ella. Cuando por fin se interrumpe le pregunta ¿en qué horario sería? A media mañana, a eso de las diez, porque a la tarde todavía duermen siesta. Ella se queda pensando. ¿Por qué no? Es gente de muy buen nivel económico continúa Graciana te pagaríamos bien, aunque me parece que en tu caso lo más importante no es el dinero, sino que te pongas en movimiento, que despegues. Graciana le agarra ambas muñecas. Dale, Paz, podríamos solucionar el problema de las dos. No sé, Graciana, me tomaste de sorpresa. Pensalo, entonces, pero pensalo rápido porque tengo que tomar una decisión ya; las mamás me picotean la cabeza; dos de ellas no trabajan, viven pendientes de sus chicos, todos hijos únicos, para colmo. Bruno entra corriendo, Aurora detrás. Se tira en brazos de Paz. ¡Tía! ¡No sé qué mosca le pico a este pibe! exclama Graciana me voy a poner celosa. Ella le acaricia la cabecita. Sí, también él es lindo. Un Bullrich. Lo abraza.

 

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