Todo salió mejor de lo esperado. ¿Será que no espero mucho de mí?, piensa. Los chiquitos se le acercaron enseguida. Logré atraerlos, evalúa. Las mamás se apartaron en cuanto vieron que no eran necesarias. Ella las escuchaba charlar mientras compartían un café, sin embargo, los nenes no acudieron al cobijo materno. Bruno se le pegó como un abrojo. Fueron solo dos horitas para empezar. Dos horas que pasaron volando. No pensé en Ema, descubre con cierta culpa. Ni bien terminó la llamó a Teresa. Todo en orden, la mamadera no había sido necesaria. Graciana la felicitó. Ella nunca terminará de agradecerle esta oportunidad. Ahora está en un taxi rumbo a su casa. No quiso tomar el colectivo para llegar más pronto. Ya en el auto experimenta una fuerte necesidad de abrazar a su hija. Una suerte de hueco en su interior. ¿En su matriz? Baja del taxi y se apresura hacia su casa. Le cuesta abrir la puerta. La de abajo y la de arriba. Está ansiosa. ¿Habrá pasado algo? Ni bien entra divisa a su madre con la chiquita en brazos. ¡Viniste! exclama. La madre la mira con una semisonrisa. ¿Por qué te sorprende?, te dije que vendría y yo cumplo mis promesas; parece que no me conocieras. Ella se limita a menear la cabeza, a darle un beso a su madre y a recuperar a su hija. ¿Le alcanzo un café, señora Paz? la convida Teresa. Ella descubre que sí, que tiene muchas ganas de tomar algo caliente. ¿Otro para usted, señora Rosario? Ella le ofrece el pecho a Ema que se prende. No le di nada parece disculparse su madre. Minutos después, la beba satisfecha, ambas mujeres comparten un café. ¿Me puedo retirar, señora Paz? pregunta Teresa. Ella está acostando a la nena cuando suena el teléfono. Atendé, mamá, por favor pide. Ni bien entra al living su madre le tiende el tubo. Es Benjamín informa. Ella toma el tubo que le ofrecen. ¿Cómo te fue? le pregunta su hermano. ¡Te acordaste! ¡Cómo no me iba a acordar!, día importante para vos. Ella le da el parte y se despide diciendo saludos a Fabián. Se sienta en el sofá, junto a su madre. Benja siempre está cuando lo necesito comenta. Silencio. Es un tesoro de persona agrega. Silencio. Está muy cansada; además del esfuerzo físico fueron muchas emociones. Quisiera tirarse a dormir un rato, sin embargo, decide volver a la carga. Mamá, ¿por qué no intentás conversar con Benjamín? ¡No empecemos! exclama su madre parece que no tuvieras otro tema. Hace más de diez años que necesito hablar de ese tema con vos; a la adolescente que fui también le costó procesarlo, pero siempre antepuse mi amor por él al ruido de lo que la sociedad opinara. Silencio. ¡Decime algo! insiste ella. La madre se tapa la cara con ambas manos. Mamá, ¡por favor! ¡Dejame en paz!, ¡vos no me entendés! grita su madre. ¡Si querés que te entienda explicame! La madre se descubre y amaga con incorporarse. Ella la retiene tomándola de la muñeca. La mujer cae sobre el almohadón como un saco de arpillera roto, califica ella. Nuevamente se tapa el rostro. Solloza. A ella le da mucha lástima, nunca vio a su madre así, pero decide que no abandonará su presa. ¡Explicame! ordena. Como los sollozos se intensifican ella, ya asustada, va a la cocina y regresa con un vaso de agua. Tomá, mamá ofrece. La mujer bebe. De a poco se va tranquilizando. Ella decide que ya es suficiente, la liberará, cuando su madre, los ojos cerrados, comienza a hablar. Yo era una nena, unos ocho años; mamá se quedó en el taxi y me pidió que fuera a buscar a papá al estudio; era una planta baja, yo abrí la puerta, ya había ido muchas veces; en el hall no había nadie, entonces fui al despacho de papá, porque había varias oficinas; a través de la puerta entreabierta lo vi a mi padre besándose con Alberto, el socio, besándose en la boca; salí sin hacer ruido; no sabía qué hacer; entonces salí y cerré despacito la puerta de calle; no podía irme porque mamá me hubiera preguntado qué había pasado; entonces decidí tocar el timbre; enseguida vino Alberto a abrir; Agustín, te busca Rosarito, gritó; papá salió con su portafolios, me dio un beso y se subió conmigo al taxi después nos fuimos a cenar a un restaurante porque era el aniversario de mis padres, me acuerdo bien; yo era hija única, siempre estábamos juntos los tres; yo lo adoraba a mi papá; pero a partir de ese día me empezó a dar mucho asco; sí, asco, es lo que me daba; ya no quería que me besara ni me abrazara; ya no quería que me besara nadie. Ella contiene la respiración, no quiere que su madre se detenga. Pero, finalmente, regresa el silencio. ¿Se le contaste a tu mamá? pregunta ella. ¡No!, nunca se lo conté a nadie, vos sos la primera en saberlo; para colmo Alberto venía mucho a casa, lo invitaban a todas las reuniones; yo siempre los espiaba, pesqué gestos, miradas, palabras; otra vez los descubrí besándose en el jardín; no sé cómo mamá no se daba cuenta de nada. Ella se queda reflexionando. ¿De veras pensás que no se daba cuenta? La madre la mira con cara de sorpresa. ¿Por qué lo decís? Me imagino y le cuesta tanto decirlo que no sería el mejor de los amantes, fíjate que tuvieron una sola hija… ¡Ay, Paz!, ¡qué cosas decís! Digo las cosas que hay que decir; seguramente tu madre hizo la vista gorda, cómo afrontar la sociedad del momento. Es la primera vez que pienso que mamá podría saberlo, siempre creí que yo era la responsable del secreto. Paz mira a su madre: tiene la cara hinchada, la pintura corrida. Y vos hacés con Benja lo mismo que aprendiste de chiquita: tapar, ocultar. De pronto un escalofrío le recorre la columna. ¿Benja también te da asco? La madre mena la cabeza. Asco no, pero no tolero estar con él; me da una terrible angustia. Mamá, vos tendrías que hacer una terapia sugiere ella. Eso no es para mí; cada uno arregla sus problemas en la intimidad. ¡Pero vos no pudiste arreglar tus problemas y el que paga el pato es el pobre Benja!; ¿alguna vez hablaste con papá de la sexualidad de tu padre? ¡Ya te dije que no! ¿Y él no se dio cuenta? A mi padre no se le notaba. ¿Y a Benja sí? Yo al menos se lo noté desde los seis, siete años; yo tenía un lazo especial con Benjamín, desde bebé; siempre fue bello y muy dulce, vos bien lo conocés; cuando empecé a observar que le gustaba jugar con vos a las muñecas me desesperé; esto no puede estar pasándome a mí, pensaba; bastante con un padre, ahora un hijo; rezaba todas las noches para que se le pasara, aún sigo haciéndolo, no lo puedo soportar. El llanto regresa. También las manos cubriendo el rostro. Ella la deja llorar. Cuando su madre se calma le dice Benja merece que le cuentes la historia; quizás así pueda entenderte. ¡Prometeme que no se lo vas a contar a nadie! ¡Basta de secretos, mamá!, no fue la homosexualidad de tu padre lo que arruinó tu infancia, sino los secretos, el silencio, la simulación; admití de una vez por todas, frente al mundo, que tu hijo es gay; ese hijo que sigue siendo bello y dulce; y, por si fuera poco, inteligente, trabajador, valiente, buena persona; ¡te lo estás perdiendo!, ¡Benja es una joya! El teléfono vuelve a sonar. Pedro ahora. Cuando regresa de atender su madre fue al baño. Regresa con el rostro compuesto y la cartera colgada. Me voy informa. Ella la acompaña hasta la puerta. La madre la besa y dice gracias, hija, me saqué un peso de encima. Gracias a vos por cuidar a Ema. El miércoles regreso informa su madre es un gusto para mí. Y sale.
Qué sorpresa!!! Me impactó
ResponderBorrarMe había guardado un as en la manga
BorrarQué fuerte lo que pasó Rosario en su infancia! Especialmente, por la época. Sin embargo, no justifico su actitud con Benjamín.
ResponderBorrarNada la justifica. pero ayuda a entenderla
Borrar